CULTURA FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE

En las costas del encanto

Hoy finaliza en Mar del Plata una nueva edición del prestigioso Festival Internacional de Cine. En esta ocasión, la muestra revisa críticamente la tradición y apuesta por la vanguardia, un vaivén entre el equlibrio, la gracia y el espanto.

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Foto:Cedoc

L os temperamentos curtidos en el trópico, pese a que vivamos de incógnito en urbes sin océano, necesitamos la presencia del mar. Por ello, cuando fui requerido para cubrir unos días el mítico Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, no pude menos que regocijarme. Visitar la costa argentina sería el pretexto perfecto para darme idea de un evento histórico que ha fundado su propia leyenda. En esta ciudad portuaria se han dado cita los protagonistas esenciales de la segunda mitad del siglo XX. Por estas costas se han paseado, en velos de fantasía, personajes como Errol Flynn, Anthony Perkins, Maria Callas y Cantinflas. Luego vendrían Paul Newman, Truffaut, Kathryn Bigelow, Belmondo y hasta el amargado de Pasolini. Interrumpido durante décadas, y retomado en 1996, el Festival ha contado también con la participación de Abbas Kiarostami, Sonia Braga, Sophia Loren, Jeremy Irons, y hace apenas un par de años fue posible ver a Susan Sarandon y Tommy Lee Jones . Testimonio de esta época de esplendor es el libro Historia del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. De la epopeya a la resignación, de Julio Neveleff, Miguel Monforte y Alejandra Ponce de León.

Con esa aura prestigiosa –el festival de Mar de Plata, al igual que el de Cannes, Biarritz o Venecia es categoría A– llegué a la ciudad dispuesto a ensoñarme como un personaje de Puig, por lo que mis primeras impresiones no pudieron sino desilusionarme.
Es sabido que eventos de esta naturaleza implican un complicado entramado logístico, por lo que suelen presentarse inconvenientes. Tal fue mi caso, puesto que mi nombre no figuraba por ningún lado y cuando al fin me encontraron fui ubicado en una habitación gemela –sólo tendríamos que compartir el baño– con una camarógrafa rolliza que armó un escándalo por lo que consideró una afrenta a la moral y las buenas costumbres. Yo, desvelado y sin acreditar, sólo pude pensar en la pasión por el conflicto de tantísima gente desalmada.
Habiendo despejado las incomodidades gracias a una caminata playera, asistí a la inauguración oficial del Festival, que comenzó con la proyección de Las analfabetas, del chileno Moisés Sepúlveda, que relata la historia de una mujer solitaria, trastornada y vanidosa, que no sabe leer. Una película bien filmada y a ratos conmovedora, no exenta de tristeza.
Posteriormente hubo un cóctel, más bien desangelado, en el que si debemos ser sinceros lo que faltó fue glamour, y sobre todo estrellas. En mi condición de extranjero, sólo pude reconocer a Rafael Spregelburd, pero escuché a unos colegas quejarse diciendo “si Will Smith estaba filmando en Buenos Aires, hubieran podido traer al negro a Mar del Plata”.
El domingo fue una grata revelación asistir a la proyección de Los insólitos peces gato, de Claudia Sainte-Luce, quien con una fotografía exquisita –verdaderamente decantada– cuenta la historia de una mujer solitaria y una familia disfuncional a las que unirá una desgarradora necesidad de compañía y la presencia ineluctable de la muerte. Para la noche, y enajenado por la sinergia del entorno, que había hecho ya del coreano Bong Joon Hoo una de las figuras medulares del festival, acudí a ver The Host, un disparate con escenas de humor efectivísimo que sin embargo se hace larga y redundante, amén de que el monstruo mutante es indigno para la tradición de los asquerosos bichos orientales.

El documental Miradas múltiples de Emilio Maillé sobre el fotógrafo mexicano Gabriel Figueroa fue un momento culminante. Y lo fue no sólo por demostrar, a través de entrevistas con los principales directores de fotografía del orbe, la importancia medular de un artista que supo escribir con la mirada la identidad y la sensibilidad de una nación, sino porque les dio voz a todos aquellos que trabajan al amparo de las sombras. En el arte de la luz, la elocuencia es silenciosa.
Mambo Cool, de Chris Gude, prometía ser una película potente sobre los bajos mundos colombianos, y lo cumplió, puesto que me noqueó en mi butaca debido a planos fijos y un tempo que invitaba a la modorra categórica, casi catatónica, de la visión del director. Empero, la paleta de colores es absolutamente fascinante, todo un canto a la armonía, que hace que contemplemos los dramas de la miseria sin un núcleo dramático específico.
Un ejercicio de estilo es lo que puede apreciarse en el “documental de ficción” The Dirties, del estadounidense Matt Johnson, prodigio de intertextualidad que revela la profunda alienación de los norteamericanos. Con elementos de Elephant de Gus Van Sant y un humor cruel, que pronto deviene mueca incómoda, el film es contundente y quirúrgico. El Festival termina este domingo, carente de grandes figuras y a partir de media semana sin jamón para la prensa.



Rafael Toriz