CULTURA EL ADVERSARIO

Emmanuel Carrere

Célebre en el mundo entero, el francés Emmanuel Carrère pasó por Buenos Aires y habló con PERFIL. Su nueva novela, El reino, sus obras anteriores, como Limónov o El adversario, y los atentados en París del 13 de noviembre.

PERFIL COMPLETO

Foto:Pablo Cuarterolo

La primera señal inequívoca que percibí al respecto de la nacionalidad del entrevistado fue, como es costumbre por sus pagos, una caudalosa verborragia. Llegué temprano a la cita; por lo tanto, mientras una colega asentía frente a cada sílaba expresada por el autor, pude comprobar una noble tradición: los franceses cultivan la elocuencia como una regla de etiqueta. El autor se mecía con violencia en el sillón y hablaba blandiendo los brazos, algo digno de verse. Basta escucharlo unos momentos para saber que Emmanuel Carrère es un sujeto apasionado, cuando menos con las palabras. Carrère es autor de novelas tradicionales como El bigote, Una semana en la nieve y de un ensayo sobre Werner Herzog, pero los libros que catapultaron su fama son una suerte de documentales literarios en los que ha explorado tanto a criminales como a figuras fascinantes del mundo. Entre ellos se cuentan El adversario, De vidas ajenas, Una novela rusa y sobre todo Limónov, obra que supuso su consagración internacional explorando la vida de un ruso prácticamente de otro planeta en el que la tensión, la aventura y la intimidad instauran la dosis perfecta para construir un personaje y una historia que se leen como una novela: casos de la vida real.
Carrère portaba unos Levi’s deslavados color añil que hacían conjunto con una camisa de lino del mismo tono, desfajada. Unos zapatos Camper que delataban un uso salvaje hacían todo el atuendo y luego de las fotos de rigueur comenzamos la entrevista.

—Ha sostenido en diversas oportunidades que no se siente cómodo expresando su opinión por ser demasiado permeable a la opinión ajena. ¿Viene de esa característica propia su intención de testimoniar por el testigo, es decir, cómo realizar esa operación de dar cuenta de los otros desde la incomodidad?
—No necesariamente tiene que ser otro. Yo pienso que el lugar que ocupa el testigo, que es justamente el lugar que yo reivindico, no implica que uno tenga una opinión formada. Se trata solamente de darle lugar, a sabiendas de que su comprensión no constituye la verdad. Se trata de no confundir lo que uno y otro piensan con la realidad. No creo que haga falta tener opiniones personales sobre las cosas.

—Hoy en día cunde una suerte de ficción de lo real –autoficción, ficciones del yo, literatura selfie–, por lo tanto quisiera saber si se ve a sí mismo como un cronista de circunstancias, personas o elementos o como un narrador tradicional en términos literarios.
—Yo me veo sobre todo como narrador, dado que la forma con la que trabajo es la narración. ¿Qué es la narración? En realidad mucho no me importa que sea ficción o lo que en cine se conoce como documental, que es más bien lo que yo hago desde hace veinte años. Soy incapaz de pensar en otros términos. Más que lo abstracto o lo especulativo, me interesa relatar aquello de lo que yo fui testigo, sobre lo que viven y piensan los demás y cómo se cuentan sus propias historias.

—¿Cree que es necesario en el presente, donde la intimidad ha devenido en espectáculo, que el narrador deba aparecer como personaje de sus libros? ¿Lo considera una estrategia literaria para apuntalar el contrato de verosimilitud, un yo comprometido a nivel personal?
—Para ser franco, yo no pienso de esa manera. Tengo la impresión de que lo que hago es la forma más simple y natural de proceder, que consiste en tratar de decir en qué consiste la propia experiencia en relación con la experiencia de otros y los acontecimientos externos de la vida, y ver de esa manera cómo uno se ubica en ese sistema de relaciones todos los días. Trato de escribir sobre lo que me interesa y me atañe a partir de mi propia perspectiva porque no tengo acceso a otra. No se trata de una estrategia. Es lo que todos hacemos todo el tiempo. Es paradójico y extraño.

—Tomando en cuenta cómo han aparecido sus libros en español, resulta un tanto asombroso que después de un libro infernal como “El adversario” y ese terremoto que significó “Limónov”, entregue ahora un libro un tanto anticlimático, acaso beatífico como “El reino”, que por otra parte, al explorar a los evangelistas, demuestra la infinita capacidad de los testigos para crear personajes, como en el caso de Platón.
—¡Espero que este libro no sea beato! No quiero estar de acuerdo con esa lectura. En primer lugar, no es un libro pío, sino una obra que trata de representar las figuras de aquella época que llamamos santos antes de que tuvieran sus aureolas, cuando eran seres humanos como cualquier otro, seres que se equivocaban, se peleaban, celosos, por eso traté de hacer un retrato lo más humano posible sobre personajes que muy pocas veces se ven bajo esa lente.

—¿Se divirtió lo mismo escribiendo este libro que con “Limónov”?
—Fui muy feliz escribiendo este libro. Fue un proyecto muy largo y placentero, hasta tal punto que en cierta medida me entristece un poco que se haya terminado.

—¿Cuál es su evangelista predilecto?
—Los conozco muy bien a todos. Pasé tres años de mi vida estudiando a Juan. A Marcos lo traduje con la colaboración de un helenista, y pasé siete años con Lucas. Al que no conozco bien es a Mateo. Paradójicamente, Mateo es el preferido de la Iglesia y el más leído. Me parece el menos individualizado, tiene una personalidad menos marcada. Así que creo que mi preferido es Lucas, pero por una razón extraña, y es porque me siento más cercano a él, pero creo que es porque me proyecto en su figura. Aunque me encanta la simplicidad de Marcos. Aprovecho para decir que es algo muy llamativo que la Iglesia primitiva haya conservado los cuatro evangelios. Dado que normalmente la tendencia habría sido unificar en un solo evangelio homogéneo sin contradicciones, para seguir una línea de pensamiento honesto; sin embargo, esa ambigüedad de testimonios funciona a nivel literario como condimento de la verdad: la perspectiva múltiple, como en Rashomon, contradicciones que construyen ese retrato de Cristo en cuatro versiones, lo que lo vuelve mucho más rico y mucho más misterioso.

—En tanto que retratista, ¿le interesaría escribir la fascinante vida de Vladimir Putin?
—Por supuesto que sería interesante relatar la vida de Putin, pero nadie me necesita para hacer eso. Lo que yo podría hacer, como en el caso de Limónov, es una forma de contar oblicua, distinta de la gran epopeya. Yo podría contar su vida como la de un fracasado, no la de un ganador. Podría trabajar con el caso de una persona menos conocida, como en el caso de Limónov. Me preguntaron una vez lo mismo sobre Aleksandr Solzhenitsin, a quien admiro tremendamente como hombre y como autor, y es algo parecido: no me necesitan a mí para contar esa historia. Prefiero otros enfoques.

—Probablemente, usted y Michel Houellebecq sean los escritores franceses más relevantes del presente, y si bien ahora nos encontramos a una galaxia de distancia de figuras como Sartre o Camus, me veo obligado a preguntarle por el tema político; por lo tanto, quisiera conocer su opinión al respecto de Francia en este momento frente al terrorismo.
—Sobre este tema creo que lo que me distingue de Houellebecq, a quien admiro y me cae bien, es que él tiene una propensión mucho más firme a dar opiniones fuertes y paradójicas que pueden ser provocadoras. A mí me cuesta mucho más emitir una o defender una opinión sobre algo. Obviamente, ante lo que acabamos de pasar y ante la amenaza de que las cosas vuelvan a ocurrir tengo una sensación de tremenda inseguridad, una sensación de espanto que creo que todos compartimos, un gran sentimiento de impotencia; pero por ejemplo al respecto de si el gobierno francés debe mandar tropas a Siria, la verdad es que no lo sé. Tal vez yo lea un artículo de Bernard-Henri Lévy o una opinión sobre lo que Churchill habría hecho o cómo resistir al islamismo comparándolos con los nazis y me convenza; pero luego leo un artículo sobre cómo actuó George Bush en Irak creando baños de sangre y catástrofes absolutas, y pienso lo contrario. Por eso, para serle muy sincero, quiero decirle que no lo sé. Y tampoco me siento, como Houellebecq, capaz de decir: “Nuestro presidente es un incompetente, un tarado”, porque si yo me encontrase en su lugar no tendría la menor idea de lo que tendría que hacer. ¿Tenemos que tener un punto de vista tajante, firme, a la manera de los presidentes? ¿A nivel de política exterior? No lo sé. Algunos dicen vayamos por Assad o vayamos por los rusos. Yo tengo la impresión de que lo que yo pienso no tiene cuerpo, a diferencia de lo que pasa con Houellebecq, quien sí tiene una visión panorámica e histórica primordial. No sé si él tiene razón, pero habla como si fuera una suerte de marciano que ve las cosas a la distancia; yo no me siento capaz de registrar esos fenómenos, puesto que reacciono casi visceralmente. No puedo esbozar una opinión política marcada. La verdad es que estoy un poco perdido.

—Es uno de los derechos del escritor contemporáneo decir sin aspavientos ni vergüenza: “Yo no sé”.
—Sí, en todo caso, yo no acepto que sea un deber del escritor decir cuál es la verdad.

—Su respuesta se relaciona con algo que se ve constantemente en su persona o su personaje, si prefiere, y que es que todo el tiempo está atravesado por una conciencia de clase, es decir, todo el tiempo toma postura al respecto de ser un burgués con tendencias a una izquierda edulcorada. Quisiera saber el porqué de esa localización recurrente. Por qué mostrar desde el inicio las cartas credenciales.
—Se me ocurre que una de las cosas que uno puede hacer con su vida en esta tierra es tratar de ser un poco más libre, y para eso hace falta liberarse de determinismo, de todas las cosas que pesan sobre uno: de las circunstancias de nacimiento, históricas o del medio social. Por eso, creo que la única oportunidad que tenemos de liberarnos de todo ello es primero ubicándonos y luego haciendo como si eso que nos limita no existiera. Para tener una posibilidad de ver el mundo tenemos que admitir que por principio no somos libres, y que una parte de lo que pienso está construido a partir de una serie de circunstancias que no son mías y tenemos que hacer un trabajo a conciencia para identificarlas y conocerlas para defenderse de ellas, y para ello hay que saber cuál es el condicionamiento de los demás.

—Es interesante lo que menciona, sobre todo comparándolo con un campo intelectual como el latinoamericano –pienso en lugares como México, Argentina, Chile, Colombia–, donde existe una suerte de clasismo velado no pocas veces autoenajenante para el que ubicarse de esa manera tan honesta, desnuda y consciente sería algo inoportuno o inconducente.
—Entiendo lo que dice, y creo que es mejor admitir que uno es burgués para tratar de serlo menos.

 


 

Como Pete Best mordiéndose las manos

Emmanuel Carrere

Aquella primavera participé en el guión de una serie de televisión. El argumento era el siguiente: una noche, en un pequeño poblado de montaña, se aparecen unos muertos. No se sabe por qué ni por qué aquellos muertos en vez de otros. Ellos mismos no saben que están muertos. Lo descubren en la mirada asustada de las personas a las que aman y que les amaban, y a cuyo lado les gustaría recuperar su sitio. No son zombies, no son fantasmas, no son vampiros. No estamos en una película fantástica, sino en la realidad. Se plantea seriamente la pregunta: ¿qué ocurriría si, supongamos, esta cosa imposible sucediese de verdad? [...]
Sé reconocer un potencial narrativo cuando me lo proponen, y aquél era con mucho el más intenso que me hayan propuesto en toda mi carrera de guionista. Durante cuatro meses trabajé con el realizador Fabrice Gobert todos los días, de la mañana a la noche, con una mezcla de entusiasmo y de estupefacción ante las situaciones que inventábamos. Después, por lo que a mí respecta, las cosas se fueron al traste con quienes nos financiaban. Tengo casi veinte años más que Fabrice, soportaba peor que él el hecho de tener que someterme a los exámenes continuos de unos chiquillos con barba de tres días que tenían edad de ser mis hijos y hacían muecas de hastío al leer lo que escribíamos. Era grande la tentación de decir: “Si tan bien saben lo que hay que hacer, háganlo ustedes”.
Sucumbí a ella. Desoyendo los sabios consejos de mi mujer y de mi agente, me faltó humildad y di un portazo a la mitad de la primera temporada.
No empecé a arrepentirme de este impulso hasta unos meses más tarde, [...] durante una cena a la que invité a Fabrice y al director de fotografía Patrick Blossier. [...] Aquella noche, al escucharlos hablar de la serie, de las historias que habíamos imaginado en mi despacho y que ya se hallaban en la fase de elegir los decorados, los actores y los técnicos, sentí que se ponía en marcha esa maquinaria emocionante que es un rodaje, me dije que debería haber participado en la aventura, que no participaría por mi culpa, y de repente empecé a entristecerme tanto como aquel hombre, Pete Best, que fue durante dos años el batería de un grupito de Liverpool [...] y que lo abandonó antes de que consiguieran su primer contrato de grabación, y que me figuro que ha debido de pasarse el resto de su vida mordiéndose las manos. (Les Revenants ha cosechado un éxito mundial y, en el momento en que escribo, acaba de obtener el International Emmy Award que premia a la mejor serie del mundo.)

Fragmento de El Reino, Anagrama, 2015.



Rafael Toriz