CULTURA FABULAS DE AMOR EN LA CULTURA DE MASAS

Instantes de un corazón

Martín Kohan ha pergeñado algo inusual en la literatura crítica local: un estudio concienzudo, profundo y “barthesiano” sobre un objeto intangible como lo es la canción popular latinoamericana, fundamentalmente el bolero (ejemplo preciso de mestizaje latinoamericano) y el tango (el género característico del Río de la Plata).

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Foto:Cedoc Perfil
Si la literatura, como dijo alguno, no es más que unas cuantas ideas y unas cuantas metáforas, es indudable que una de las más poderosas es la que tiene al corazón como monarca, celebrando la fatalidad de vivir enamorado, combustible elemental tanto de la poesía romántica como de la canción popular, entre las cuales el bolero y el tango ocupan un lugar de privilegio para el dolorido sentir en América Latina.
Ojos brujos, un ensayo de Martín Kohan publicado por Ediciones Godot, explora la dicción y el contenido en lo que llama “fábulas de amor en la cultura de masas”, es decir, a través de una lectura que toma a Roland Barthes como pivote, intenta desentrañar el sentimentalismo expresado en las letras que le dieron forma, color y contenido a buena parte del siglo XX latinoamericano, gracias al altavoz provisto por la radio, el disco de pasta y el cinematógrafo, que hechizaron a numerosas generaciones de amantes desamorados.
Lo primero a destacar es que en Buenos Aires se ensaye, con rigor crítico, un tema generalmente desdeñado por la intelectualidad local, siempre pendiente de las modas (viejas) de otros países y más bien parca en el análisis delicado y sugestivo de los fenómenos de la cultura popular; pero la hiperintelectualización, que pretende comprender las cosas porque las nombra, torna un estudio que se antojaría ameno y sabroso como analítica cultural en un ejercicio de crítica literaria clasificatorio en el que se adivina el gusto por el objeto de estudio, pero demasiado mediado por la mirada del escritor, lo que le permite asegurar que “por tratarse del género privilegiado para hablar del amor a través del registro de la cultura de masas… los boleros resultan ser, evidentemente, una larga e ilimitada proliferación de cursilerías”, afirmación aventurera de un romántico vergonzante o tal vez sólo de un individuo demasiado psicoanalizado. La cultura popular entraña sus propios dominios y no es asimilándose a la alta cultura o comparándose con ella que tendrá su carta de naturalización, sencillamente porque no la necesita.
Es preciso tener presente que la canción popular latinoamericana está imbuida de la estética modernista, y que en el caso del bolero la poesía vuelve a ser una religión, tal como lo fue para los poetas del siglo XIX –siglo del cual Agustín Lara es un fugitivo con un ritmo único, así sus letras sean cuestionables por literatos, quienes lo han calificado de modernista mediocre– y por lo tanto la descripción de los boleros atendiendo sólo a la letra implica un sometimiento de la música, sustancia misma de la composición, puesto que en el caso del bolero, con todo su sentimentalismo empalagoso –los amantes verdaderos no saben de medidas, son todos diabéticos crónicos embriagados de su ensueño–, el contenido semántico se encuentra sometido a un dictum insoslayable para el cual no existe neutralización irónica ni humorística: la falla en el sistema cardíaco que produce el desamor: recodar es también volver a morir.
El libro, sin embargo, tiene sus aciertos. En efecto, la separación de los amantes, cantada en tantas canciones por tríos atemporales, es la continuación del amor por otros medios, como reza el mítico bolero de Pedro Junco: “Nosotros/ que nos queremos tanto/ debemos separarnos/ no me preguntes más/ no es falta de cariño/ te quiero con el alma/ te juro que te adoro/ y en nombre de ese amor/ y por tu bien/ te digo adiós”. Instantes de un corazón sincero. Y destrozado. La fatalidad de la experiencia amorosa es que se funda sobre la contradicción como motor de sus designios, puesto que el corazón humano es una aldea promiscua que se siente única, pero como Tántalo está condenado a volverse a enamorar por vez primera y sufrir como si no hubiera mañana.
El libro explora también algunos aspectos del tango, pero me detengo en el bolero porque lo considero un ejemplo preciso del mestizaje latinoamericano; y es que aunque no lo parezca, el bolero entraña una filosofía en movimiento (la metafísica latinoamericana encuentra un lugar de privilegio en sus canciones, puesto que, como sostuvo Caetano, “cuando un latinoamericano tiene una idea tiene que hacer una canción; puesto que sólo es posible filosofar en alemán”).
En un mundo profanado y envilecido que concibe al amor como pañal o, en el mejor de los casos, como un pornográfico juguete, acaso una esperanza radique en ensoñarse al amparo de un compás de cuatro cuartos, con guitarras, percusión y voz templada para recordar a los espíritus románticos que el amor sigue durando y subsistiendo en el tiempo fuera del tiempo que comprende una canción.

Rafael Toriz