CULTURA APUNTES EN VIAJE

Flores en la tumba

Ese día no tenían ganas de trabajar. Habían quemado a una compañera. Un guardia le había prendido fuego al colchón y la dejó encerrada. Estaba delicada, en el hospital

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. Foto:Marta Toledo
Hace unos años coordinamos con Santiago Loza un taller de escritura en la cárcel de Ezeiza, en la de varones y, concretamente, en el pabellón de homosexuales. Aunque estaba dirigido a toda la comunidad de ese pabellón, solamente se anotaron chicas trans y un solo chico que en el devenir del curso fue transformándose en Fernanda, una uruguaya alta y elegantísima, de una belleza discreta, melancólica.

Viajábamos a Ezeiza desde Capital dos martes al mes. Salíamos a la mañana muy temprano, en una trafic de la Procuración Penitenciaria de la Nación, junto a abogados, psicólogos y asistentes sociales.

Soy muy mala para socializar a esas horas de la mañana, y los lugares chicos con mucha gente me ponen nerviosa, así que para atajar el mareo y la náusea me concentraba mirando por la ventanilla. La autopista cargada a esa hora para el lado contrario al que íbamos nosotros, la ciudad que empieza a desintegrarse en edificios cada vez más raleados, en descampados y casas bajas. En el otoño el pasto brillante de rocío, y entrado el invierno con las puntas blancas por la helada. La ventanilla se empañaba con el calor de los cuerpos y tenía que pasarle la mano o la manga del pulóver, abrir un hueco entre el vapor, el vidrio helado al tacto y la vera de la autopista.

Cuando íbamos llegando a los campos de la penitenciaría, las torres de vigilancia se recortaban contra el cielo que empezaba a clarear. Los días nublados o de lluvia eran una imagen aterradora.

Una vez que nos acreditábamos para el ingreso, había que subir nuevamente a la combi para seguir un trecho más hasta la cárcel. A los costados del camino, posadas sobre el pasto siempre bien corto, una centena de lechuzas nos seguía con el ojo atento. Un día pregunté por qué había tantas y me dijeron que porque había muchas ratas.

Cuando entrábamos al edificio nos recibía siempre el mismo olor. Un olor que yo no supe describir hasta mucho después. Un amigo que también había trabajado en la cárcel, pero en la de Olmos, me habló un día de ese olor. ¿Qué era, cómo contárselo a quien nunca haya estado allí? No podemos saber el origen, pero sí pudimos encontrarle una definición: olor a hueso hervido.

Pasábamos dos o tres horas con las chicas en el gimnasio del pabellón. Un tinglado de techos que se llovían, con un inodoro de acero inoxidable, la mesa de fórmica descascarada, las sillas rengas. Ellas escribían sobre su infancia, todas eran extranjeras: venezolanas, dominicanas y una jamaiquina. Al final del taller publicaron un libro con esos relatos. Le pusieron: Soy mi nombre.

Un martes llegamos y las encontramos a todas en ropa de entrecasa limpiando el gimnasio. Pensamos que estaban castigadas, pero no: dos se casaban y estaban adecentando el lugar para las bodas de salón compartido.

Otro martes Santiago estaba de viaje así que fui sólo con Natalia, de la Procuración. Ese día no tenían ganas de trabajar. Habían quemado a una compañera. Un guardia le había prendido fuego al colchón y la dejó encerrada. Estaba delicada, en el hospital. Entonces Johana, que era estilista y maquilladora, nos miró a Natalia y a mí, las dos a cara lavada, se rió y se paró de un salto. Se le había ocurrido una idea genial: maquillarnos. Enseguida todas se animaron. Johana fue a su celda y volvió con la valijita de maquillaje y la planchita. Nos alisó el pelo y nos maquilló.

Justo ese día la camioneta debía quedarse en Ezeiza hasta la tarde y debíamos volver por nuestra cuenta. Nos tomamos el 86 y viajamos en la atmósfera gris del bondi, radiantes, pintadas como puertas.