CULTURA

El regreso del artesano del cuento

Autor de una obra fecunda que comprende novela, crónica y relato, el brasileño Rubem Fonseca publica su decimoquinto libro de cuentos, “Amalgama”, con el que celebra cincuenta años de carrera literaria.

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Foto:Cedoc perfil

Poco antes de su muerte, una impertinente periodista le preguntó a Carlos Fuentes si pensaba retirarse debido a la avanzada edad, a lo que el mexicano replicó con aplomo: “Un escritor no se retira”. Aunque es cierto que varios hubieran preferido que Fuentes dejara de publicar desde años antes, la realidad es que un escritor de fuste está destinado a morirse en la raya: la escritura no se termina nunca, sólo se abandona.
Con 88 años a cuestas, el brasileño Rubem Fonseca –el mejor narrador latinoamericano en actividad– publica su decimoquinto libro de cuentos, Amalgama, con el que celebra cincuenta años de carrera literaria desde que publicara en 1963 su celebrado Los prisioneros.
Y es aquí, una vez más, donde se inserta la complicada relación de Brasil con respecto a la literatura latinoamericana: ¿pertenecen sus obras a nuestra tradición?, ¿es lícito separar literaturas por la lengua hermana en que se escriben? Un no rotundo es mi respuesta, puesto que el hecho de que el libro no esté aún publicado en español no impide dar cuenta de la más reciente colección de textos del mejor narrador latinoamericano de las últimas décadas. Además, la mejor manera de viajar en el tiempo de la lengua española es leer en portugués americano.
Fiel a su estilo, los arquetipos de Fonseca reaparecen en estas páginas: jodidos y desdentados, enanos en medio de tórridos concubinatos y justicieros anónimos que, como su mítico cobrador, se dedican a impartir justicia a bordo de una bicicleta.
Con un ritmo vertiginoso, aparece de nuevo su pasión por las mujeres: “Miro fascinado a las mujeres por la calle, imagino la estructura de sus tejidos entre las piernas”; “más que deseo, siento estupor cuando imagino sus senos. ¿Cuál es el color de sus pezones? Seguro del mismo color de la aureola”.
Fiel a su costumbre, recomienda lecturas y da cátedras de literatura como sin querer, apenas al paso, con una conciencia que hace de sus narradores seres sórdidos y entrañables: “Tengo una tendencia a la prolijidad, uso más palabras y frases de las necesarias y termino por volverme insoportable. No existe nada peor para leer que un texto infumable”; “soy escritor y siento que estoy enloqueciendo. El único sentimiento que abrigo en mi corazón y en mi mente es el odio. Odio de todo mundo, odio de mí mismo, tengo ganas de salir a matar a las personas y después matarme encendiendo túnicas de fuego”.
A través de un manejo maestro del lenguaje, consigue establecer distancias con sus narradores construyendo, con economía absoluta, la diferencia de clase entre quien narra y quien lee: “No me gustan las mujeres tontas, pero perdoné su ignorancia, ya que nadie lee a Proust quien, a decir verdad, es un plomazo”; “soy soltero y no duermo con las mujeres con las que cojo. Vivir en pareja acaba con el amor, el respeto, la pasión”; “las mujeres no quieren saber de hombres pobres. No es un raciocinio misógino. Tengo que ser realista, y las cosas como son”.
El libro, que como detalle extravagante incluye un par de poemas y miniaturas narrativas semejantes a las de Dalton Trevisan, más que revelar la descomposición de la sociedad brasileña señala casos aislados de un horror permanente: niños tullidos, gigolós patéticos, asesinos ilustrados, escritores mediocres, arribistas y padres asesinos. Fonseca sigue manejando esa línea siniestra que sucede ante los ojos: “Las personas andan por la ciudad y no ven nada. ¿Ven a los mendigos? No. ¿Ven los hoyos en la vereda? No. ¿Las personas leen libros? No. Miran telenovelas. Resumiendo: las personas son todas unas cretinas”.
Fonseca es un espíritu joven atento a la realidad, por ello sus críticas disfrazadas de caricatura, con un humor elegantísimo, describen el estado actual de presente literario, como en el relato amasiato, donde se le informa a un neurótico que su último libro no se vendió, por lo que su editor le advierte: “Tienes que escribir una novela autobiográfica, que cuente la historia de alguien de tu familia con una dolencia grave, una enfermedad que haga a la persona sufrir mucho, algo maligno que no sea mortal. Eso es lo que quieren los lectores hoy en día, historias… Nadie quiere leer ficción, la ficción se acabó. Lo otro es lo que vende”.
Con un tono que más de alguna feminista considerará escandalosamente misógino, –uno de los relatos cuenta la historia de un viejo abocado a pagar por mirar vaginas–, Fonseca da prueba de que el mundo está mal hecho y es infame, un lugar lúgubre donde también el escritor tiene la culpa: “Pobre Ariadna, pensé, esas viejas solitarias son más vulnerables que una mariposa. Y también pensé, qué frase más idiota, soy un escritor de porquería”.
Fonseca, lejos del tono apocalíptico, se limita a decir que la corrosión es permanente. Y que si estamos jodidos, más vale mandar al carajo a nuestros contemporáneos. Que se jodan todos.
Algún día podré decirles a mis hijos que fui contemporáneo de un escritor extraordinario



Rafael Toriz