CULTURA HISTORIAS LITERARIAS XXIV


El traidor y su víctima

La infamia y la abyección de un hombre no conoce límites, pero entre todos ellos siempre hay un lugar especial para la traición. Tal fue el caso del escritor italiano Dino Segre, que traicionó a decenas de intelectuales antifascistas y vino a dar con sus huesos a la Argentina, refugio de nazis y afines al final de la Segunda Guerra Mundial.

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Foto:Cedoc Perfil
El 21 de febrero de 1944, Primo Levi, ingeniero químico turinés de 24 años de edad, futuro autor de Si esto es un hombre, fue deportado a Auschwitz por las tropas alemanas que ocupaban el norte de Italia. Dos meses antes, el 13 de diciembre, lo había arrestado una brigada de la milicia fascista junto con otros jóvenes que buscaban unirse a Giustizia e Libertà, el grupo de resistencia no comunista que actuaba en las colinas piemontesas, cerca de la frontera suiza. Tuvo la suerte de que lo identificaran como judío y como tal lo consignaran al ejército alemán; como resistente, lo hubiesen fusilado inmediatamente.
Ese grupo de entusiastas sin experiencia fue delatado por un informante de la OVRA, el servicio secreto fascista. Hoy se conoce su identidad: Dino Segre, hijo de padre judío, turinés vecino de Levi, que desde mediados de los años 30 informaba sobre la intelectualidad judía turinesa: el editor Einaudi, los escritores Carlo Levi y Natalia Ginzburg, la familia Olivetti. La familiaridad de Dino con ese ambiente lo hizo interesante para los servicios: estaba casado con Celeste Sinigaglia, sobrina de Adele Moise Levi, prima del futuro escritor; éste lo veía a menudo paseando su perro por el Corso Re Umberto. En 1934, la OVRA había arrestado a un primo hermano de Dino, Sion Segre, cuando traía de Suiza el periódico de Giustizia e Libertà, cuyos dirigentes exiliados editaban en París.
La ansiedad de Dino Segre por borrar su filiación fue determinante para su incorporación a la OVRA. En 1935 entregó a un grupo de cincuenta antifascistas de origen judío y llegó a pedir que lo enviaran por un tiempo a la cárcel, para preservar su verosimilitud como espía. Pero su situación personal era precaria. En los años 20 había conocido el éxito como novelista con el seudónimo Pitigrilli. Según Umberto Eco, sus best-sellers de la época (Cocaína, Dolicocéfala rubia, Mamíferos de lujo y otros títulos elocuentes) ofrecían a una burguesía italiana pacata, ávida de modernización, un perfume de la jazz age norteamericana. Condenados por el Vaticano, inaceptables para el “hombre nuevo” fascista, sus libros fueron prohibidos en 1936, antecedente que resurgió en un momento ingrato: la proclamación, en 1938, de las leyes raciales que Hitler impuso a Mussolini. Meses más tarde, la OVRA decidió prescindir de los servicios de Segre.
Es el momento en que le escribe al Duce, con “devota gratitud”, pidiendo quedar exento de las nuevas normas ya que su madre no es judía. Por toda respuesta es confinado, en verdad que no a una lejana población del sur, como Carlo Levi, sino a un balneario de Liguria, a dos horas de Turín… En 1943, insiste ante el Duce: “He perdido todo (…). Usted sabe que no soy judío, aunque una nota congelada en los archivos afirme esta inexactitud sin fundamento (…). Vuestro genio cubre el universo, pero vuestro corazón se inclina sobre las pequeñas miserias. Por esto se lo exalta y se lo ama. Concédame, Duce, un coloquio de unos minutos, me miraréis en los ojos y veréis que no soy indigno de vuestra mirada”.
El destino de un personaje patético puede ser cómico. Caído el régimen, Segre publica artículos antifascistas en La Gazzetta del Popolo. Los archivos de la OVRA salen a la luz, escapa a Suiza, allí se casa en segundas nupcias con Lina Furlan, primera abogada italiana, y en 1947, en Lugano, intenta convertirse al catolicismo. En Italia, algunas de sus víctimas han sobrevivido, otras vuelven de los campos, y Segre decide prudentemente poner distancia. La Argentina del momento, refugio preferido de nazis y fascistas, es su nueva meta.
El niño que alrededor de 1950, en Buenos Aires, seguía fielmente en el vespertino La Razón una columna firmada Pitigrilli –“Pimientos verdes”– ignoraba todo lo anterior. En 1953 asistió a la conferencia “Yo estuve en la Antártida”, dictada por el escritor en el teatro Enrique Santos Discépolo. Su memoria sólo recuperó estos momentos en los años 90 del siglo pasado, cuando se enteró de que Fassbinder había tenido el proyecto de filmar Cocaína, la novela de 1921, y en una librería italiana la encontró reeditada con prólogo de Umberto Eco. Lanzado a investigar qué fue de aquel autor que había olvidado, se topó en una librería de viejo con Pitigrilli parla di Pitigrilli, volumen de dudosas memorias publicado en 1949, donde anuncia su conversión definitiva a la fe entre ditirambos a la Argentina, donde el general Perón y su esposa lo habían recibido en la Casa Rosada.
En 1957, Dino Segre volvió a Europa. Vivió casi anónimamente en París, con visitas ocasionales al Turín de su juventud y su infamia. No podía sospechar que, como a otros “malditos”, lo esperaba un rescate póstumo: curiosidad literaria por sus primeros relatos de decadencia mundana, más tarde vindicación de su debilidad ante el poder (Un italiano vero, de Enzo Magri). Iba a morir durante una de esas visitas, en 1975. En otra parte de la misma ciudad, Primo Levi, uno de los veinte sobrevivientes de los 650 judíos italianos deportados en el mismo convoy, escribía su libro final, Los hundidos y los salvados

Edgardo Cozarinsky