CULTURA VIK MUNIZ EN BUENOS AIRES

El poder transformador del arte

La Universidad Nacional de Tres de Febrero presenta una muestra del reconocido artista brasileño. La cita es en el Centro de Arte Contemporáneo, sede Hotel de Inmigrantes. Con entrada libre y gratuita.

PERFIL COMPLETO

Foto:Gentileza Muntref
Después de que el arte hubiera entrado al supermercado de la mano de Andy Warhol para rebuscar en estos nuevos elementos, en esas imágenes del mundo de la publicidad, con sus colores y sus tipografías, su producción seriada, su lógica de consumo, después de que el genio de pelo blanco se hubiera apropiado de jabones de lavar y sopas, un día alguien abrió las latas y los paquetes. Desparramó azúcar, chocolate, porotos, manteca de maní y fideos enlatados sobre fotos e hizo tomas de esos resultados. Ese es Vik Muniz. Esa primera serie, Niños de azúcar, de 1996, donde sobre las fotos de los pequeños que trabajaban en la recolección de caña esparció ese material para destacar no sólo la faena sino la luz que todavía tenían ellos, a diferencia de los rostros grises y mansos de sus padres. Desde allí, pudo unir ese delicado, y tempestuoso, equilibrio entre arte y ciertas formas de lo político.
En este comienzo está su poética. Tanto en la creación de obras seriadas en las que realiza ligeras variaciones de una misma idea como en la yuxtaposición de dos lógicas: la artística y la política cultural. Siempre en una versión sutil que no necesita de subrayados para encontrar la densidad de sus imágenes. Hechas con materiales muy diversos a los que se les agregan papeles, diamantes, por ejemplo para los retratos de las estrellas del mundo del espectáculo, y hasta basura. Pero, además, son obras que están hechas de tiempo. Al de la realización, que es evidente, se le suma el que se requiere para la atención. Para verlas y descubrir todo lo que allí fue dejado para que entremos con nuestros pensamientos.
Vik Muniz cree en el poder transformador del arte. El artista, que nació en San Pablo en 1961 pero vive y trabaja en Nueva York desde la década del 80, puso en acción esta idea y quedó registrado en Waste Land, un documental que realizaron Lucy Walker y Joao Jardim, producido por Fernando Meirelles en 2010. Durante tres años, Muniz viajó desde Brooklyn hasta Jardim Gramacho, el inmenso basural que está en las afueras de Río de Janeiro. Lo que empezó como un registro documental se transformó en un cuento de hadas. Muniz fotografió a varios recolectores, catadores en portugués, y les propuso “intervenir” con la basura sus propias imágenes agigantadas. El resultado son unos cuadros en los que las siluetas de Tiago, Sumbi, Suelem, Isis, Irma y Valter salen del anonimato. Estos son los nombres de los catadores que decoran sus propios rostros y cuerpos impresos en gran formato en el mismo basural y con los residuos que ellos mismos clasifican. Ellos son los elegidos por el artista para “cambiar sus vidas”, justamente donde ellas se gastan y se extinguen, entre la miseria, el olor y la enfermedad. Muniz aprovecha su fama para realizar dos operaciones sincronizadas que son posibles en el mundo del arte contemporáneo: convertir en artistas a quienes no lo son hasta el momento y hacerles ganar dinero. Lleva estas obras a las subastas internacionales y las vende como suyas. Lo recaudado, claro, va para ellos.
El artista brasileño presenta una retrospectiva y una postal de Buenos Aires para su serie más reciente, Postales de ningún lugar, realizada con materiales que no pertenecen, ni remotamente, a esta ciudad. Lo que pasa es que lo hace en uno de los sitios de exposición más hermosos y conmovedores de Buenos Aires. Las salas del Muntref, el Centro de Arte Contemporáneo, que funciona en el antiguo Hotel de Inmigrantes, guardan con mucho celo ese pasado tan pregnante. No lo deja ir e intenta mostrárselo a los visitantes y a los artistas que allí expongan. Nunca es una exhibición del todo propia la que allí sucede. Porque la marca de esas paredes y una vista privilegiada al río que trajo tanto hombre y mujer que quiera habitar este suelo se adhieren como una pátina satinada a lo que sea.

Laura Isola