CULTURA

El médico de la memoria

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(…) Lo que define a Villa, su rasgo determinante, es el miedo. Está permeado y constituido por el miedo. Es el mismo miedo que nos atraviesa como testigos históricos, es también el mismo sentimiento inarticulable que nos surge cuando queremos evocar lo vivido durante los años 70. Y es cierto que Gusmán ha construido su personaje con lo que llamamos sedimentos culturales, creo que ha ido más allá: a través del miedo de Villa, ha querido trazar una genealogía del miedo en Argentina.
     La guerra, al adosarse como máquina de muerte a la burocracia ministerial, muestra el carácter mortífero de la maquinaria burocrática. La economía del cadáver, la transacción que trastrueca y falsea la identidad del cadáver, es otro sedimento aferrado al modo en que pensamos el saldo de aquellos años. El uso del sedimento cultural determina que en el mundo de Villa abunden los velorios, las ceremonias fúnebres, el transporte, la manipulación burocrática y la desaparición de cuerpos, de cadáveres. Lo innombrable no podría narrarse, pero la poesía, en cambio, sí puede acoger el horror cuando recuerda su pasado de plegaria: por eso, lo innombrable que la novela Villa sin embargo narra cabe entero en la letanía impersonal y fúnebre de Néstor Perlongher (Hay cadáveres). La máquina disloca ese fundamento cultural de la memoria: la necesidad pública y privada que los grupos humanos, en el juego de sus identidades y en el sucederse de las generaciones, han otorgado a los ritos funerarios, a la certeza ceremonial de los entierros. Cuerpo velado, cuerpos velados, pero no por el misterio o la verdad, sino por la manipulación de la máquina. Sustraer del hilo cultural un cadáver, quebrar su frágil identidad, es alterar, dañar y enfermar la memoria, aquello en lo que una cultura se funda y se reconoce. La memoria de Villa es mortuoria y está poblada por cadáveres: en el plano histórico o colectivo, la evocación del velorio de Evita, la agonía y la exposición pública del cuerpo de Perón, pero también en el repliegue subjetivo del médico Villa, se encontrará, sobre todo, el íntimo peregrinaje a una tumba anónima, indiferente. Villa busca la tumba de su ex novia, la guerrillera a quien hizo morir, quizá piadosamente, para sustraerla de la misma máquina represiva que lo utiliza como médico en las sesiones de tortura. Gusmán construyó a Villa bajo el signo del doblez; y en el diseño general del relato, su posición forma siempre una ironía.

*Del prólogo de Villa, Edhasa, 2015.



Jorge Panesi