CULTURA EXPOSICION

El universo artístico de Eduardo Costa

Con una muestra que reúne cuarenta años de trabajo, se presenta en el Mamba lo más granado de un artista que supo conjugar el universo pop de las vanguardias con el trabajo de un joyero que explora la literatura y su oralidad. Una reunión que revela al artista en plenitud.

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Foto:Gentileza Mamba
Moda ficción, naturaleza, joyas y bicicletas es una enumeración que podría reemplazar a la tan conocida frase sobre lo bello de las conjunciones dislocadas, inconexas y hasta contradictorias que el conde de Lautréamont  pergeñó a fines del siglo XIX para que la primera vanguardia del XX hiciera su padrenuestro. “El encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas” guió el accionar de esas experiencias, y el nombre de la muestra antológica de la obra de Eduardo Costa me hace acordar a ese lema, transfigurado por el paso del tiempo y la segunda opción que el siglo pasado le dio a la transformación del arte. La revancha de los años 60 para no dejar que la centuria se escurra en un devenir atontado. Sacudirla al ritmo de la psicodelia y de la instalación definitiva de los medios masivos, como ya estaba entre nosotros, en su habitualidad, la luz eléctrica. Esa lista va perdiendo su arbitrariedad en tanto que Costa se encarga de unir las piezas tan disímiles e inspiradoras de su universo artístico.
En la sala del Museo de Arte Moderno ocurre esta reunión que todavía sorprende. Porque uno de los problemas del arte de vanguardia es la vejez. La obra de Eduardo Costa ha conjurado esta desgracia y no sabemos cuál ha sido su pacto fáustico. Pero es evidente que el contrato ha sido firmado. Tanto es así que una de las partes de esta exhibición le da una nueva versión a The Fashion Show Poetry Event de 1968 en Nueva York, sin Warhol pero con Prior, entre otros, los trajes entretejen pasado y presente. Las joyas que son anillos y brazaletes que vienen directamente de la naturaleza a su alhajero, pero también orejas y dedos de oro como replicantes de un vaivén entre el adorno y la ortopedia. Además, sus obras más recientes: las pinturas volumétricas. Ese hallazgo expresivo de la década del 90 en una lata de pintura. Que la pintura tome forma, que ella misma lo sea. Asimismo, la referencia a los años 80 y sus letras con Virus,  su trabajo con la literatura oral y la referencia ineludible a Happening para un jabalí difunto. “Dalmiro Sáenz entró con aire de vencedor el 30 de julio pasado, portando un jabalí cazado por el mismo, en una casa de la calle Melo en Vicente López”. Así comenzaba la crónica de un supuesto evento artístico que escribió Edmundo Eichelbaum para el diario El Mundo en 1966. Las fotos que acompañan la nota muestran a Manuel Mujica Láinez, Marilú Marini, Marta Minujín, Antonio Gades, Egle Martin, y en el texto se refiere a cómo la apacible localidad del Conurbano se vio consternada por “un happening”, palabra que debió explicar y caracterizó desde el lugar que la prensa le otorgaba a este tipo de manifestaciones de arte experimental: snob, frívolo, loco, una moda pasajera, el colmo de la extravagancia, etc. Pero ni El happening para un jabalí difunto existió como tal, ni el cronista era un cronista sino parte de ese evento apócrifo. Tanto Eichelbaum como Escari, Jacoby y Eduardo Costa idearon una obra de arte que tuvo su materialidad mediática. Decir que no existió realmente es no comprender el sentido que para estos artistas tuvo la relación entre el arte y los medios de comunicación a mediados de los 60. Un arte de los medios de comunicación es el manifiesto que le da consistencia a esta experiencia y está firmado por estos últimos tres y Oscar Masotta. Más allá de la posibilidad de pensar la denuncia más obvia de que los medios “mienten”, el experimento conlleva la teoría que les fuera contemporánea de Marshall McLuhan: “El medio es el mensaje”. Mensaje (o masaje) que hace que la masa que se ha formado entre ambos ya no pueda ser distinguida.

Laura Isola