CULTURA

Entre la impostura y la sensualidad

Mal que nos pese, Galeano prefería el eslogan por sobre el análisis en profundidad, el maniqueísmo por sobre la complejidad, la manipulación por sobre el rigor y el autoplagio por sobre la innovación.

Foto:Cedoc

“Benedetti no se cree Benedetti” (Eduardo Galeano, Montevideo, 1940-2015)
“Galeano se cree Galeano” (Anónimo, Buenos Aires, 2015).


Claros, rotundos, prácticos y profundamente honestos, los principios estéticos que Oscar Wilde dio a conocer durante su vida, pero sobre todo en una célebre conferencia realizada en Westminster, lucen hoy, si cabe, más frescos que en 1893. Y, sin embargo, es difícil encontrar en la vasta y exitosa obra de Eduardo Galeano un solo texto que no nos resulte antiguo, no porque sea aburrido, pues Galeano, qué duda cabe, fue un animal periodístico de primer orden con un profundo manejo de su oficio y con un don natural para entretener a sus lectores, sino porque el escritor uruguayo que acaba de fallecer eligió frecuentemente el eslogan por sobre el análisis, el maniqueísmo por sobre la complejidad, la manipulación por sobre el rigor y el autoplagio por sobre la innovación.

No debería esta dura opinión intentar rebajar, como a menudo ha ocurrido con sus enemigos políticos, los indudables méritos que a lo largo de sus 74 años de vida plasmó este hombre al que los abordajes unívocos podrían, como al ex presidente José Mujica, perjudicar más que ayudar a comprender. Efectivamente, y le disguste a quien le disguste, Galeano vendió libros como pan caliente (el sueño de todo escritor), fue estudiado en Estados Unidos (el sueño de todo antiimperialista), es amado por gente verdaderamente humilde (el sueño de todo aristócrata) y, desde Cuba hasta la Argentina, pasando por Suecia, ha ganado premios importantes (el sueño de todo aquel para quien sea un sueño ganar premios importantes).

Con o sin amargura, no cabe más que reconocer, admirar o, en el peor de los casos, respetar profundamente la trayectoria de un pensador que, cuando lo consideró conveniente, volvió sobre sus pasos para decir que “no volvería a leer Las venas abiertas de América Latina”, que su emblemática obra fue escrita “sin saber debidamente de economía y política”, que Tabaré Vázquez cometió un gran error respecto a las pasteras y que traicionó la voluntad popular de la población al no proteger un recurso estratégico fundamental, ya que “las plantas de celulosa arrasan la tierra, envenenan el aire y secan el agua”.

Además, Galeano lamentó, en un texto titulado Cuba duele y publicado en 2003, “las prisiones y los fusilamientos en Cuba” y, pese a su eterna amistad con el régimen castrista, agregó: “No tiene justificación la pena de muerte, se aplique donde se aplique”. Finalmente, afirmó: “La mala conciencia no me enreda la lengua para repetir lo que ya he dicho, dentro y fuera de la Isla: no creo, nunca creí, en la democracia del partido único… ni creo que la omnipotencia del Estado sea la respuesta a la omnipotencia del mercado”. Y remató: “En el duro camino que recorrió en tantos años, la revolución ha ido perdiendo el viento de espontaneidad y de frescura que desde el principio la empujó. Lo digo con dolor. Cuba duele”.

Con sus tranquilas y premeditadas declaraciones, con su prosa fluida y con un instinto espectacular para conectarse con el lector tanto temática como sentimentalmente, el ex secretario de redacción del semanario Marcha mostró su apabullante facilidad para la comunicación desde la adolescencia y, aunque no murió joven, seguramente hubiera vivido mucho más si no hubiera sido por el tabaquismo, un flagelo del cual, al despedir a Galeano como un “gran latinoamericano y un brillante escritor” que nos dejó “una lección enorme”, el presidente y ex catedrático de oncología Tabaré Vázquez dijo que no se cansará de hablar nunca, “porque realmente acá vemos las consecuencias”.
Más cálidos que Vázquez fueron Joan Manuel Serrat, un gran amigo del escritor uruguayo, a quien celebró desde el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo como una “reserva moral”, y dos colegas de Galeano: Mauricio Rosencof y Carlos Maggi.

El primero, ex director de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo, ex dirigente tupamaro y, desde siempre, reconocido escritor, destacó en diálogo con radio El Espectador la trilogía Memoria del fuego, y recordó a Galeano por su “sensibilidad y su bonhomía”. Y el segundo, un exponente de lujo, tanto desde el teatro como desde la historia y el periodismo, de la generación del ’45 –la misma de Mario Benedetti, Angel Rama, Idea Vilariño, Juan Carlos Onetti, Carlos Real de Azúa y Mario Arregui– opinó que Galeano “escribía y dibujaba de una manera extraordinaria”.

Sin embargo, fue Andrés Muñoz quien, en diálogo con diario PERFIL, evocó a la persona más allá de la figura pública. Y lo hizo hablando con mucho cariño de “un tipo fiel a lo que pregonaba, lo que no es común cuando hay plata de por medio”.
Y vaya si había plata de por medio en ese negocio. Pero Galeano confió, subraya Muñoz –director de la librería y distribuidora América Latina, que distribuye todos los libros de Galeano en el Uruguay desde hace más de cuarenta años–, en la palabra dada y en los afectos de siempre. “Nosotros le decíamos cuánto había vendido y nunca exigía nada que lo comprobara porque era tremendamente fiel, sencillo, franco y fácil de tratar”, destacó.

Muñoz concluyó su relato contando cómo Galeano rechazaba siquiera pedir presupuestos a imprentas que no pertenecieran al nieto de un viejo amigo, cómo se la pasaba contando chistes, cómo se movía por Montevideo entre viejas costumbres pero sin auto propio, y cómo una antigua combinación de hechizos lo ayudaba cuando recurría a la narración oral, que le daba una potencia muy especial, lo cual es estrictamente cierto.
También es cierto, y esto es opinable y, desde ya, no ha sido dicho por Muñoz, que aquella aptitud para la narración oral no aparecía demasiado en su obra. Para ser claros: Galeano no escribía de fútbol como Fontanarrosa ni como Osvaldo Soriano, no escribía de Latinoamérica como Juan Rulfo ni como Carlos Fuentes y no hablaba del mestizaje con la magia, la autenticidad y el vuelo poético de Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez y José María Arguedas.

Tampoco de sus creaciones, habitualmente habitadas por lo que Eco ha llamado el “síndrome del complot”, uno puede inferir que se tomara la escritura como ese oficio sagrado al que rendía pleitesía Juan Carlos Onetti antes que a cualquier chabacanería política.
Por ello, no resulta arduo entender que, lejos de los razonamientos estructurados que en sus ensayos han mostrado autores tan masivos como Octavio Paz o Mario Vargas Llosa, Galeano partiera en sus libros de nobles causas para bastardearlas a través de falacias en las que pueden convivir una versión parcial y demagógica de la historia latinoamericana con proclamas políticas y filosóficas que lo mismo pueden sonar progresistas que reaccionarias, pues ni el más apasionado de sus defensores podrá decir que su caso fue el de un hombre que ayudó a pensar más y mejor a la izquierda. Por el contrario, considero que Eduardo Galeano se dedicó a dar una visión complaciente de sí misma a una izquierda perezosa que, gracias a aquellos ensayos de fast food filosófico, fue más ideológica que política y abrazó religiosamente valores absolutos. Irónicamente, terminó, de ese modo, siendo posmoderna, al subirse al tren de una corrección política que, en aras de desacreditar todo aquello que provenga de “la derecha”, es capaz de fustigar con la misma dureza a Jaime Duran Barba que a Juan Bautista Alberdi, a Alvaro Vargas Llosa que a Manuel Mujica Lainez y a Ariel Sharon que a Adolf Hitler.

Por ello, también, las palabras de Galeano no vibraron nunca con el intimismo y la musicalidad que marcaron la poesía de Juan Gelman, y por ello no puede llamar la atención que haya escrito que Hugo Chávez era “un dictador rarísimo que ganó 12 elecciones” y que, cuanto más atacado era, más confirmaba que estaba “haciendo cosas buenas por Venezuela”, dos afirmaciones que revelan una extraña ignorancia en asuntos republicanos para alguien que ha crecido en un país de fuerte tradición laicista, democrática e igualitaria y que, por lo tanto, conoce perfectamente la diferencia que existe entre la legitimidad de origen y la de ejercicio.

El lector podrá, naturalmente, desconfiar de mi opinión, ya que ha sido escrita en un “gran medio”. Un medio que, por lo tanto, es “sospechoso”. Pues, como enseña este apologista del universo aborigen, los grandes medios “a veces dicen la verdad, pero en general se equivocan, porque tienen una visión del mundo dictada por los que mandan. Y los que mandan mandan ver el mundo al revés”.
Este chantaje intelectual que, mediante un entretenido efectismo, Galeano nos propuso durante toda su carrera, equivaldría a decir que basta con no creer en la honestidad de sus palabras porque han sido pronunciadas por un eminente integrante del patriciado uruguayo. Pero nadie discriminaría a Galeano porque tuviera hondas raíces que se remontan al primer presidente oriental o porque su verdadero nombre fuera Eduardo Germán María Hughes Galeano Roosen Muñoz, ¿verdad?

El compatriota de Juan Zorrilla de San Martín, Felisberto Hernández, Julio Herrera y Reissig, Mario Levrero, José Enrique Rodó y Juan Carlos Onetti, que fue calificado por la ministra Teresa Parodi como “un espejo en el que nos vamos a seguir mirando” y como un conductor del pensamiento latinoamericano, “como Néstor y Cristina”, dejó en claro su posición sectaria y engañosa del mundo, como pocas veces, en 2008, cuando publicó un artículo titulado “Ojalá”, que se puede leer en el periódico oficialista Página/12.
Allí, no sólo le recordó al recién electo presidente Obama que no le convenía olvidar el hecho de que la Casa Blanca fue construida por esclavos negros, y tampoco le alcanzó con afirmar que el Partido Demócrata y el Partido Republicano “son dos nombres de un mismo partido”, como si fueran lo mismo Obama que Nixon, Reagan que Clinton, Lincoln que Kennedy y Roosevelt que George W. Bush, sino que además gestó uno de los párrafos menos coherentes y articulados que un intelectual puede concebir: “¿Obama aceptará que el racismo sea normal cuando se ejerce contra los países que su país invade? ¿No es racismo contar uno por uno los muertos invasores en Irak y olímpicamente ignorar los muchísimos muertos en la población invadida? ¿No es racista este mundo donde hay ciudadanos de primera, segunda y tercera categoría, y muertos de primera, segunda y tercera?”.

Este conformismo de una buena masa de la crítica especializada que, por simpatías personales o políticas, por una visión miope de la literatura o por una postura pusilánime frente a su público prefiere el elogio o el silencio complaciente ante la constatación de la realidad es, de todos modos, más un signo de los tiempos que de la decadencia de Occidente.
Después de todo, puede que Galeano no sea exactamente aquel señor que la ministra de Educación y Cultura, la doctora uruguaya María Julia Muñoz, leyó, según declaró a diario PERFIL, siendo muy joven, cuando quedó fuertemente impresionada por el modo radicalmente distinto en que Las venas abiertas de América Latina narraba “las vicisitudes, dificultades y expoliaciones del continente”.

Pero en una cosa tiene razón Muñoz, y es en que Galeano perdurará, al menos en el Uruguay, por mucho, mucho tiempo. Y no porque, como expresó el poeta Hugo Achugar, fuera “un referente ético incuestionable” y “un ser fuera de serie” no apto para los “mediocres” que “no entendieron nunca su excelencia”, sino porque alcanzó un objetivo con el que cualquier escritor se daría por satisfecho de aquí a la eternidad: el haber podido sentir, según él mismo confesó en una notable entrevista del periodista Daniel Viglione en la revista Ñ, que “las palabras pueden tener dedos, es decir, que tocan a quien las lee y que esa relación casi física de la palabra con el lector vibra con mucha intensidad”.
Entre aquella impostura antiestética y esta llama sensual, Galeano pasó días que no resultarán insignificantes.

*Desde Uruguay.




Pablo Cohen