CULTURA FOGWILL (1941-2010)

Habla, memoria

“Fogwill. Una memoria coral”, de Patricio Zunini, no es una biografía, sino un documental sobre papel donde los protagonistas intentan explicar quién era Fogwill. Alberto Laiseca, César Aira, María Moreno, Alan Pauls, Sergio Bizzio y Luis Chitarroni, entre muchos otros, intentan plasmar un retrato insustituible de uno de los escritores más influyentes, recordados, amados y odiados del panorama literario local.

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Foto:Cedoc

Por lo general cuando se está frente a una biografía de un autor se toman en cuenta diversos aspectos: calidad de las fuentes, rigurosidad de la investigación, qué se intenta construir, su pretensión artística si es que la hay, la calidad de la prosa si viene al caso. En la biografía de Osvaldo Lamborghini de Ricardo Strafacce están presentes todas estas cuestiones; en la de Nabokov de Brian Boyd priman la calidad de las fuentes y la rigurosa investigación. Una buena biografía es un punto de vista que se pasea por la investigación y las fuentes, ahí puede haber una pretensión artística o sólo un documento; si existe esta pretensión, habitualmente hay una prosa, una escritura dialoga con la figura de ese autor. De ahí que no sea fácil hacer una buena biografía.

Fogwill. Una memoria coral, de Patricio Zunini, no se basa en una exhaustiva investigación a la manera tradicional; Zunini no es un experto en la obra de Fogwill, sino un hábil entrevistador que es capaz de conversar con los que conocieron al autor de Los Pichiciegos y Muchacha punk para ir sacando de cada uno de ellos una parte: anécdotas, impresiones, juicios de primera mano. Para ello hay dos decisiones que toma: excluir a los familiares y situar así la biografía estrictamente en el terreno del mundo literario, logrando una radiografía de la escena porteña a través de tres generaciones de escritores que tiene como pretexto y objeto a Fogwill. La otra decisión que toma Zunini es eliminar cualquier rasgo de su prosa, es decir construir una narración con los testimonios de otros; el resultado es una narración cinematográfica, de documental, en donde paradójicamente no hacen falta las imágenes porque uno las va reconstruyendo mentalmente.

Las primeras páginas de esta biografía que acaba de publicar Editorial Mansalva son como una cámara entrando en escena, donde los escritores que compartieron su generación cuentan cómo lo conocieron. Esa explicación es para el lector-espectador, no para el entrevistador, lo que demuestra que Zunini sabía lo que estaba haciendo. En esta parte están Alberto Laiseca, Oscar Steimberg y Germán García. El primero cuenta cómo Fogwill, en ese entonces Rodolfo Enrique Fogwill, se le acerca y se presenta, suponiendo que Laiseca sabía quién era: “Pero yo no lo conocía, no me estaba haciendo el interesante”. García lo conoció a principios de los 70 tal vez en el bar La Paz, en esa época no sabía que escribía y aparecía en el bar siempre tostado. Steimberg, por su lado, dice que “Oscar Masotta me presentó a Osvaldo Lamborghini cuando estaba a punto de publicar El fiord [1967]. No me acuerdo si a Fogwill lo conocí antes o después”.

Por esos años, Fogwill, sin haber escrito nada, ya era obsesivo con la literatura: escribía y leía desordenadamente. Elsa Osorio cuenta que en el departamentito que tenía en Anchorena y Arenales “era cualquier cosa. El piso estaba lleno de manchas como si le hubieran arrancado el plastificado. Tenía un colchón, una cantidad de libros tirados, estaba todo sucio, un asco”. Este relajo por dónde y cómo vivir –lo hizo en pequeños hoteles, como en el de Plaza Italia cuando lo perdió todo– se mantuvo en el tiempo. Alan Pauls cuenta que cuando fue a visitarlo en el departamento de Laprida lo recibió en bata y calzoncillos: “Charlamos en lo que era su estudio, un cuarto de tres por tres lleno de libros, con una mesa completamente tapada de papeles, libros, pedazos de máquinas, lapiceras secas”.

Fogwill fue trotskista y, como dice el fotógrafo Jorge Revsin, “como buen trotskista, en los últimos años terminó reaccionario”; fue adicto a la cocaína, que la consumía con el mayor relajo, aún en plena dictadura: durante la época de la agencia de publicidad Ad Hoc, en donde trabajaban Sandra Russo como recepcionista y Alan Pauls e Inés Fernández Moreno como redactores, esta última dice que “tenía abierto su escritorio, vos entrabas y se estaba dando un saque. Te ofrecía café, cigarrillos, yerba, coca: estaba todo disponible”; también estuvo en la cárcel por unas facturas truchas, lo perdió todo y tuvo que irse a vivir a lo de Sergio Bizzio, quien aclara que en esa época “nunca tomó cocaína. Yo lo vi tomar rayas del tamaño de una caña de bambú, pero nunca en casa”; amaba la ópera y la poesía: sin ir más lejos, un texto suyo llegó a ser tomado para una ópera de Oscar Edelstein que en principio, de acuerdo a Pablo Gianera, se haría en el Teatro Colón, “pero como en ese momento el teatro estaba cerrado se presentó en el Margarita Xirgu”; y para muchos además era un misógino, aunque para la escritora María Moreno, quien también prepara una biografía sobre él, era más “un machista queer”, cosa que se hace evidente en su obra, especialmente en La larga risa de todos estos años, Memoria de paso y Help a él.

Los inicios de Fogwill están marcados por un intento de marcar su sello, una especie de marketing o impronta aplicada a su obra. Y estos inicios, como se sabe, están en el concurso de cuento de Coca-Cola/Sudamericana de 1979 que gana con Mis muertos punks, y que luego se llamaría Muchacha punk. Luis Chitarroni considera que ese libro “fue el libro más importante y disruptivo del realismo. En una frecuencia distinta está Ema, la cautiva, de César Aira, pero el costumbrismo y el realismo argentino y todas sus rarezas, incluida la literatura fantástica, está en Mis muertos punks”. En ese primer instante hizo algo muy singular: rechazó publicar con una empresa multinacional como la Coca-Cola, un gesto que según Chitarroni, fue “muy canchero que le ayuda marketineramente –en el márketing pequeño de esa época– a imponer su libro”. Germán García, que había publicado Nanina, vendiendo cuatro ediciones en tres meses, cree que ésa era una de las razones por las cuales él era un enigma para Fogwill: “Como buen publicista, entendía que todo era saber vender el producto. No importaba la calidad del objeto”. Según Sergio Chejfec, cuando Fogwill se quitó los nombres para pasar a llamarse simplemente Fogwill fue una cosa que lo impactó mucho: “Era una operación de márketing llevada a la literatura, y para entonces no muchos vieron la carga iconoclasta implicada en el gesto”.

Después del concurso vino la época de la editorial Tierra Baldía, que en un principio iba a llamarse Wasteland y que formaban además de él, Oscar Steimberg y Osvaldo Lamborghini. El nombre se cambió a último momento, como cuenta Steimberg, “el mismo día que Fogwill llevaba a imprenta los materiales de los primeros libros, por casualidad nos encontramos en la calle y me preguntó si no convendría traducirlo”. Sin consultar a Lamborghini cambiaron el nombre y cuando lo vio Lamborghini le dice a Fogwill: “¿Desde cuándo traducís al castellano todo lo que leés?”. No sólo autoeditaron sus libros, sino también publicaron a Leónidas Lamborghini y a Néstor Perlongher, en una época en la que publicar poesía era épico.

Nadie sabe de dónde sacó esa actitud hostil hacia los editores, que lo hacía terminar peleando con ellos o exigiendo cosas fuera de lugar. Con Daniel Divinsky –su primer editor en De la Flor, en donde publicó su novela Los Pichyciegos en 1983– se enojó por no publicarle otra novela. Divinsky explica que los tiempos no estaban para novelas: “En ese momento no se vendían muchas novelas, la gente estaba muy preocupada por el devenir político, se vendían más libros de ensayo, libros de coyuntura, libros periodísticos”. Pese a ello vendió la mitad del tiraje, es decir mil quinientos ejemplares. A Chitarroni –para quien fue un orgullo tenerlo en el catálogo de Sudamericana con Restos diurnos y Muchacha punk– terminó por saturarlo por su histeria. Pero no sólo con sus editores de libros mantenía una relación conflictiva o tensa, sino también con quienes les publicaban sus columnas. Maximiliano Tomas fue editor de este suplemento, donde Fogwill era columnista, y dice que cuando empezó a escribir aquí, “su nombre ya era una especie de mala palabra. Mucha gente le huía, no se lo querían cruzar ni en la calle ni en los pasillos, y mucho menos invitarlo a escribir”.

Pero más allá de su personalidad, de sus escándalos públicos, el último de ellos en el Festival Ñ en Montevideo, de extorsionar a sus editores pidiéndoles más fondos, o de derrochar su dinero, Fogwill logró construir una sólida obra, pese o gracias a esa figura literaria que construyó.
Sergio Bizzio cree que los puntos más altos de esta obra son los libros de cuentos Muchacha punk y Memorias de paso, mientras que uno de los más flojos Los Pichiciegos: “Para mí es el autor de una obra muy despareja, aunque me duela decirlo. Pero ¿quién no es autor de una obra despareja? Otra pregunta sería: ¿quién es autor de una decena de cuentos geniales? Fogwill. Era un genio”. Daniel Molina, que lo conoció en la revista El Porteño, está convencido de que para su generación “Aira es nuestro Borges. Y si Aira es Borges, Fogwill es Sarmiento”.

 

Recordando con amor e ira

ALAN PAULS. “Como todo maníaco, era muy voraz: lo quería todo. Quiso ser el sociólogo más brillante de la historia, el militante más genial de la política universitaria, el publicista más excéntrico y rico de la historia de la publicidad argentina. Y todas esas cosas lo iban agotando. Se topó tarde con el deseo de escribir, y no sólo de escribir sino de ser un escritor, y no sólo un escritor sino un escritor a la Fogwill, o sea: un pesado, un hinchapelotas, una pesadilla”.

CATÓN (su abogado). “Sarlo fue tapa de la revista Tres puntos diciendo ‘Yo aborté’ y Fogwill tenía una posición brillante en relación al aborto. Un día nos la cruzamos en un bar o en la Gandhi: ‘Acá estoy con mi abogado’, le dice, ‘y te voy a hacer una denuncia por asesina’ (yo me quería tirar abajo de una mesa). ‘Pero eso ya está prescripto’, le dice Sarlo. Y Fogwill le responde con una frase extraordinaria: ‘La estupidez no prescribe nunca’”.

CESAR AIRA. “Yo tuve un motivo más para admirarlo y quererlo: su amor a los niños, que él no exhibía pero fue una constante en su vida. Era una simpatía, hecha de responsabilidad paterna, comprensión, identificación; con sus hijos, con los de sus amigos, lo vi ser protector, atento, interesado, sin condescendencia ni impaciencia”.



Gonzalo Leon