CULTURA CRITICAS CRUZADAS

Exploración de la materia específica

Semanas atrás se publicó en estas páginas una crítica sobre la última novela de Ricardo Romero donde la reseñista –según el autor de esta nota– pasaba por alto más de cien páginas. El lugar de la crítica y la preeminencia de la novela.

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Foto:Cedoc Perfil

Historia de Roque Rey, de Ricardo Romero, fue reseñada en este suplemento el 13 de julio pasado por Betina González. El 30 de julio, Damián Tabarovsky (sin haber leído la novela) subrayó en su columna de contratapa cierta falencia crítica en la reseña: “¿Cómo puede pensarse aún que son los “conflictos” los que hacen avanzar una trama?”. Ante los dos textos, la suma teológica y la observación atinada, decidí explorar la novela en sí. Postulo que explorar es una forma de leer sin ataduras, en plena consideración de cómo la escritura pone en escena su propio fundamento, la fractura temporal. En tal abismo, o incógnita, es donde Romero arroja el ancla para deshacerse del “frase por frase” y transformar la lectura en un continuo donde el goce, término demasiado manoseado, pasa a formar un sistema de gravedad de 508 páginas (no en “más de 400” como señalara González, a quien la diferencia de 108 le parece un exceso hasta ignorarlo). Tal efecto es intencional y resume el planteo teórico respecto de la materia específica o, mejor, la puesta en acto del caudal lingüístico, que es el estilo. Historia de Roque Rey no es una novela de iniciación, sino la sexta de Romero que, desde 2003, ha publicado más de 2 mil páginas en el formato. Y para cerrar el tema contable, resulta llamativo el reproche por el número, ¿a qué fórmula del éxito corresponde la brevedad? ¿A la publicidad, el texto web o a la mera ignorancia del destinatario-consumidor? No voy a extenderme sobre el ágrafo como especie escandalizada.

Buena parte de la vida intelectual pasa por saber subrayar. Por tanto, glosar todas las citas notables de Roque Rey es un desafío a la teoría: “Antes de leer hay que saber no leer…”, escribe en un principio. ¿Cómo se forma un lector? ¿Y un narrador (tanto oral como textual)? ¿Y si el personaje literario fuera el paradigma entre la lectura y la escritura? Y vuelvo: ¿escribe Romero o escribe Roque? ¿Quién escribe a quién? He ahí la estructura de la trama, en esos cuestionamientos que provienen de los pasos (o saltos de las palabras en danza), que definen al personaje de ficción hacia el final: “Aspiraba, secretamente, a encubrir la realidad”. ¿Pero cómo? ¿Con páginas y páginas de placebo para intercalar una frase importante? En absoluto, el valor de una oración se enmarca, con su belleza y efecto, en el ritmo del rito de otro tipo de baile, por encima de las páginas, en la experiencia misma del lector.

Roque baila, camina, decae hasta perderse. Una experiencia sensual, íntima, como la muerte. De ahí su contacto con los muertos de la morgue, como constatación de lo irreversible que es lo leído, cuerpos sin significado hasta enfrentar la vitalidad al leer: “Un desconocido que de pronto se transformaba en conocido”. Esta formación sedimentaria inserta en el texto la savia deslizándose hacia la raíz, cuestiona: “¿Acaso no podían volverse propios los relatos ajenos cuando ya en la memoria adquirían la misma sustancia trémula de los recuerdos?” Se lee la memoria de Roque, lo escrito por un asesino impostor de la fe, la experiencia fonética, musical, como también la oralidad de contar como propio lo ajeno deformándolo para otro lector, que está en agonía y quiere obviar el pozo del dolor.

Las transiciones que aplica Romero para que Roque migre de un estado de crecimiento (¿o del alma?) a otro, van de lo mágico a la pérdida del sentido, reverberación de una imagen borrosa superpuesta a la noción de certeza que todo final clausura. Cierto naturalismo autosuficiente se construye allí, al punto que si un animal hablara (como en Mason & Dixon de Pynchon, en Carroll, o en las remotas fábulas de Esopo) no habría sorpresa, sino la plácida confirmación de que la imaginación resulta imprescindible en la literatura. Esto tampoco remite a lo fantástico como recurso simple para catalizar el progreso de la ficción, si Roque “aprendería que un cuarto de hotel  es la versión geográfica de las siestas”, existe un punto de intersección entre el sueño y lo leído como malversación de su recuerdo, entre la pérdida del dormir y el insomnio de la lectura, formas de un tránsito que “los muertos lo aceleran, lo vuelven resbaloso, como si el tiempo adquiriera una densidad más lábil que la sangre”. A manera de carnada para El rodaballo de Grass, tan locuaz en la deriva de la historia, la revelación de Roque resulta la de ser escrito viéndose a sí mismo como personaje “de espaldas al caminar”, del lado indefenso, por donde atacan los cruzados de un redundante como innecesario realismo. A esto, Romero, Coelho, Vitagliano, Ronsino, Consiglio, Levin, Farrés, contestan escribiendo, prolíficos.

Por último, invito al lector a que disfrute de la búsqueda del siguiente párrafo en Historia de Roque Rey: “Hay dos caballos pastando en la llanura. Hay una luz de tormenta en el cielo, aunque la tormenta no se ve.

”Hacía años que no miraba este cuadro y ahora lo he sacado y lo he puesto debajo de mi colchón. No tengo idea de por qué he hecho esto.” Pero sí hay ideas, alcanza con buscar atentamente.



Omar Genovese