CULTURA MOJADIDI

Florecer desde la guerra

Aman Mojadidi, el artista que ha cimbrado los principales escenarios por poner en disputa ideas en las que se les da voz a los nómades contemporáneos: los desterrados de sí mismos.

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Foto:Lorenzo Tugnoli

Vote por mí! ¡Yo hice la Yihad y soy rico!”. Esto se leía en los afiches de propaganda que, clandestinamente empapelaron las calles de la ciudad de Kabul durante la campaña de elecciones parlamentarias de Afganistán de septiembre de 2010. El candidato, con una cadena gruesa de oro y un arma falsa colgando del cuello, no tenía nombre ni rostro. En su lugar, un hueco y la línea de un texto que invitaba: “Ponga su cara yihadista favorita aquí”. Los afiches irrumpieron la escena política y el escándalo comunicacional llamó la atención sobre la corrupción y al abuso de poder durante el proceso electoral. La falsa candidatura fue recibida como una burla y el Ministerio de Información y Cultura afgano abrió una investigación para encarcelar o matar al responsable. Los pósters eran la obra de Aman Mojadidi, no un candidato político sino un artista conceptual, mitad norteamericano, mitad afgano que pertenece a medias a estos lugares y a ninguno de ellos al mismo tiempo. Su trabajo se convirtió en una videoinstalación que fue exhibida en el mundo entero aunque la prohibieron en Kabul y Aman tuvo que salir del país por un tiempo.  
Amanullah Mojadidi nació en Jacksonville, Florida, en pleno territorio de la Confederación del Sur de los Estados Unidos, emblema norteamericano de la segregación. Fue criado como un estricto musulmán dentro de una familia religiosa de clase media-alta de inmigrantes afganos y creció en medio de enormes dicotomías culturales: los juegos de béisbol en la escuela, el pollo frito de las cadenas de comida rápida, la lectura del Corán y el arroz basmati con comino. “Tuve una infancia materialmente confortable aunque crecer en la Confederación del Sur fue culturalmente incómodo. Había peleas con chicos racistas y tuve muchos problemas en la escuela”, recuerda Mojadidi. Su padre, un cirujano, viajaba a Pakistán cada verano para trabajar como médico de campaña con los muyahidines (facciones político-militares) en apoyo a la lucha por la liberación de Afganistán durante la ocupación soviética. Las bombas y batallas de una guerra que estallaba a miles de kilómetros de distancia eran el telón de fondo de su vida. Tan relevante que, antes de haber formado una opinión política propia, marchaba frente a la embajada rusa en Washington entonando canciones de protesta: “No a Brezhnev, Viva el islam, no al comunismo, Viva Afganistán”. Tenía 8 años. No entendía pero cantaba.

En 2001, tras la invasión norteamericana, viajó a Afganistán con su papá y su tío, Sibghatullah Mojaddedi, un prestigioso líder muyahidín y actual político de ese país. Se montaron en una caravana triunfante de soldados del Frente de la Liberación Nacional Afgano, desde Pakistán hasta Kabul festejando la caída del régimen Talibán. Cuando dos años después Aman se mudó a Kabul, tenía 31 años, una maestría en Antropología Cultural con un enfoque en Conflicto y políticas culturales, era agnóstico, pacifista, vegetariano y surfista. Sufrió y resistió el impacto inicial: los adolescentes cargaban Kalashnikov 47, no conocían las zapatillas y comían con la mano. El calor era brutal, ondas de aire flotando sobre las calles tumbadas de polvo. El mundo afgano estaba dividido en etnias y determinado por el islam, era opresivo y carente. Aman se quedó. Quería trabajar en una ONG, ayudar a transformar su país y encontrar sus raíces, sin saber todavía cuán propias o ajenas podrían ser.

Es de noche, llueve y se cortó la luz. Aman Mojadidi está sentado, la cara apenas iluminada, los brazos tatuados, la cabeza afeitada, la barba larguísima. Dice que era negra y que diez años en Afganistán la dejaron gris. Dice que está cansado, que ya no sabe por qué vive en Kabul; quizás se haya convertido en un paraíso de inspiración o ya no sepa adónde ir. En Estados Unidos es el “otro” innombrable, el terrorista o el soldado de la causa. En Afganistán, el extranjero colonialista, un nativo refugiado. Tal vez esta identidad disuelta y este punto de intersección entre culturas sea la clave para que Aman Mojadidi sea actualmente una de las referencias más cautivantes de la escena artística contemporánea.

—¿Cómo te convertiste en un artista visual?
—En algún punto de mi vida empecé a pensar en cómo utilizar materiales y objetos para crear ideas. Me interesa mezclar lo documental y lo imaginario, borronear las líneas entre ellos, crear confusión, forzar a las personas a mirarse a sí mismas y al mundo que entienden como tal y reconsiderarlo.  

En 2009, inspirado por las historias que contaban que la gente tenía que pagar coimas a la policía sólo por conducir en Kabul, Mojadidi armó un falso puesto de control policial para montar una obra de arte performática. Compró un uniforme de la Policía Nacional afgana en un mercado, prendió un micrófono en la solapa, instaló cámaras ocultas en la intersección de dos calles y, disfrazado, empezó a parar a los autos que pasaban.

En una hora detuvo cincuenta autos y ofreció cien afganis (equivalente a US$ 2) a veinte de ellos junto con una disculpa en nombre del departamento policial por las coimas que los conductores hubieran pagado en el pasado. La pieza final fue Payback, una videoinstalación sobre el abuso de poder y la corrupción en Afganistán que fue exhibida en galerías de París, Nueva York, El Cairo, Mumbai y en la misma Kabul.  
Un año después llegó Jihadi Gangster, una serie de fotografías que exploraban la intersección entre la yihad musulmana y la figura de los mafiosos occidentales por las cuales recibió la mayor atención mediática desde entonces hasta hoy. Jihadi gangster teatralizaba un día en la vida de un personaje corrupto interpretado por el mismo, usaba el estereotipo de un gángster y hacia obvias referencias al establishment político afgano. Las fotos resultaron escandalosas para el régimen y una ofensa para muchos musulmanes del mundo entero.

Al contrario, el mundo occidental recibió su obra como un triunfo: Mojadidi expuso su trabajo en galerías y centros culturales de Nueva York, Los Angeles, París, Berlín, Singapur, Hong Kong, Cairo, Beirut, Bosnia-Herzegovina y Dubai. Además de un trabajo reciente de curaduría en colaboración con Imago Mundi (ver recuadro), participa actualmente en una residencia de artistas en París y prepara exhibiciones y workshops que lo tendrán, hasta marzo de 2016, entre Nueva York, Amsterdam, Manchester y Estonia en museos, universidades y galerías privadas.

—¿Todo tu trabajo es político?
—Todo.  

—Y también provocador.
—Sí.

—¿Y cómo se define?
—No quiero definirlo como el trabajo de un artista afgano. Ser un artista ‘afgano’ se convierte en una restricción injusta y estereotipada que aplica a los artistas de Oriente pero no a los de Occidente. Se espera que los artistas de Afganistán, India o Pakistán tengan una cierta voz, que produzcan una cierta obra de arte mientras que nadie espera que un artista francés haga arte sobre Francia.      

—Pero estás contando una historia sobre tu país.
—Jamás intentaría engañar a nadie y hacerle creer que hablo en nombre del pueblo afgano. Mi identidad es muy complicada, no me siento americano y tampoco afgano, soy  un nómade sin raíces. Es siempre complicada la forma en la que interpretan mi obra. Los musulmanes creen que estoy insultando el concepto de la Yihad y al islam. La elite política, los yihadistas y los religiosos reaccionan muy mal. Los occidentales tienden a comprender mejor los conceptos aunque ponen demasiado énfasis en el humor y a veces me parece que parte del mensaje se pierde. Si bien tengo una clara intención de satirizar algunos temas mi obra no es una pieza de humor.

—Eso mismo que provoca una censura en Oriente te coloca en la vitrina de Occidente bajo cierto “efecto de museo”. ¿Cómo te hace sentir esta legitimación?   
—¡No sé! (Se ríe). Es muy importante para mí poder explorar hacia dónde podría ir mi práctica artística sin estar bajo esta vitrina de museo de Occidente que es pesada de sobrellevar. No quiero tener que crear siempre la obra que Occidente quiere y espera de mí. Claro que si yo estuviera pintando un arco iris a nadie le importaría una mierda mi trabajo.

—Se percibe un interés muy fuerte por los estereotipos a lo largo de toda tu obra.  
—Sí, desde hace algunos años me obsesionan. Creo que actualmente hay una crisis global de la identidad. Hay tantas personas que se globalizan y fragmentan al mismo tiempo que se vuelve muy difícil para todos entender quiénes son. Las personas tratan de echar raíces en algo y se radicalizan en este vínculo que intentan sellar, ya sea: la religión, la etnia, la tribu, el género sexual, la nación o cualquier otra cosa. Siento que están casi desesperadas por encontrar bases reconocibles de las que agarrarse. Como consecuencia, aparece el racismo. Estoy explorando esta contradicción porque me gustaría lograr una experiencia post identitaria. Me gustaría que pudiéramos encontrar nuestras identidades más allá de los elementos tribales a los que tanto nos aferramos. Estoy contemplando un trabajo sobre este tema que es volver a Florida y legalizar un cambio de nombre. Si sólo revierto el orden de las letras: de ‘Amanullah Mojadidi’ a ‘Hallunama Ididajom’, destruyo su significado musulmán, le quito ese peso. Casi podría destruirme a mí mismo y crear una nueva persona.

—¿Algo cambió en Medio Oriente tras la Primavera Arabe?
—Muchas cosas se destaparon aunque yo no las veo como revoluciones espontáneas. Hubo períodos muy largos en los que países como Estados Unidos apoyaron a estos grupos democráticos de jóvenes y los alentaron para que comenzaran a cuestionar los sistemas dictatoriales de los que eran parte. Una vez que se encendió la llama, toda la frustración y el deseo de cambiar un sistema injusto explotó. En cuanto al arte, creo que definitivamente hubo un cambio interesante porque antes de este estallido la mayor parte de la obra que se veía en Oriente Medio era muy linda, prolija, limpia. Todo refería a la caligrafía, a la tradición y a este tipo de cosas. La Primavera Arabe trajo conflictividad y me parece que éste es un acercamiento mucho más apasionado al arte.   

—Surgió un intercambio de significados distinto.
—Se pusieron en debate algunas cuestiones que ya estaban allí presentes y a otras nuevas se les dio una plataforma para existir.

—¿Sos musulmán?  
—Soy ateo pero fui educado como musulmán de una forma muy estricta. Esto es un problema en Afganistán porque también soy un ciudadano afgano y la libertad religiosa está prohibida. Tengo que ser muy cuidadoso cuando digo esto… Y sin embargo lo dije en un Ted Talk. Espero que no lo escuche la persona equivocada.        

—¿Vas a volver a Kabul?
—No quiero vivir en Kabul pero tampoco en Estados Unidos. Creo que esta permanente búsqueda de una “base” es parte de la condición posmoderna: somos neo-nómades sin particulares ataduras a un espacio, siempre estamos rehaciendo nuestras historias y reconstruyéndonos a nosotros mismos. A veces pienso en esa canción de Tom Waits en la que dice: “But anywhere, I’m gonna lay my head, boys, I will call my home”.

 

Proyecto Imago Mundi

Cuando Imago Mundi, el proyecto de coleccionismo global creado por Luciano Benetton, contactó a Aman Mojadidi para ser el curador de una muestra sobre arte contemporáneo en Afganistán, cortó el teléfono y siguió trabajando. Sintió escepticismo. De repente, la vida cultural afgana aparecía como un escenario interesante y Mojadidi no dejaba de preguntarse ¿por qué? En parte, porque los países que intervinieron militar y económicamente Afganistán por más de una década quieren mostrar que dejaron un terreno fértil para la creación de una cultura nueva. Porque la creación de este escenario cultural valida su intervención y su retirada del país. Según Mojadidi, en Afganistán se creó lo que él llama “Conflicto chic”: una visión romántica, y exageradamente glamorosa de la cultura contemporánea y del “otro” exótico que distorsiona la realidad. Una visión comercial del arte afgano que, según el artista, apoya lo que a los americanos y a los europeos les gustaría decir sobre el país: “Sólo después de investigar sobre el proyecto empecé a ver el potencial de esto como una oportunidad de intercambio para los artistas. El proyecto no parecía tener los preconceptos y las expectativas comunes sobre lo que un artista afgano debía producir”. Y a pesar del interesante punto de partida conceptual, implementar semejante proyecto en Afganistán parecía difícil, lleno de sorpresas, obstáculos e incertidumbres: “Por esto decidí el nombre de la colección: Sin título: Arte Contemporáneo de Afganistán. Y si bien se encuentran ciertos símbolos estandarizados sobre Afganistán, en esta colección emergen nuevos símbolos que me parecen únicos y relevantes a nivel global”. Un intento por ofrecer un panorama de la naciente producción contemporánea. Una colección de 140 trabajos que no son “lo mejor” ni un “quien es quien” de artistas del país, sino una red que captura la producción artística de un movimiento nuevo. (Untitled: Contemporary Art from Afghanistan puede verse en: www.imagomundiart.com)



Lucía Monti