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Haciendo buena letra

Contra toda previsión, como ocurre casi todos los años, y luego de la justa, provocadora o irresponsable designación de Bob Dylan, el Nobel de Literatura recayó en el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro, un escritor nada prolífico (tiene escritas sólo ocho novelas), que es, al mismo tiempo, el prototipo del creador moderno: funcional y obediente.

Contra toda previsión, como ocurre casi todos los años, y luego de la justa, provocadora o irresponsable designación de Bob Dylan, el Nobel de Literatura recayó en el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro, un escritor nada prolífico (tiene escritas sólo ocho novelas), que es, al mismo tiempo, el prototipo del creador moderno: funcional y obediente.
Contra toda previsión, como ocurre casi todos los años, y luego de la justa, provocadora o irresponsable designación de Bob Dylan, el Nobel de Literatura recayó en el británico de origen japonés Kazuo Ishiguro, un escritor nada prolífico (tiene escritas sólo ocho novelas), que es, al mismo tiempo, el prototipo del creador moderno: funcional y obediente. Foto:CEDOC

Cuatro horas antes del anuncio del premio, un póster con la imagen de las 14 ganadoras del Nobel de Literatura aparece en la cuenta de Twitter de la Academia Sueca (@NobelPrize). De inmediato las apuestas en Ladbrokes se disparan 17/2 a favor de Margaret Atwood, y a 40 minutos del anuncio se cierran las apuestas online. ¿Casualidad o es demasiado evidente quién gana y la banca de las apuestas no quiere perder más dinero? Dinero, ¿se trata de dinero? Tal vez sí, pero en principio no, veremos. Pocos ludópatas abultaron sus bolsillos: Kazuo Ishiguro ganó el Premio Nobel de Literatura 2017. En alguna medida, los organizadores del Nobel utilizaron las redes sociales para una humorada irónica respecto de la devaluación del premio. Porque el “mundo literario” (universo tan disímil como inasible) sintió como una estocada en su corazón el galardón entregado a un músico, Bob Dylan, que no asistió a la entrega formal (no hubo fotos ni palabras para los vulgares), a cambio de una carta y su asistencia en ceremonia privada, a fines del año pasado, para recibir el dinero. ¿Otra vez el dinero?

Ishiguro nació en Nagasaki, Japón, en 1954, a casi diez años de la terrible explosión nuclear que arrasó con gran parte de la ciudad. A sus 5 años, toda la familia migra a Inglaterra: el padre, oceanógrafo, consigue un contrato de trabajo. Y lo que parecía un traslado temporal se convirtió en una instalación definitiva, de allí que la educación formal del escritor implantó el inglés como lengua, y con ella, un extraño cruce o mixtura cultural. De las historietas manga que le enviaban sus abuelos desde una isla distante a las aulas de esta otra isla: Stoughton Primary School y Woking County Grammar School, ambas de Surrey. En un artículo que publicó en el Financial Times en julio del año pasado, Ishiguro advierte sobre el racismo que implica el Brexit y afirma: “Creo que aquí tenemos que tener cierta fe en el pueblo de Gran Bretaña. Incluso después del resultado del viernes pasado, todavía conservo esa fe. Hablo como un hombre de 61 años de nacimiento japonés que ha vivido aquí desde la edad de 5 años; que ha observado y experimentado esta sociedad desde la perspectiva de un niño pequeño y visiblemente extranjero que fue durante años el único niño en su escuela o en su comunidad”. Sin embargo, al terminar la secundaria, “el extranjero” viajó durante un año por Estados Unidos y Canadá, explorando esa extraña América, fracasando en el mercado de la música como compositor de canciones (le rechazaban todos los demos, uno tras otro).

De regreso en su segunda isla, entre 1974 y 1980 estudia en la Universidad de Kent, Canterbury (egresa con honores en inglés y filosofía), y en la Universidad de East Anglia. En esta última obtiene la Maestría en Artes en Escritura Creativa bajo las enseñanzas de Malcolm Bradbury y Angela Carter. Otros egresados de allí: Ian McEwan, Anne Enright, Rose Tremain, John Boyne y Andrew Miller. Este “taller” es tan prestigioso para el mundo editorial como el de Iowa. A él acuden agentes literarios, editoriales, empresas de comunicación, el cine mismo, en busca de talentos. En términos productivos, la Universidad de East Anglia es un verdadero semillero de notables e influyentes. Su Centro Británico de Traducción Literaria lo fundó W. G. Sebald, y el Centro Arthur Miller para Estudios Americanos, recibió la visita de Miller mismo en el año 2000, quien festejó su cumpleaños 85 como graduado honorario. La arquitectura del campus universitario (cuyo lema es: “hacer diferente”) se puede apreciar en los productos cinematográficos Avengers: Age of Ultron, Ant-Man, Capitán América: Civil War y Spider Man: Homecoming, todos éxitos de Marvel. ¿Acaso Ishiguro fue educado como un superhéroe en una universidad de notables? Debo dejar la respuesta en suspenso, vayamos a su obra, motivo del premio Nobel. Y aparece otra pregunta, disculpe lector: ¿premian una obra literaria o lo que ella representa?

A partir de 1982 publicó siete novelas: Pálida luz en las colinas, Un artista del mundo flotante, Lo que queda del día (adaptada al cine por James Ivory en 1993), Los inconsolables, Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones (adaptada al cine por Mark Romanek en 2010) y El gigante enterrado. En 2009 publica un libro de cuentos, Nocturnos: cinco historias de música y crepúsculo. Ha publicado siempre en una misma editorial inglesa, Faber and Faber. Traducido a más de treinta idiomas, en nuestra lengua es Anagrama la que publicó todos sus libros. Como guionista (otra forma de publicar, de manera masiva, más acorde con el concepto “contenidos” de esta modernidad apabullante): A Profile of Arthur J. Mason (1984), para Channel 4; The Gourmet (1987), para la BBC; The Saddest Music in the World, dirigida por Guy Maddin (2003), historia original; y La condesa rusa (The White Countess), dirigida por James Ivory (2005). Cierran el círculo algunos premios recibidos antes del Nobel: Order of the British Empire, Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres, Whitbread Prize y Booker Prize. Sin dudas, una notable trayectoria en el centro de una escena cultural de elite, a la que elogia por “la transformación de Europa, de un matadero de guerra total con regímenes totalitarios a una región envidiada de democracias liberales que viven en una amistad casi sin fronteras”. Esa visión, de costa a costa, de una unidad sin fronteras, sin límites, se manifiesta en su obra que, de manera constante, trata sobre la memoria, las fallas y postergaciones del hombre ante cualquier evento, fundamental o nimio. Existe, si se quiere dar una visión global, cierta dilación temática, cuasi escenográfica, que tiene que ver más con el urdido de tramas y situaciones que con regodeos del lenguaje. Su prosa es de una precisión apaciguada, intencionalmente exacta, tal vez fruto de cierta paciencia oriental de ese niño aislado en el aula de una nueva lengua. Toma nota y olvida, vuelve a repasar ese recuerdo y lo altera. Como una intrusión de la memoria temprana, lo japonés, la lengua materna, puja en sus primeras dos novelas (Pálida luz en las colinas y Un artista del mundo flotante), donde salda una deuda imaginando un Japón que no es, ni nunca será. Se fue esa lengua y, desarticulado, vuelve la mirada hacia otros espacios, tan cercanos como tensos en su estructura. En Lo que queda del día, ya no queda el Oriente, sino la campiña inglesa y un personaje que posterga su propia imposibilidad, en el amor, ante la muerte, ante el engaño de una vida malgastada. Esa desazón en la entrega, la contención emocional y la tristeza pueden sugerir el sacrificio del samurái sin amo, pero evoca más al contraste de la pérdida de las tradiciones que, isla oriental o isla occidental, van mutando hacia el presente.

Ya en Los inconsolables, Ishiguro tiende a la experimentación moderada (parece que el riesgo es más bien una formalidad del número de páginas, más de 500), en donde lo kafkiano anida e irrumpe, en un camino de pérdida de memoria y falta, un pianista que se pierde en el propio laberinto de la pérdida de sentido. Un juego geométrico de escala, casi rémora del estilo de Alain Robbe-Grillet en sus novelas y en su cine, como en El año pasado en Marienbad. En Cuando fuimos huérfanos, existe un homenaje a la novela histórica situando al personaje, un detective, en la China de principios del siglo XX, en busca de sus propios padres, en busca de ese amor que no fue. Rara mezcla de Arthur Conan Doyle y André Malraux, la experiencia literaria choca con su propia formalidad y no logra la verosimilitud que su escenografía demanda. Pero Ishiguro no cesa, sigue experimentando, y lo creativo lo lleva hacia otro territorio: en Nunca me abandones acude a la distopía, un mundo perfecto de aquellos que darán la propia vida sin saberlo, los clones, sosegados, hamsters de una sociedad esencialmente cruel con sed de eternidad. Esta puja entre ética y religión, o entre praxis científica y tristeza, se puede encontrar entre Blade Runner (1982) y Oblivion (2013), con varias escalas intimistas, remasterizadas, como es el caso de la serie Westworld.

Su última novela, El gigante enterrado, es cierta especie de novela fantástica que evoca tanto los mitos de una Europa improbable, difusa, casi tierra de fantasmas idealizados por un género desbordante de ejemplos. Aquí se puede notar cierta analogía con Rushdie, que en su novela Luka y el fuego de la vida rinde tributo a la literatura infantil pero con la seriedad de una trama narcótica, experimental, también grata. En los cuentos de Nocturnos…, Ishiguro salda su deuda con el jazz, el mundo de la música, su neblina de bohemia y extravagancia. Cabe destacar que Ishiguro promete más, en cada uno de sus libros deja cierta incertidumbre respecto a lo que vendrá de su estilo, como que está listo para una nueva aventura, como reservorio de una productividad siempre dispuesta. Es un escritor en su plenitud, eso aparenta, y muy seguro de las aguas en que rema. Por caso, y las referencias al cine no son inocentes en esta nota, mientras escribía Nunca me abandones, los productores ya contaban con los primeros capítulos del libro para diseñar el guión del film. Vale decir, lo escrito ya tenía destino de pantalla. Y es aquí donde quiero volver al principio: ¿qué premió este Nobel? La obra de Ishiguro no es de una solidez apabullante, tampoco desborda en ideas originales, ni asume un riesgo en prosa experimental. Y es aquí donde reaparece el valor simbólico de este isleño desplazado: la academia sueca premió una instancia novedosa de generación de contenidos. El delgado e invisible cable de internet que une a la literatura con el cine y la televisión. Que puede leerse en estas referencias y en la indudable razón de mercado.

El mercado editorial de habla inglesa (Estados Unidos y Gran Bretaña) está valuado aproximadamente en 31.275 millones de euros anuales. Como Ishiguro es japonés, se agregan 5.409 millones de euros que vale el mercado editorial nipón. En sí, 36 mil millones de euros, de un mercado que implica más de 500 mil títulos, entre nuevos y reediciones, y que supera la suma de la producción editorial de China, Italia, Alemania y Francia. Este bloque económico, además, rebota y alimenta el mercado audiovisual, llevando el producido a una escala global jamás imaginada a través de la compresión de señal HD y las nuevas plataformas web. Netflix y demás productoras abrevan de allí, son plataformas que relanzan la creatividad como valor agregado, y también, como un bien intangible al que se debe fomentar, cuidar y tener a mano, siempre disponible. ¿Acaso Ishiguro no es el fiel representante de un productor de contenidos ejemplar? Políticamente correcto, siempre en la senda para describir de los grandes pensamientos y paradigmas de lo humano adaptados a la comprensión masiva, capaz de interactuar con todos y cada uno de los actores del sistema global de contenidos, ¿no es Ishiguro el resultado de un laboratorio de seres perfectos al servicio de las editoriales y sus derivados? ¿En eso es superhéroe? Ahora bien, ¿por qué no se premió a Margaret Atwood? En el mismo horizonte, la canadiense tiene un éxito global con su serie El cuento de la criada, es reconocida por su calidad literaria y traducida a más idiomas aún. Parece inaudito, pero no es así, ocurre una situación de ubicuidad. Ishiguro es funcional a los roles del mercado audiovisual, mientras Atwood interviene como productora y opera estéticamente en la generación del telefilm, elevando su nivel por encima de todo el resto. En esa forma de llevar su propia obra, tomada por las riendas hacia un nivel de excelencia, Atwood no es apropiada, no es un buen ejemplo. Ishiguro sí, es funcional, y en alguna medida, disculpen, sumiso. Y por qué no, obediente. Un trabajador privilegiado sin cuestionamientos al sistema que pertenece ese contenido a escala planetaria, que parece arrasar con todo, incluso con las propuestas de algunas vanguardias.

Esta política de elogio a la producción a escala global perturba, transmite cierta potencia abrumadora de uniformidad y conformismo. ¿Acaso nos espera un futuro cercano de ficciones desarrolladas para anular toda imaginación contestataria u opositora al nuevo orden? ¿Este orden ahogará toda expresión literaria que no sea en inglés? Debemos desconfiar de los talleres de literatura creativa, de su modelo de producción contenedor y serial. Afectan la propia lengua y pueden sumir al escritor en un cono de sombra, al punto que si deja de existir a nadie le preocupe. Tal vez, y no es exagerado, en unos pocos años el premio Nobel de Literatura lo adjudique no un comité de personas sino un algoritmo. Y en ese preciso instante estará en riesgo el destino de todo lector.


Mujeres y lenguas privilegiadas

Si bien el anuncio del Nobel de Literatura lo hace una mujer, pocas escritoras han recibido el premio. En 1909, a ocho años de establecido el galardón, abre la serie Selma Lagerlöf, sueca, pero pasarán 17 años para que otra lo reciba: Grazia Deledda. En total, lo han recibido solamente 14, y en realidad 13, contando que Svetlana Aleksievich, última ganadora, representa a la crónica periodística más que a la literatura. Pero las ausencias femeninas contaron con períodos aun mayores: 21 años (entre 1945 y 1966, de Gabriela Mistral a Nelly Sachs, que lo compartió con Shmuel Yosef Agnón) y 25 años (entre 1966 y 1991, cuando se premió a Gordiner). La mitad de las 14 recibieron el Nobel en los últimos 26 años, vale decir, la performance del premio mejoró un poco para que no acusen a los suecos de tanto machismo. De todas formas, es necesario agregar ciertas características de Margaret Atwood: es feminista, anti Trump, canadiense, rebelde e intransigente per se. Este espíritu y carácter no se amolda al dominio de esta globalización de la ficción como ganancia pura. Es un mal ejemplo, o el mal en sí para las productoras de contenidos.

La asimetría del Nobel de Literatura también se contempla en las lenguas premiadas: 28 en inglés, 14 en francés, 13 en alemán, 7 en sueco, 6 en italiano, que hablan de un predominio norteamericano-europeo o, en términos geopolíticos, de una OTAN de la cultura. Queda nuestra lengua con 11 ganadores, resultado que muestra claramente qué importancia tiene el habla hispana de esta porción de América en el reconocimiento global: nada más que 5 fuera de España… Y no es que no se produzcan libros ni falten escritores; todo lo contrario, esto sugiere quién lee y qué leen en los centros de poder. Sin dudas, nuestros escritores están al margen del margen.



Omar Genovese