CULTURA ELISABET SÁNCHEZ

El rescate de una obra imponderable

Los años 90 conformaron escenarios específicos para los distintos artistas argentinos, un campo cultural que sigue nutriendo los debates contemporáneos. En ese sentido, la obra de Elisabet Sánchez es el eslabón perdido que permite volver sobre ese pasado inmediato con una mirada periférica, casi clandestina.

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Hay algo de novela, de obsesión y de extrañeza en esta historia. La de Elisabet Sánchez y su paso por el Rojas en los años 90, la primera rosarina en ganar la beca Kuitca, su estadía en Buenos Aires, el regreso a su ciudad  y, luego, 2001 y el viaje a España para dejarlo todo, abandonar el arte. Decir “algo de novela” es vago, y la historia lo tiene de una manera en particular: bajo influencia de María Sonia Cristoff. Porque si bien Sánchez podría ser un personaje de alguna suya con estas maniobras de extravío, con esa capacidad de “perderse” o dejarse estar, en el personaje de Tonia del texto de Cristoff está la clave. “Intervalo” es todo lo que le escribe a su madre en el telegrama para avisarle que partió, que se fue. Para los lectores, en cambio, es mucho más. Tonia choca por la calle con Cecilio, un personaje raro que habla de arte, que hace arte, que camina. Ese encuentro fortuito desvía el curso de la vida de ambos y de una manera insólita los une en el espanto. Sánchez pintó desde 1990 hasta 1997. En 1992 participó de El Rojas presenta a algunos artistas, una muestra individual en el mismo año, 5 años en el Rojas en 1994, Juego de damas, una colectiva de artistas mujeres curada por Adriana Lauría, en 1996, obtiene el Premio Braque en 1997 y allí se pierde el rastro. Aparece Gustavo Bruzzone que la busca con la sagacidad de un sabueso y la obsesión y el ahínco de un coleccionista. Sánchez es la figurita difícil de su colección que reunía a (casi) todos los artistas que pasaron por ese centro cultural y que, un poco gracias a él, forman un capítulo de la historia del arte argentino. Finalmente, en 2011, Bruzzone la contacta, le escribe, le habla por teléfono y Elisabet, que vivía en España hacía más de diez años, le dice que busque en Rosario, en la casa. Que ahora ella trabaja de otra cosa, que desde el ’97 no pinta más, que haga lo que quiera. Y Bruzzone fue y desembaló las tablas que Elisabet había pintado hacía muchos años. Con ese material, este año gestionó Rescate y despliegue de un proyecto pictórico surgido en Argentina, en los primeros 90, una muestra curada por Nancy Rojas en el Macro de Rosario, propuso donar dos obras al museo y vendió otra para financiar el pasaje de Sánchez. La trajo de vuelta. Si bien las obras de Elisabet reavivan el momento de su producción y reenvían imaginariamente a los años 90, ella no puede dejar de notar su extrañeza. Apartada del circuito del arte durante todo este tiempo, le cuesta creer que lo que produjo en sus años de estudiante pueda haberse incorporado de tal modo: con su coleccionista, sus fanáticos y sus ventas. Ella, como el personaje de El dormilón de Woody Allen, despierta y el mundo del arte ha cambiado mucho. Le cuesta un poco reencontrarse con la que fue y se propone no recuperar el tiempo. Apenas volver a mirar sus trabajos, mientras recuerda a sus amigos artistas de esa época y los encuentra propios: sabe de la mano que los pintó. Entre ellos hay una tabla de madera vacía y sin pintar. Debería formar parte de la serie que está expuesta pero sólo está preparada con las cintas de enmascarar que usaba para distinguir las franjas. Así, como la dejó hace veinte años, y la pregunta por ese olvido no la deja en paz. A diferencia de la novela de Cristoff, en la que la narradora asume al final que la ausencia de Tonia pasó  de un “intervalo” a un “para siempre”, Sánchez cree que todavía es posible volver a desviar el curso de la vida. Tal vez, esa obra inconclusa tenga alguna respuesta. La muestra será de lunes a viernes de 13 a 19 en Bulnes 2705, CABA, hasta el 10 de octubre.



Laura Isola