CULTURA

‘Ferdydurke’ en Buenos Aires

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Como tantos otros forajidos, yo también vine escapando a la Argentina. Empero, antes de abandonar mi patria, tuve el recaudo de tomar algunas señas generales, por lo que me agencié el Diario argentino del polaco (traducido por Sergio Pitol) y supuse cándidamente que en las librerías de Buenos Aires encontraría Ferdydurke: craso error. Porque como una última jugarreta de la sociedad que lo ignoró por años, los libros de Gombrowicz –salvo el editado por Adriana Hidalgo y acaso las Cartas a un amigo argentino– no se encuentran en ningún lado. Por ello es motivo de fiesta que circule una edición local de la novela, que desde la edición preparada por Argos  y traducida bajo la capitanía del genial Virgilio Piñera, era prácticamente inconseguible (a excepción de la versión de Seix Barral, carísima y con un odioso prólogo de Sabato).

Ocioso sería calibrar la vigencia de Ferdydurke: acorde con el país que la contuvo –y cuya traducción fue la primera y probablemente la más original–, su búsqueda sigue vigente. Como la Argentina, Ferdydurke es un lugar que no acaba de cuajar nunca; se trata de un presente eterno y adolescente tironeando por un entorno que obliga al protagonista a enfrentarse con la madurez, representada por el profesor, pero que nosotros podemos leer en el Estado, la academia o el matrimonio.

Y es que en la novela se encuentran las claves de todo un proyecto literario: lo grotesco y el absurdo como mecanismos formales, el tic llevado hasta el paroxismo y el gesto como argumento filosófico: caricatura caníbal que carcome lo que ilustra.

Al amparo del Café Rex, un grupo de vagos talentosos emprendió hace casi setenta años la odisea de traducir de una lengua extraña a otra mestiza un libro perturbador; y consiguieron, con la necesaria dosis de descuido, de pasión y de ignorancia, colocar la piedra fundacional de una vasta catedral de la risa, que ahora oficia desde los salones de la Biblioteca Nacional.

Es muy temprano aún para saber si este siglo será gombrowicziano; pero lo que no puede dudarse, bajo ninguna circunstancia, es que Ferdydurke guarda un alimento prodigioso y elemental para todo espíritu extranjero.



Rafael Toriz