CULTURA HUGO MUJICA: OFICIO DE POETA

El silencio de las cosas

Dueño desde hace tiempo de una obra inconfundible, El Hilo de Ariadna publica una antología de los poemarios de Hugo Mujica, escritos entre 1983 y 2016. Cerca de preguntas existenciales y con el enigma de la creación como epicentro, la suya es una obra cuyo diálogo esencial busca el silencio primigenio.

Transitos. Mujica (Avellaneda, 1942) es, además de poeta, sacerdote y ensayista. En los años 60 emigró a Estados Unidos, donde se empapó de la cultura beat.
Transitos. Mujica (Avellaneda, 1942) es, además de poeta, sacerdote y ensayista. En los años 60 emigró a Estados Unidos, donde se empapó de la cultura beat. Foto:Gentileza editorial
Filósofo, monje, sacerdote, pintor, Hugo Mujica hizo de la trashumancia un estilo de vida. La intensidad de su formación intelectual y artística no lo encerró en una torre de cristal, todo lo contrario: sus conocimientos se volcaron a conocer en profundidad a la criatura humana, usando como llave la palabra común.

Autor de ensayos como La pasión según Georg Trakl. Poesía y expiación, La casa y Flecha en la niebla. Identidad, palabra y hendidura, entre muchos otros, también escribió  dos libros de relatos: Solemne y mesurado y Bajo toda la lluvia del mundo. Mujica publicó su primer libro de poesía (Brasa blanca) en 1983 y desde entonces no han dejado de aparecer, regularmente, varios volúmenes más hasta el presente.
Nacido en la ciudad de Avellaneda en 1942, siendo muy joven partió hacia Estados Unidos, donde rápidamente se vinculó con la bohemia artística que pululaba por la zona del Greenwich Village, en Nueva York. Entre cursos de filosofía y arte, su espíritu aventurero lo llevó a cruzarse con personajes emblemáticos de la contracultura norteamericana como el poeta Allen Ginsberg y el psicólogo Timothy Leary, célebre por sus investigaciones con el ácido lisérgico en relación a cuestiones creativas y terapéuticas; también asistió al Festival de Woodstock, pináculo de la época. La década del 60 lo encontró en medio de esa vorágine: vio en primera fila los años dorados del flower power pero también su decadencia, su efímero fulgor. Por esos años trabó relación con los Hare Krishna, lo que despertó sus inquietudes espirituales. Posteriormente, vivió siete años como monje de la orden trapense, repartiéndose entre Estados Unidos, Argentina y Francia. En medio del silencio trapense, nació su vocación poética.

Mujica sintió el llamado de la poesía cuando en su vida ya estaba inscripto un mapa lleno de barrios y países, de filosofías y religiones, de estruendosos sonidos eléctricos y hondos silencios, de trips psicodélicos y augustos monasterios, de poetas beatniks y monjes trapenses. Estos entrecruzamientos abrieron una veta poética que se transformó en forma de aprendizaje y comunión. Adversario de las definiciones tajantes y los sentidos cerrados, la poesía de Mujica prefiere recostarse sobre el corazón del mundo, traducir fragmentos de lo inefable, de lo que se escapa a la comprensión humana: “También el silencio/es huella,/huella y seña/hacia lo sin nombre/hacia lo que solo/se escucha/en la renuncia/a nombrarlo” (poema XXXIII de Cuando todo calla).

Mujica tiene una peculiar relación con las palabras; aquello de “no usar la palabra en vano” se ejerce plenamente en su poesía, ya que no hay sobrecarga, toda disonancia o maleza superflua se sacrifica en pos de liberar conceptos fibrosos, silogismos y paradojas, ideas forjadas a lo largo de muchos caminos, de extraordinarias experiencias vitales que le permitieron sazonar una obra transparente y lúcida, que deja al lector amplios espacios para respirar. Cada verso brota como consecuencia de una meditación sobre los estados del hombre en el mundo, sobre su destino y trascendencia. Hasta ser estampada en el papel, cada palabra atraviesa miles de capas de silencio, moldeadas con la paciencia del orfebre. Afinando al máximo los significantes, el verbo aflora en toda su desnudez. En el umbral del silencio, en la nada del vacío, se gestan esas palabras que, después de una delicada operación, se corporizarán en el poema. Recorre los textos una mesura epigramática que busca concentrar en formas breves, enigmáticas encrucijadas existenciales. Las palabras parecen haberse alejado apenas unos pasos del silencio que las cobija, donde permanecían serenas y en reposo, como en el fondo del mar, en latencia infinita: “a jirones/voy quedando entero/ya casi no me hago falta”, dice en el poema 66 de Brasa blanca.

En la poesía de Mujica no hay alardes formales o estéticos ni se advierte ningún ademán que remita a un enclave generacional; una natural austeridad recorre los poemas, reafirmando una vocación por acariciar el misterio y vislumbrar el milagro, observando el devenir humano y el fluir de una naturaleza cargada de entramados simbólicos. Ese pequeño puñado de palabras que se agrupan en la parte inferior de la página, alterando apenas el blanco del papel, tal vez expresen cabalmente la intención de desprendimiento que anima la obra poética de Mujica: “sobre todo recoger lo que se pierde,/perdiéndose”, define en el poema 4 de Responsoriales, celebrando el brillo fugaz que pauta la esencia de toda poesía. Pocas veces Mujica hace concesiones a lo personal; en el magnífico poema  dedicado a la muerte de su padre, dibuja una imagen dolorosa y bella: “hoy no es como otras lluvias/hoy llueve por vez primera/sobre el mármol de su tumba”  (“Hace apenas unos días” de Noche abierta)

Ajeno a toda suntuosidad verbal, limitando la adjetivación a lo imprescindible, como un estibador nocturno, Mujica carga a las palabras de sentido, sintiendo su peso, sus olores, su historia, cerrando el paso a la intromisión narcisista, tan propia del género.

Rodolfo Edwards