CULTURA MUESTRA


Formas de construcción óptica

Bajo el significativo nombre de “El primer día” –y con curaduría de Adriana Lauría–, Augusto Zanela expone, en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, un par de piezas singulares que exigen la participación activa del espectador.

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Foto:Centro Cultural Recoleta
La sala está vacía. En el sentido más literal posible: el espacio principal del Centro Cultural Recoleta, Cronopios, así llamado, lastima los ojos de los visitantes con un ramillete de tubos fluorescentes, aparentemente mal colgados, a punto de caerse; casi una broma de mal gusto. Es el momento de decepción. Ese que Augusto Zanela, el autor de esta instalación, planificó con la milimétrica obsesión que rige su arte desde hace mucho tiempo. La mirada busca qué ver en ese desorden en el que ha dejado el cielorraso. Unos pasos más y como quien busca la puerta de salida, el escape de esa nada misma que parece ser a la que se ha entrado, en un espejo grande como toda la pared posterior se produce el milagro. El caos se organiza de tal modo que, al girar y enfrentar la zona espejada, la frase “Fiat lux”se construye con esos mismos artefactos enmarañados. Del desorden y del caos al orden y la estructura. En el punto de vista de ventaja, ese lugar privilegiado para que las letras que componen las palabras se unan, reconocemos varias cosas. La perfección de la colgada, –nuestra tontería frente a esa supuesta desorganización–, y la puesta en abismo que la sentencia conlleva. Escribir con luz nada menos que “hágase la luz”.
Si bien el título de la instalación que Augusto Zanela pensó para la sala Cronopios tiene el pregnante nombre de El primer día, me interesa desviarme un poco de ese sentido “como lectura contemporánea del Génesis” que Adriana Lauría, la curadora, menciona en el texto. Por supuesto que es tentadora esta línea, la obra mencionada, una de las tres que la integra también refuerza este título: S/T (“El primer día”). Además, “Fiat lux”, la frase latina, está en el primer libro del Pentateuco, en ese momento en el que Dios crea la luz y la separa de las tinieblas. Sin embargo, esa pieza permite analizarla como un cerebro gigante, suspendido en el techo de la sala, que muestra cómo funciona al componer las imágenes. Esos tubos desgreñados y deformes se traducen en una visión nítida y perfecta, cuando chocan con esa superficie refractaria. Se hace la luz y la letra. Porque, inclusive, Zanela experimenta con el lenguaje, con su formación cognitiva y hasta es una suerte de tipógrafo contemporáneo. “Fiat lux” es un monstruo de sentidos. Son muchos los que muestra; cuando aparece ante nuestros ojos y cuando se deforma hasta la incoherencia al desplazarnos en la sala.
La segunda obra tiene algo de esta experiencia. “Azul” está escrito en la pared de una pequeña habitación a oscuras. Un espejo, nuevamente, completa el sentido. Es “luzazul” lo que se deja leer, excepto, cuando una luz azul se proyecte sobre este palíndromo. La luz de esa tonalidad apaga a las letras y luego, por medio de un mecanismo en que se prende otra de otro color, la frase vuelve a verse. Un prende y apaga de las letras recuerda al bustrófedon, esa manera de escribir de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Parienta del anagrama, que le debe su nombre al recorrido del buey en el arado. Un ir y venir en la pared, como el surco que dejaba el animal y que los griegos lo usaron para denominar esa figura tan potente y poética. Nuevamente, la palabra iluminada, revelada, por los artilugios de una mente que la piensa, la arma y desarma. Como si con un soplo de luz, le diera vida.
Algo del sueño de Antonin Artaud se trasluce en esas luces intermitentes y en esas esferas suspendidas en el espacio: “Cuando escribo sólo existe lo que escribo. Aquello que he sentido como diferente, que no he podido decir y que se me ha escapado, son ideas o un verbo robado, y que destruiré para reemplazarlo por otra cosa”.

Laura Isola