CULTURA CEPO AL ARTE

El rehén sensible

La política cambiaria implementada por el Gobierno golpea sin tregua a las galerías y a sus artistas. Para los especialistas, el panorama es abiertamente desalentador y no se vislumbran mejorías en el horizonte próximo.

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Si se asume el impacto de algunas medidas económicas no sólo en el ámbito específico de su accionar (la economía) y lo entendemos desde una perspectiva cultural, la implementación del cepo cambiario es un buen ejemplo. Hay un antes y un después, no sólo en el mercado inmobiliario o el de arte, del que hablaremos en breve, sino en la relación de muchos con el llamado “relato”. La imposibilidad de comprar dólares o cobrar en ellos a un tipo de cambio oficial –cualquiera de las dos situaciones con una depreciación de más del 150%, y el dólar paralelo sigue subiendo mientras estas palabras se escriben– repercutió en las tomas de posiciones frente al Gobierno y alejó a partidarios, de momento de manera drástica. El cepo cambiario definió ideológicamente este último tiempo de la gestión K. Para los que estuvieron siempre en contra, en todo caso, fue la gota que derramó el vaso. Para los que apoyaron las medidas “progresistas”, la brecha cambiaria fue decisiva para entrar en crisis, empezar a ver las grietas y ensayar las primeras críticas. Es insuficiente la explicación sobre el pensamiento dolarizado de la clase media argentina: los que mandaban sus pequeños ahorros a los familiares de países limítrofes también tuvieron su día después de la restricción cambiaria. La inflación, la suba de precios, la inestabilidad son posibilidades más seguras para entender qué nos pasa a los argentinos cuando el dólar se nos prohíbe y se nos escurre. Nada ajeno a este proceso, el mercado del arte sufre las consecuencias. Tanto como el inmobiliario o el de la construcción, es uno de los más castigados por la imposibilidad de pautas claras, de idas y vueltas, de subas de precios y pesificación. Nadie mejor que sus actores para opinar sobre este momento y de lo que pasa en el arte en tiempos del cepo. Algunos galeristas, un consultor, un crítico y artistas dan un panorama que, a pesar de ser un poco desalentador, al menos aclara y hasta exhibe alguna tímida esperanza.

Análisis de mercado
Solange Guez es la dueña de una galería que lleva su nombre, al tiempo que coordina la Feria EGGO y forma parte de la Asociación Argentina de Galerías de Arte, y describe que “es un momento atípico, por un lado en lo que respecta al galerismo: se ve una marcada en tendencia a la apertura de galerías pequeñas, con estructuras más simples y menos costosas que representan artistas visuales jóvenes. Por otro lado se observa que van cerrando galerías de gran trayectoria. No obstante, algunas de ellas optan por continuar sin un espacio físico, y otras incorporan nuevos socios inversores”. Marina Pellegrini dirige Vasari y considera que la situación está complicada: “Pienso que en gran parte es debido a la incertidumbre política. Si bien hay muy buenas obras en el mercado ya que tenemos excelentes artistas, la gente está asustada y guardando los billetes”. Las particularidades de este mercado están a la vista: al ser bienes prescindibles los compradores esperan cautelosos. Pero no es la primera vez que ocurre y los ciclos económicos en la Argentina tienden a repetirse. Gonzalo Vidal es consultor de arte y su análisis incluye la compra de obras en subastas: “El arte argentino es una de las plazas latinoamericanas con la mejor calidad, pero también el peor mercado. Esta situación es ampliamente conocida por los operadores locales: la oferta es superada cómodamente por la demanda y se produce una regla casi matemática que regula nuestro mercado con precios muy por debajo del promedio en nuestra región. Otro caso es el de las subastas que se pagan en pesos, y mucha gente opta por la compra de obras de arte pagaderas en moneda nacional como modo de inversión/ahorro. Es gente ‘nueva’ en el rubro, con un perfil definido y que se siente más cómoda o ‘protegida’ con la compra en subastas, donde no hace falta conocer al operador o galerista. De todas maneras se observa que las obras que se presentan son de calidad media o de firmas no tan conocidas, y tratan de acomodarse a un precio en pesos intermedio entre un dólar oficial y otro informal. El dinero de las ventas en pesos generalmente es utilizado para necesidades inmediatas de gastos de la vida cotidiana. Los dueños de las buenas obras quieren vender a divisas norteamericanas o no venden. Obtener dólares, sabemos, es difícil, pero es la moneda estándar para el intercambio de la mayoría de las transacciones de arte. En eso se parece al mercado inmobiliario. Además se consideran una forma de ahorro sin mayores riesgos frente a factores como inflación o cambios de moneda. Las ventas se dilatan a la espera de mejores oportunidades de venta. La única diferencia entre uno y otro es que el dueño de una propiedad la puede alquilar mientras no la venda”.

Poner el cepo
Entonces, sumado a las dificultades per se, en un mercado pequeño e incipiente como el del arte argentino, esta medida no pasó inadvertida. Mariano López Seone, galerista de Miau Miau, considera que “todo esto se modificó bastante desde comienzos del año pasado. La imposibilidad de acceder al dólar al valor oficial para realizar operaciones de este tipo trajo una serie de consecuencias inmediatas. En primer lugar, todas las operaciones se hacen en pesos. Esto es algo que en principio celebro, porque me parece correcto que nos movamos con la moneda local, que es lo que se hace en cualquier parte del mundo. Ahora bien, es innegable que el pasaje al peso trae una serie de inconvenientes en un mercado acostumbrado a operar en dólares durante décadas. Las negociaciones con los compradores añaden ahora el elemento de la cotización del dólar. ¿Por qué? Porque en general los artistas quieren recibir sus obras al cambio paralelo, que es el que podrían utilizar hipotéticamente para comprar dólares y guardarlos sin que pierdan valor. Y los compradores, obviamente, quieren que los dólares se expresen al cambio oficial, lo que les representa un ahorro importante. Esto simplemente añade un elemento adicional a la negociación, y hay toda serie de combinaciones que pueden hacerse teniendo en cuenta descuentos, pagos en cuotas, valor cambiante del dólar, etc.”. Donde todo podría verse como un problema, Solange Guez ve una oportunidad: “Yo lo encuentro atractivo. Existe un grupo grande de artistas y galeristas que acompañan la estrategia de precios en pesos: son firmas que están en desarrollo y se presentan como una muy buena opción al momento de decidir entre ahorrar ese dinero, que cambiado a dólares se transformaría en una suma que carece de sentido, y disfrutar de una obra original con una promesa pequeña, pero  promesa al fin, de que sea una buena inversión a futuro”. En cambio, Pellegrini no puede sino identificar que lo más perjudicial es el cambio de reglas: “El mercado del arte es pequeño en la Argentina si lo comparamos con otros países, y ha costado mucho generarlo. Que cada tanto aparezca alguien que nos obligue a cambiar las reglas del juego, sin duda, no ayuda al desarrollo de ese mercado.”

Cada uno habla según cómo le va en la feria. Y ArteBA es una promesa y luego será un termómetro. Fernando Entín, de Elsi del Río y presidente de Galaac, recuerda: “En 2001 se caía el mundo, no se vendía un alfiler. Hasta que llegó ArteBA2002 y se vendió sin parar toda la feria. Era otro contexto, pero de origen similar: la incertidumbre. Esperamos que en algún momento se aclare el horizonte. Siempre soy optimista con la feria de ArteBA, que es un milagro, una isla, y el que compra arte en la feria es porque ¡ama el arte!”. Para López Seone, el quid está en: “El proceso de fijar un precio en pesos, más allá de ser por momentos un incordio, tiene aristas interesantes. Obliga a todos los agentes del mercado a reflexionar sobre los precios de las obras, a preguntarse por los factores que arman un precio y lo justifican; también a poner en relación directa los precios del arte con los de otros bienes, que antes parecían pertenecer a otro orden por el simple hecho de estar expresados en otra moneda. Y esto tiene un efecto virtuoso general que es el de animar a más gente, lo estoy viendo en estos meses, a preguntar cuánto sale una obra y cómo podría pagarla”. Dany Barreto resume un poco lo que pasa desde el punto de vista de un artista: “En la feria ArteBA, que se desarrollará en breve, van a participar menos galerías que otros años. Esperemos los resultados de las ventas. Ojalá pase algo allí, así provoca más entusiasmo. Porque creo que esto es lo peor, el poco entusiasmo que se ve entre los artistas con respecto al mercado, la movilidad de sus obras y las oportunidades de mostrar. Ahora todo depende de las becas, premios o instituciones que convoquen a muestras donde por lo menos los artistas no pierden plata”.

Mientras que EGGO, la feria organizada por AAGA, parece ser más para estos tiempos, como organizadora Guez explica: “Tendrá su segunda edición del 5 al 9 de septiembre en el Recoleta y continuaremos comunicando que el arte puede ser accesible. Es el momento de crecer, de entender que cuando las reglas no son claras uno tiene que generar propuestas comerciales distintas y para ello tenemos que trabajar grupalmente. Sin esa sinergia que da el trabajo grupal no se puede evolucionar,  y si el mercado del arte actual está tan débil, las asociaciones y los galeristas evidentemente no hemos hecho las cosas tan bien como pensamos”.



Laura Isola