CULTURA VIGENCIA DEL ESPIRITU AMERICANO

El regreso del solitario

Henry David Thoreau (1817-1862), uno de los padres fundadores de la literatura estadounidense, se destacó como uno de los primeros anarquistas del continente y sobre todo como el artífice indiscutible de la desobediencia civil, esa arma legítima del individuo soberano ante el Estado que lo subyuga. La reedición de algunos de sus libros en la Argentina permite acercarnos a su incandescente legado.

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Foto:AFP

Suele ser relativamente célebre la siguiente cita de Henry David Thoreau: “Hay profesores de Filosofía, pero no filósofos. Y si es admirable profesar la filosofía es porque otrora fue admirable vivirla”. Pero la celebridad a veces está reñida con las prácticas de la filosofía, en numerosos sentidos, y Thoreau, por múltiples razones, está de moda, siendo revisado, citado y reeditado en continuidad. Thoreau está regresando con un halo de cercanía producto de los diversos movimientos de contestación global post crisis financiera de 2008: Occupy Wall Street, Indignados en España o el caceroleo republicano en Argentina. 

En este aspecto, es posible verificar una avalancha de nuevos lanzamientos de sus clásicos: tal es el caso de la flamante reedición de Walden o la vida en los bosques por parte de la editorial Errata Naturae, Desobediencia civil a través de Editorial Innsifree, así como la importante edición del hasta ahora inédito Diario a través del sello Capitán Swing. Es evidente que Walden resulta un clásico ineludible, un texto que es pasible de ser pensado desde ámbitos muy diversos; fresco lírico inapelable y emotivo, es reivindicado en momentos de debacle o crisis política como salida hacia la autosuficiencia comunitaria sin por ello perder la plena autonomía individual. El Diario del escritor y filósofo estadounidense, a su vez, es una obra fragmentaria donde la naturaleza tiene una presencia abrumadora; la fascinación por la constelación ecológica (en el mejor lugar) da cuenta de ese panteísmo spinoziano que permitía intuir su pensamiento arrebatado y no dominado. En el Diario, Thoreau pinta magistralmente ese naturalismo a veces impresionista en su retrato de la vida cotidiana, los vecinos, los pájaros, la tierra, la soledad, la libertad, la amistad, la renuncia. 

Henry David Thoreau (1817-1862, Massachusetts) puede ser visto como uno de los primeros filósofos norteamericanos junto a Ralph Waldo Emerson, su mentor, y creador de la escuela de Concord, que postulaba el trascendentalismo. También alambicado en torno a lo que supo ser el llamado “anarquismo bostoniano”, Thoreau estudió griego, latín e inglés en la Universidad de Harvard y construyó un pensamiento lírico siendo un gran lector de los Ensayos de Michel de Montaigne. Su vida es testimonio de su obra. Dentro de sus principales causas se pueden mencionar: su condena de la esclavitud, la resistencia al pago de impuestos (por lo que fue a prisión), incluso el rehusar pagar dos dólares de su diploma en Harvard, su declaración antiimperialista, su defensa de las minorías indias, la reivindicación del derecho al ocio y el placer, y su talante propulsor de la conciencia ambientalista y la filosofía como forma de vida. Además, era homosexual (casi todas las biografías coinciden) y pacifista confeso. Se pueden detectar tres influencias en su pensamiento: Emerson, Montaigne y el budismo zen. Posteriormente, Thoreau impactará fuertemente en la contracultura norteamericana de los años 50 a 70 –los beatniks, hipsters y hippies–, así como en los movimientos de derechos individuales, sexuales y raciales. Además de los textos lanzados, su obra no es muy profusa pero se pueden destacar como otros textos centrales Una semana en Concord (1851) y Walking (1962).

Se puede pensar Walden o la vida en los bosques como ese maravilloso opus sobre el arte de vivir en completa soledad rodeado de árboles y aves. El diario de un ecopacifista huraño. Visto con el prisma contemporáneo, Thoreau fue lo que se llama hoy un libertario (un adherente al libertarismo, ese individualismo extremo que deplora el Estado o cualquier entidad que se interponga en la soberanía radical del individuo). Thoreau era, en rigor, un individuo fuera de lo común, un excéntrico, una irregularidad que por otra parte resultaba muy propia del espíritu de la América profunda, de un Estados Unidos noble, donde la defensa a ultranza de la libertad (ningún individuo puede ser tomado como medio sino como fin) y del mercado libre no era realizada a expensas de otros y justificando el imperialismo, la esclavitud o el puritanismo. Es ese pulsar humano que está en Whitman o Kerouac, pero también en la filosofía de Robert Nozick. Ese lirismo de cuño kantiano vertebra toda su reflexión insumisa, solidaria y sensible.

El pensamiento thoreauiano no es sistemático; uno puede detectar en la lectura de Walden cinco ideas fuerza que marcan el sesgo de su filosofía: el individualismo libertario como matriz, expresado en la frase “una vida sin principios”, axioma central de Thoreau: partir siempre de lo particular, de la singularidad plena sin poder llegar a universalizar nada; en segundo lugar, la idea de herencia epicúrea de “ser rico disminuyendo las necesidades”, vale decir, una ética de la necesidad donde el lujo no sólo no es indispensable sino que es un estorbo para la libertad; tal como lo dijo Emerson: “Eligió hacerse rico deseando poco”; en tercer lugar, el concepto de individuación, algo que expresa de la siguiente manera: “Que haya tantas personas tan diferentes como sean posibles”. En este sentido, Thoreau no pide que copien su estilo de vida, sino que forjen el propio. Por otra parte, el vitalismo y el riesgo, esto es, extraer lo bajo y mezquino para vivir espartanamente la vida, lo cual lleva a admitir el riesgo como consustancial de la libertad. Finalmente, una política libertaria que se expresa en el precepto que toma de Jefferson y Madison (dos padres fundadores de Estados Unidos): “El mejor gobierno es el que gobierna menos”.

El proyecto intelectual de Thoreau, basado en la experiencia propia de haberse ido a vivir dos años y dos meses junto al lago Walden en Concord, es el disparador de su filosofía como experiencia y forma de vida. Uno puede leerlo como un experimento de autogestión, autarquía y libertarismo. Quizá la parte más sustancial del texto sea la llamada Economía, donde describe con detalle los gastos al construir su casa, hacer el pan, la vestimenta y su día a día. Frente a las acusaciones de ermitaño, Thoreau decía: “Tengo tres sillas en mi casa: una para la soledad, dos para la amistad y tres para sociedad”. El retiro a Walden fue sólo temporal y luego regresó integrado, enseñando y escribiendo junto a Ralph Emerson y Walt Whitman como una de las tres voces centrales del pensamiento prototípico del Estados Unidos profundo. Henry Miller lo llamó “aristócrata de espíritu”; no cabría otra forma más ajustada y digna de aceptarlo.

Tal vez la hipótesis de las causas de la vuelta a la lectura de una obra excéntrica y solitaria como la de Thoreau es que ayuda a redefinir los conceptos de éxito y fracaso, en el marco del capitalismo global, corporativo, monopólico y estatista, en momentos en que el afecto se contabiliza, los “amigos” se suman, se tienen muchos “seguidores” y es más “querido” el que tiene mayor cantidad de “me gusta”. La filosofía del norteamericano va completamente a contracorriente de esta infame economía amorosa y de esa legitimación neurótica producto de la miseria personal y el resentimiento. Vale decir que parte de la idea de que el lujo, lejos de ser algo indispensable, es un estorbo para la realización personal, y, por otro lado, entiende que la riqueza se mide por la cantidad de cosas de las que podemos prescindir. En gran medida, la percepción del éxito y el fracaso, para la mirada de Thoreau, tiene que ver con no responder a una forma de vida que es impulsada por los valores mayoritarios (posición social, cargo, status, dinero y fama). De allí el influjo y la adopción de su filosofía en los enclaves de los barrios bohemios de ciertas ciudades: el Village en New York, Venice Beach en Los Angeles, North Beach en San Francisco, Montparnasse en París. En este sentido, para Thoreau, los que “triunfen” o tengan más “amigos” no necesariamente son los mejores sino los que responden de modo más automático, cínico o normalizado a los valores (éticos, políticos, estéticos) mayoritarios; por ende, nada de esa legitimación marca mayor o menor valía, quizá lo opuesto.

La lección del solitario intransigente, del primer indignado pero también del pacifista benévolo, será que cada uno debe encontrar su “Walden”: no hace falta irse al bosque, el campo o la montaña; puede ser en la ciudad misma, en cualquier lugar. Ser exitoso en gran medida implica la conciencia de los valores que uno tiene y ser consecuente con ellos. Es mucho para estos días.



Luis Diego Fernández