CULTURA CUESTIONES DE POETICA


El verso de Agamben

La publicación reciente de dos libros, “El final del poema” e “Idea de la prosa” (Adriana Hidalgo Editora), y la de una extensa compilación de ensayos sobre su obra –“Estética y política en la filosofía de Giorgio Agamben” (Editorial Aurelia Rivera)– son nuevas excusas para retomar la lectura del gran filósofo italiano contemporáneo.

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Foto:Cedoc Perfil
Giorgio Agamben es a la tradición filosófica lo que en una compañía se denomina un técnico, alguien a quien se llama cuando surge un desperfecto. La historia de la literatura también ha dejado cabos irresueltos que alientan la aparición y subsistencia de una figura como él. Remontarse en el tiempo equivale para Agamben a remontarse en el lenguaje, en la historia de una palabra, de otra y otra. Como lector va en busca de lo recóndito, de lo recónditamente preciso. Ya había demostrado en Idea de la prosa que tiene una forma rigurosa y original, poética, de definir ciertos términos. El latín ha sido, en ese sentido, una cantera fecunda, de resonancias actuales, para sus exploraciones.
En un ensayo incluido en El final del poema sobre Sueño de Polífilo, de Francesco Colonna, comenta que Polífilo es “una figura del amor por el latín: amor imposible o soñado, amor a una (lengua) muerta, que intenta revivir la flor disecada”. Un proceso análogo es el que lleva a cabo el propio Agamben y su largo noviazgo con las lenguas muertas, y con lo no escrito o “no escribible”, ha rendido sus frutos. En un momento, presenta estas conclusiones sobre Pascoli: “Hablar, poetizar, pensar sólo puede significar hacer la experiencia de la letra como experiencia de la muerte de la propia lengua y de la propia voz”. Algo que se extiende hacia otras preocupaciones de Agamben, y subraya su inofensiva tendencia a la dramatización: “Quien cree en un destino específico no puede de veras hablar”.
Agamben se acerca a la poesía con guantes quirúrgicos, pero queda flotando la sospecha de que el autor de Profanaciones es mucho más visceral de lo que su tono y léxico dejan traslucir. Lo cual no añade un prestigio adicional, pero subyace en su escritura como una prueba que se niega a mostrarle a un juez hipotético e inútil. De pronto, Agamben muestra otra clase de audacia y se expone: “La vanidad de las palabras aquí ha alcanzado en verdad la altura del corazón”.
Puede intuirse que lo que sostiene su proyecto filológico-filosófico –apenas detrás de un acento grave que acaso le impida ser siempre transparente– es una sensibilidad extrema con respecto al punto central del espíritu, si puede resumirse así. Si tiende a la hipérbole cuando escribe sobre poesía es acaso porque la siente muy próxima y porque se permite pocas ocasiones para explayarse sobre sus practicantes dilectos. De todas formas sabe distenderse, como en los apartes anecdóticos sobre Heidegger en Provenza en Idea de la prosa. Así, El final del poema va estableciendo un elenco azaroso, no programático, un zigzagueo biográfico y literario donde alcanza la soltura de lo que carece de teoría preconcebida. Agamben se muestra como un espía de la marginalia en los libros (de Elsa Morante) y es diestro para la relectura, como lo exige la tablilla de exégeta que con él empieza siempre en blanco, inaugural. Frente al rescatista Agamben, uno empieza a imaginar que la crítica se asemeja a la soteriología, que estudia la historia de la salvación: qué poetas merecen salvarse –Delfini, Caproni, Zanzotto– y qué poetas merecen caer en el infierno del olvido.
Con frecuencia, el de Agamben suena al pensamiento propio de quien abandonó la poesía, tarea que quizá prefirió dejar en potencia para fortalecer el ensayo y así crear, como en Estancias, una especie de tratado de poética. Es allí y en otras obras donde arriesga sus momentos líricos: “La habitación iluminada ya no es más la habitación oscura, la he perdido para siempre… la luz no es sino el porvenir de la oscuridad en sí misma”. Su disponibilidad para la poesía la revela, por ejemplo, el que sea especialmente sensible hacia aspectos menos visibles de la infancia. Animales y niños son los invitados de honor de su obra.
Como un poeta, el autor de Desnudez sabe dejar ciertas cosas en el aire, indefinidas. Y allí va emergiendo una táctica: para que un dilema –conceptual, etc.– pueda ser resuelto, no debe explicitarse sino incorporar a la frase la imposibilidad de su explicitación. Dicho de otro modo: en Agamben muchas cosas se explican por sí mismas, o su elucidación es indivisible de su expresión. Algo se revela, por ejemplo, cuando está expresándose con lo que parece un ocultamiento. Tiene afición por la frase que se envuelve a sí misma, se cierra sobre sí misma y el final da pie a otra línea de pensamiento: “Lo que no debía ser explicado está perfectamente contenido en eso que ya no explica nada más”.
Una clásica definición de Agamben puede no ser ni falsa ni del todo verdadera, pero es al menos fecunda, sobre todo para tesistas. Hay momentos en los que sin duda sus palabras quedan girando en el vacío, en la aparente precisión de lo teórico. No todos sus hallazgos –no son pocos– tienen en efecto la aplicación real que parecen prometer y su uso se limita, como corresponde a lo literario, a una vibración del espíritu inesperada. La rica compilación Estética y política en la filosofía de Giorgio Agamben nos remite a una cuestión que plantea una y otra vez –la diferencia entre legalidad y legitimidad–, y que podría llevarse al terreno de la crítica, que debe ganarse su legitimidad en cada una de sus
instancias.

Matias Serra Bradford