CULTURA FOUCAULT INEDITO

El portavoz de lo opacado y velado

Michel Foucault, cuando habla siempre se tapa la cara, se escurre. Es el hombre sin rostro, el filósofo enmascarado. Cuando se creía que ya se había dicho todo sobre este autor, Siglo XXI publica en castellano “La inquietud por la verdad”, el cual refuerza la vigencia de un pensador fundamental.

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La reciente edición de La inquietud por la verdad. Escritos sobre la sexualidad y el sujeto (Siglo XXI) permite a Michel Foucault tener una voz propia. El gran trabajo de Edgardo Castro, el académico que más conocimiento tiene de la obra del filósofo en el país, da cuenta de una dimensión que debe ser evidenciada y valorada. Como bien marca Castro en la introducción, es posible hacer una cronología en esta sucesión: 1984, muerte de Foucault; 1994, primera edición de Dits et Écrits; 1997, comienza la edición de los  trece cursos del Collège de France que fueran “publicados” oralmente, a excepción del primero: Lecciones sobre la voluntad de saber. Los 364 textos de los Dichos y escritos de Foucault fueron parcialmente editados por Paidós tiempo atrás en tres tomos, y en 2010 en un volumen hardcover bajo el título de Obras esenciales. Salvedad hecha que aquel libro tenía orden temático (literatura, poder, ética) y no cronológico, como sí ocurrió con la original edición francesa.

El trabajo de Castro en esta selección implicó elegir los textos que quedaron fuera de aquella primera edición y agruparlos con mayor rigor. Obra que en Siglo XXI Editores inició la serie titulada Fragmentos Foucaultianos: la publicación de la tesis complementaria de doctorado bajo el título Una lectura de Kant (2009), luego el primer volumen de los Dichos y escritos llamado El poder, esa bestia magnífica (2012), que agrupaba textos en torno a la analítica del poder, seguido por el presente libro, luego vendrá el tercer volumen llamado ¿Qué es usted, profesor Foucault? Sobre la arqueología y su método, y, posteriormente, el curso en la Universidad Católica de Lovaina (1981) recientemente editado en francés bajo el nombre Mal faire, dire vrai, en torno a la confesión y el sistema penal, así como un grupo de conferencias que el filósofo dictó en el Dartmouth College de New Hampshire, Estados Unidos. 

Los textos en este libro son posibles de ser pensados al modo de fragmentos, noción que a Foucault le agradaba: aquí tenemos diez trabajos que moldean la figura de la Historia de la sexualidad, esa trilogía que va de 1976 a 1984. Sabemos que el cuarto volumen, titulado Las confesiones de la carne, existe y nunca se publicará por expreso pedido del autor. El texto está custodiado en los archivos de IMEC en la abadía de Ardennes en Francia. De los diez trabajos señalados, cuatro son entrevistas: la célebre charla con Duccio Trombadori (1978), dos breves conversaciones sobre el concepto de homosexualidad y una suerte de recorrido sobre su vida intelectual, en Vermont, Estados Unidos. Cinco piezas se pueden leer como anexos o complementos de la Historia de la sexualidad, en particular el prefacio del volumen II, y, por último, un texto al modo de obituario u homenaje a Philippe Aries, historiador y uno de los mentores del pensador. 

El interrogante que en alguna medida expresan estos fragmentos foucaultianos reposa en el problema de la techne tou biou, vale decir, las técnicas de sí. Dos ideas fuerza desconocidas se las debemos al “Foucault nuevo” que nos presentan los Dichos y escritos y los Cursos del College: la biopolítica y el liberalismo. El Foucault presente no sólo es el que vuelve a los clásicos de la antigüedad, en 1977, sino el que piensa sistemáticamente el liberalismo en el curso de 1979 titulado Nacimiento de la biopolítica. Allí Foucault realizará su analítica de las dos grandes escuelas liberales del siglo XX: el ordoliberalismo alemán y el liberalismo libertario norteamericano. Pensadores como Hayek, Friedman y Gary Becker serán objetos capitales del filósofo.

Para Foucault siempre resultó algo ineludible la cuestión de la coacción en la vida cotidiana y anónima: esos efectos de poder que pretenden “liberar” al hombre a condición de domesticarlo y controlarlo es, en gran medida, aquello que estudió en su microscopia social. La pulsión libertaria atraviesa ese recorrido. Es remanido el caso de Foucault planteando su filosofía como toolbox (caja de herramientas) y al lector como usuario. Si Heidegger pensó en los conceptos como relaciones con los objetos y Marx en las categorías como formas de transformar el mundo, Foucault concibió sus nociones como herramientas para transformar la subjetividad. De allí que el estudioso de su obra no responda a un dogma ni a una escuela o tendencia política determinada, sino que se ciñe a la condición de usuario y experimentador. Para aquellos que siempre esperaron de Foucault un programa institucional o una bajada de línea macropolítica, es natural que les resulte incómoda y hasta molesta esta posición. Demasiado anarquizante para tiempos populistas, fóbico del Estado en momentos donde prima esta presencia. Foucault no avanza en esa materia: ese efecto anestesiante en la política de acción y compromiso en momentos de militancia dogmática resulta, por lo pronto, extraordinario. Foucault nunca nos dijo qué hacer e incluso a veces pareciera que el hacer mismo carece de sentido. Efectivamente, Foucault nunca nos dio un programa de acción, sólo nos instó a pensar. Es posible arriesgar que el recorrido en ese aspecto tenga huellas de cierta tentativa (su interés marcado por Estados Unidos, su analítica del liberalismo, sus críticas fuertes al comunismo soviético) que lo coloquen, como han señalado algunos analistas (Rorty, Descombes), oscilando entre el anarquista y el liberal. 

En la entrevista realizada en Vermont (1982) decía el filósofo: “Me enorgullece mucho que algunas personas piensen que represento un peligro para la salud intelectual de los estudiantes. Cuando la gente empieza a razonar en términos de salud en relación con las actividades intelectuales, significa que hay algo que ya no anda bien”.



Luis Diego Fernández