CULTURA

El papel de Bergoglio

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La discusión que se ha dado respecto a la elección del Papa tiene tantas dimensiones que no es posible abarcarlas en tan poco tiempo, incluso porque es una cuestión cuyos efectos demorarán en ser evaluados en toda su complejidad. El papel de Bergoglio durante los años del gobierno militar fue lo suficientemente ambiguo como para que esa sinuosidad permitiera verlo o bien como un sacerdote omiso, indiferente y parte de una estructura eclesial jerárquica que en general santificó a un gobierno que depredó vidas y bienes humanos, o bien como alguien que ayudó a algunas personas a escapar de las tenazas del terror. Esa ondulación permanente, propia también del alma jesuítica, no podía permitírsela el Vaticano en este momento de crisis de la fe y de las finanzas de una institución milenaria, que además atesora en su interior buena parte de la riqueza artística y bibliográfica de la historia universal. Las declaraciones de Pérez Esquivel. Leonardo Boff y del propio cura jesuita Jalics sorprenden por su mansedumbre, como si sobre ellos se hubiera posado el veredicto de Loyola, ese “perinde ac cadáver” (disciplinado como un cadáver) que les pedía a sus seguidores de la Contrarreforma.
Así, Bergoglio como garante de un giro moralizador y al mismo tiempo capaz de rivalizar y disputar a las multitudes populares que apoyan procesos de cambio social en Latinoamérica, precisaba a su vez otros garantes. Religiosos o personas de fe católica irreprochables desde el punto de vista teológico y político, que a su vez lo avalaran en su biografía personal y la reconstruyeron bajo una luz que disminuyera sus conocidos serpenteos.



Horacio Gonzalez