CULTURA MUESTRA

El laboratorio de Bianchi

El artista porteño nacido en 1969 fue invitado a desarrollar un proyecto en una de las salas del Museo de Arte Moderno, y propuso provocar un encuentro entre su obra y el patrimonio del Museo. Así, en “El presente está encantador”, Diego Bianchi se nutre de la colección para transformarla en una gran obra, una instalación transitable y envolvente donde se mezclan piezas propias y de otros artistas.

Una logica. La de los espejos: la reproducción y el extravío. La discoteca y la basura como modelos de producción de significados.
Una logica. La de los espejos: la reproducción y el extravío. La discoteca y la basura como modelos de producción de significados. Foto:mamba

Shutdown, la muestra que Diego Bianchi presentó en 2016 en la Galería Barro, transcurría en un futuro tan cercano que podía ser un presente posible. El presente está encantador, la exhibición que inauguró en el Museo de Arte Moderno, no sólo tiene el tiempo, justamente ése, en su título. También sigue participando, al igual que Shutdown, de una forma de arte que no sólo piensa las condiciones (contemporáneas) de producción, artísticas, sociales, políticas sino la contemporaneidad misma como una preocupación más entre las tantas que tiene el artista.

Para ello, mejor dicho, por un capricho crítico, un delirio de interpretación, lo que Diego Bianchi hace puede ligarse al género que mejor se lleva con el presente, cuando éste quiere dárselas de futuro. La ciencia ficción tematiza esa relación. Si en Shutdown Bianchi era un poco profeta, hacía una futurología inmediata, con El presente está encantador habla del futuro pero en presente.

Después del ingreso deliberadamente obstaculizado –pasillo, rampa, puertas que se van abriendo como en la presentación del Superagente 86, mirillas y rejas que aportan opresión y suspenso–, la entrada es a toda orquesta. La música resuena en los oídos y retumba en los cuerpos. Eso colabora en la experiencia visual de los parpadeos de los focos, las intermitencias de las luces. Una especie de laberinto sin señalización se desparrama en la sala del museo. La lógica es la de los espejos: la reproducción y el extravío. La discoteca y la basura como modelos de producción de significados. El resto inútil. Que en el primero es liberación de energía, el sobrante que encuentra su curso, el ocio y esas formas de libertad, mientras que el segundo es residuo de lo productivo y en sí mismo, valor de mercancía. La basura es apreciada porque tiene precio.

La propuesta es, sin más ni menos, que el fin del mundo ha llegado y por eso, la ironía en ese encanto. Además de la referencia, posible y diferida, a la canción El infierno está encantador esta noche de Los Redonditos de Ricota, donde presente se cambia por infierno y refuerza, por caso, esa raíz mesiánica. O, lo que es mejor, involucra la concepción de mesianismo no tanto como el momento en el que ese fin va a llegar, sino que “la respuesta [a un ‘cuándo’] no se encuentra en una especulación escatológica objetiva, sino en otra relación con la temporalidad y en una ‘incertidumbre constante’ en la cual se encuentran los creyentes”, según lo que escribe Michel Haar. En eso estamos, mientras recorremos la muestra. Cuando en el lugar de la religión ponemos arte y en eso creemos.

La preocupación es por el tiempo: “¿Qué es originariamente la temporalidad en la experiencia fáctica? ¿Qué quiere decir pasado, presente y futuro en la experiencia fáctica?”, propone Heidegger en el curso que dicta sobre las cartas del apóstol Pablo entre 1920 y 1921. De ahí que sea menester priorizar la potencia por sobre el acto. Lo que Bianchi monta en el museo es algo así como un Arca de Noé. Una curaduría, la de Javier Villa, menos para mostrar lo que se tiene sino para salvar del fin de los tiempos obras, imágenes, prácticas, sentidos, emociones. Eso que llamamos una cultura.

El pasado, a su vez, tiene estatus de tradición y archivo. Son las obras de patrimonio del museo que desfilan camufladas, agazapadas, entreveradas entre las propias del artista nacido en 1969. Esperando el momento que se activen los mecanismos de correspondencia, de reconocimiento, de nuevas apropiaciones. Allí están piezas de Tomás Abal, Roberto Aizenberg, Antonio Améndola de Tebaldi, Ary Brizzy, Mildred Burton, Zulema Ciorda, Enio Iommi, Jorge Gamarra, Olga Gerding, Edgardo Giménez, Norberto Gómez, Alberto Heredia, Gyula Kosice, Eduardo Mac Entyre, Margarita Paksa, Aldo Paparella, Rogelio Polesello, Emilio Renart, Ruben Santantonín y Miguel Angel Vidal, entre otros.

En el laboratorio de Bianchi, esa invención que volvió exposición de arte, ellas destilan con un dejo fantasmal, con semblante de autómatas. Nos renuevan la ilusión tomada del fantasy, algo dark, onírica y perfecta, que sólo basta tocar un botón, darles cuerda o un beso para que tomen vida.


El presente está encantador

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Avenida San Juan 350

Martes a viernes de 11 a 19; sábados, domingos y feriados de 11 a 20

Entrada general: $ 20; martes gratis Hasta el 6 de agosto



Laura Isola