CULTURA HISTORIAS LITERARIAS XXVIII

Exiliados en un paraíso

La historia de los alemanes exiliados en California durante la Segunda Guerra Mundial es una de las más jugosas y menos contadas del siglo pasado. Con nombres como Mann, Brecht, Adorno y Marcuse, uno puede darse una idea del instante de esplendor que floreció fuera de casa con lo mejor de una nación derruida.

Expatriados. Mann y la entrada de su casa
Expatriados. Mann y la entrada de su casa Foto:Cedoc Perfil
En los anuncios de una agencia inmobiliaria de California, una propiedad particularmente apreciada es la del número 1550, San Remo Drive, Pacific Palisades.
Corresponde a la mansión, rodeada de opulentos jardines, donde vivieron Thomas Mann y su familia durante los años de exilio norteamericano. En 2014 el alquiler mensual era de 15.500 dólares. No es la única residencia de California, silenciosos pero elocuentes testigos de un momento histórico, en haber sobrevivido.
“Donde estoy yo está Alemania”. Las famosas palabras que Mann pronunció en 1938 no sólo reflejan una encendida autoestima. Fueron sin duda escuchadas por el presidente Roosevelt, que lo invitó a conversar sobre el futuro de Alemania después de la eventual derrota del nazismo, diálogos sin huella en el escenario político de la posguerra. Envidiado, acosado por exiliados alemanes menos ricos y famosos, Mann representaba satisfecho una idea de la cultura alemana. Sólo sufría la presencia en California de su hermano Heinrich, comunista, a quien la fortuna no le había sonreído. Katja, la esposa de Thomas, conservadora como él, observante de una estricta noción de decoro, tampoco podía soportar a Nelly, la mujer de Heinrich: origen humilde, humor plebeyo, adicta al alcohol. Nelly terminó suicidándose.

En 1995 el gobierno de una Alemania reunificada adquirió otra mansión de Pacific Palisades para convertirla en un centro cultural y residencia de artistas y escritores: la Villa Aurora, donde habían vivido Leon Feuchtwanger y su esposa Martha. Entre los numerosos artistas e intelectuales alemanes, antifascistas o simplemente judíos, que hallaron refugio en California en tiempos del nazismo, uno de los casos más curiosos fue el del novelista, dramaturgo y autor de biografías de éxito Feuchtwanger. En 1937 se había entrevistado con Stalin y en pleno auge de los procesos de Moscú entonó loas al “padrecito de los pueblos” ante las cámaras de noticieros soviéticos for export. En tiempos del senador McCarthy y de “caza de brujas”, fue debidamente inquietado, pero aquel antecedente no le hizo correr peligro de deportación. Prefirió no volver a Alemania, a pesar de que sus simpatías comunistas le ganaron el premio cultural más importante de la llamada “república democrática” del Este. Murió en California en 1958 y su viuda Martha permaneció sus treinta años restantes de vida en la Villa Aurora.

Mucho más humilde, la casa donde Brecht vivió en Santa Mónica aún existe, luminosa y florida. Aunque un ventanal posterior se abre a un balcón con vista al Pacífico, Brecht, indiferente a la naturaleza, nunca se sintió a gusto en California, “tan lejos de la civilización”. Compuso los poemas amargos de Hollywood Elegies. Renegó de los cambios que Fritz Lang introdujo a su guión de Los verdugos también mueren. Y sin embargo fue durante esos años de paz y comodidad que escribió o revisó, entre otras obras, El círculo de tiza caucasiano  y Schweik en la Segunda Guerra Mundial. Sólo pareció gozar trabajando con Charles Laughton y Joseph Losey en una nueva versión de su Galileo para el estreno en Los Angeles en 1947 (la primera se había estrenado en Zurich en 1943). Citado ese mismo año por la comisión de actividades antiamericanas, sus respuestas irónicas se hicieron legendarias. Pocos días después del interrogatorio tomó un avión hacia Suiza y decidió instalarse en Berlín Este, donde logró formar la compañía que puso en práctica su concepción del teatro: el Berliner Ensemble.

Mann iba a vivir sus últimos años en un suburbio distinguido de Zurich. Al volver a Europa después de la guerra, no quiso elegir entre las dos Alemanias en que los vencedores habían dividido su país. En 1955, poco antes de morir, visitó Lübeck, su ciudad natal, y permaneció un largo momento en silencio ante las ruinas de la casa familiar, la que sirvió de modelo a Los Buddenbrook, su primera novela, escrita a los veinticinco años de edad. Durante la “caza de brujas” Thomas Mann había tenido el coraje de hablar en público en Washington: “Como ciudadano de los Estados Unidos, alemán de origen, me declaro dolorosamente familiarizado con ciertas tendencias. Intolerancia espiritual, inquisición política, supresión de la seguridad legal, todo esto en nombre de un supuesto ‘estado de urgencia’… Así empezó en Alemania.”

T. A. Adorno, Otto Klemperer, Ludwig Marcuse, Franz Werfel, Bruno Walter… La lista de nombres de la cultura alemana exiliados en California podría prolongarse indefinidamente, con distintos niveles de fama, con matices de antifascismo no necesariamente de izquierda. Hubo lugar para solidaridad y rivalidades; también para algún paso de comedia. La insufrible Alma (Mahler, Gropius, Werfel) se abalanzó para saludar a Stravinsky, buscando impresionarlo al presentarse con el apellido Mahler y no el de Werfel, su marido del momento…
En Brentwood ha sobrevivido la casa donde Arnold Schönberg vivió sin gran notoriedad entre 1935 y 1950, el año de su muerte. Dedicado a la enseñanza, tuvo entre sus admiradores al ya consagrado George Gershwin. Irritado porque Thomas Mann proponía un personaje de ficción como creador del sistema dodecafónico en su novela Doktor Faustus, le  tocó a Adorno, asesor musical del novelista, apaciguar los ánimos de lo que amenazaba liquidar una amistad. El evangelio dodecafónico no era apreciado en el país de asilo,  más sensible al eclecticismo musical y al brillo mundano de Stravinsky. A la vida social, Schönberg prefería su familia y el tenis. Jugaba a menudo con el director del club local: Harpo Marx.

Edgardo Cozarinsky