CULTURA LALANNE EXPONE EN LA COSTA URUGUAYA

Frágil arqueólogo de la modernidad

Con el apoyo de la Fundación Pablo Atchugarry, se presenta en Manantiales la muestra de Joaquín Lalanne, un horizonte que conjuga la travesía pop con el surrealismo y una descarada saturación de color: un artista prometedor que ensaya con veinte piezas de gran formato.

Foto:Fundación Atchugarry

Es fascinante la dualidad a que nos somete la pintura de Joaquín Lalanne. Un fanático de la pintura podrá ver en su obra constantes homenajes a la historia del arte, pero un hombre común se podrá divertir con la desfachatez de sus personajes. Un académico hallará claras alusiones a un pasado obsesivo, pero un hombre común se sentirá interpelado por la sencillez con que este uruguayo nacido en Buenos Aires captura la contemporaneidad. Y allí donde un viejo lobo de mar se emocionará ante la profundidad de un paisaje que no podría ser más personal pese a los marcados tributos a Kuitca, a De Chirico, a Lichtenstein, a Magritte, a Dalí, a Vermeer, a Warhol y a Rafael, un niño se reirá, como si lo hubieran invitado a jugar a la escondida, con la sorpresiva presencia del detective Dupond, del Pato Lucas, de la Pantera Rosa y del Super Ratón. Todos esos personajes se mueven con soltura en un mundo pop, surrealista y contemporáneo, pero lo que no saben es que, debajo de ese mundo de combinaciones, lo que los sostiene es una estructura tremendamente frágil.

Acaso estas y otras comprobaciones hayan hecho los más de mil visitantes que en pocas horas transformaron la primera muestra de Lalanne en el Uruguay en un suceso de crítica, de público y de ventas. Porque ha sido ésta –tras un corto pero intenso y exitoso trayecto para el que resultaron clave las enseñanzas de hombres como el uruguayo Oscar Larroca y el francés Jocelyn Buruil– no sólo la primera exposición que Lalanne ha ofrecido en su país sino, sobre todo, una ofrenda de corazón abierto para que por primera vez el chico que ganó la prestigiosa beca de la Fundación Antonio Gala, que se autoexilió en Cadaqués y que fue elogiado y promovido por el maestro Ignacio Iturria, mostrará quién es como artista ante todos sus afectos.
Un clima que, lejos del taller donde prefiere estar habitualmente, le ha despertado una catarata de emociones que, luego de los nervios previos, arrojó un alivio y una felicidad que Lalanne contagia involuntariamente cuando se sienta a conversar con PERFILpocas horas después de aquel vernissage.
“Lo más difícil para mí es el dibujo. El color es lo único que se me da bien”, explica antes de definir esta propuesta como una “auto-retrospectiva espiritual” y de comentar la “removedora alegría” que le da poder compartir estos veinte óleos sobre tela de su Travesía pop en un lugar “con un respaldo institucional tan brutal como la Fundación Pablo Atchugarry”.
Es verdad –admite inmediatamente después, cuando ya hemos cambiado de tema–, “trato de que mis cuadros tengan siempre humor, y creo que el arte tiene que ser algo que a uno lo haga sentir bien”, grafica, y añade: “Ayer justo nos fuimos del vernissage con Ignacio (Iturria) hablando de eso, de lo importante que es intentar salvar las situaciones excesivamente solemnes porque, si no, parece que hubiera tipos que pintan estreñidos”.

—¿Y no te dijo Nacho que hay pintores uruguayos que pintan en inglés?
—Sí, y él pinta en uruguayo, ¿no?
—Sí, en español no: en uruguayo.

Pasan los minutos como en una ráfaga, una ráfaga fresca y potente, e intento que Lalanne, 27 años, traficante, como Jorge Drexler, de involuntarios modismos españoles, me cuente a quién admira como un niño y, también, cómo encuentra un sano equilibrio entre sus héroes sagrados –la influencia– y su carácter –ser Lalanne–.
Empieza por lo segundo: “Botero dice una cosa que siempre me encantó, que es que el arte de la pintura es la historia de las personalidades. O sea que no queda el que pinta como Rafael: queda Rafael. La historia no contempla miles de casos iguales: contempla el mejor. Así que para mí siempre fue importante reconocer el hecho de que ha habido un montón de gente que hizo cosas impresionantes diez mil veces mejor de lo que yo voy a poder hacerlas jamás; entonces, si los ignoro soy un imbécil, pero si trato de copiarlos soy todavía más imbécil”.
El tiempo se esfuma, e inmediatamente después de que el futuro Quentin Tarantino del arte rioplatense afirme que Dalí ha sido subestimado no sólo como pintor sino como escritor, como intelectual y como devoto de la tradición plástica, termina volviendo a uno de sus ídolos: “¿Vos viste la dulzura y la elegancia en la combinación de colores que tiene Rafael? Para mí es un pintor descomunal y, después de estar viéndolo veinte minutos, te juro que me viene una emoción espectacular, una euforia que no puedo controlar: sólo me falta gritar un gol”. Gritemos juntos, Joaquín.

*Desde Uruguay.



Pablo Cohen