CULTURA

Intelectuales tradicionales

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A Manguel le gustaría que le digan intelectual tradicional. Así lo deduzco del fragmento de El viajero, la torre y la larva, en el que comenta a Gramsci con gran propiedad. Los intelectuales tradicionales –dice– “se muestran como individuos autónomos, independientes, parte de un linaje ininterrumpido por los conflictos y los levantamientos sociales”. Es una muy buena interpretación, que comparto, aunque creo que no se ajusta estrictamente a lo que quiso decir Gramsci. Supongo que el encarcelado italiano apuntaba a un tipo  de superación del intelectual tradicional –vinculado a la Iglesia, a la vida campesina, a las infinitas variante del universalismo abstracto–, que progresivamente iba a ser superado por el “intelectual orgánico”, que durante mucho tiempo, en la lengua repetidora de muchos lectores de Gramsci, significó la culminación de un proceso social triunfante, de carácter industrializador o modernizador, de fuerte tonalidad laica. No obstante, creo que Gramsci –no tuve tiempo para verificarlo entre mis libros desordenados– no veía como una categoría histórica válida ese carácter “ininterrumpido” que ahora le atribuye Manguel. Es que quien interrumpe al “tradicional”, en los hechos, aunque nunca de una manera clara, es el “intelectual orgánico” a través de andamios culturales operados por personas con calificaciones específicas, técnicos, periodistas, escritores partidarios o “a la búsqueda del burgués”, etc., que cumplían funciones de estabilización de un sentido cultural “hegemónico”.
Por extensión, los intelectuales orgánicos eran figuras que aun gozando de una “autonomía relativa”, contribuían a “cimentar” –la del “cemento” es una metáfora importante en Gramsci– lo que llamaríamos vida partidaria. Esta dicotomía gramsciana no es lo más atractivo de su obra y lo demuestra el uso al que se asistió en las últimas décadas en torno a esta lectura, para festejarse lo “orgánico” (noción que Gramsci tomó de  Durkheim, como tantas otras, dejándola a sus espaldas, sin hacerla objeto de deliberadas insistencias). Lo orgánico se empleaba en tanto prueba de fidelidad a un sentido predeterminado de la historia, el “ascenso de un partido”, de una “clase”, etc. Siempre me pareció mejor el destino del intelectual tradicional, y en este sentido Gramsci es también un “intelectual tradicional”, con la diferencia de que su característica principal, a diferencia de lo que dice Manguel, es  la de ser alguien que sí es “interrumpido” por el conflicto social. Personalmente agrego para esta interesante figura del intelectual tradicional, quien trabaja con los legados permanentes, que debe tener “ética de izquierda”, como se sabe, una noción del joven Lukács.
No hay continuidad existencial y vital entre el intelectual tradicional y el orgánico, pues el primero es el intelectual amenazado, poseedor de un legado, que asombrosamente, en medio de  su libertad ética, puede retomarse o transfigurarse con diversas definiciones sociales avanzadas. Un Erza Pound en un sentido, un René Char en otro. Eran intelectuales “tradicionales”. Borges mismo lo era, lo que le permitió ser avanzado en sus fantasmagorías y decir lo que políticamente es conocido  de él. La oculta politicidad permanente, trágica y prodigiosa que existe en su obra no habría sido posible si no hubiera sido creíble su condición “tradicional”, es decir, heredero de Berkeley tanto como de Macedonio, de Groussac como de Coleridge, de José Hernández como de Stevenson.
En la Argentina, como todos sabemos, se leyó mucho a Gramsci, más que en Francia y casi tanto como en Italia. Manguel lo leyó en inglés, Prision notebooks, An Antonio Gramsci Reader: Selected Writings, lo que no significa otra cosa que el modo diversificado en que se difundió el creador del Moderno Príncipe en todas las lenguas. Pero indica, además, una ajenidad que desterritorializa sin dejar nunca de ser saludable, también una opción de lectura que en los procedimientos de Manguel apuntan a otros rendimientos conceptuales. Pues no carece de interés, por ejemplo, el pensar, a la manera borgeana, que el sistema de enunciaciones de esta suerte de humanidad literaria lectora y secretamente comunicativa tiene un recóndito eco de voces que acompañan cualquier dicho o enunciación. Una red que subyace con toda clase de citas dispersas que un imprevisto imán siempre atrae. Así, Manguel  ve un eco inconsciente de Hamlet en la frase gramsciana sobre si es preferible la conciencia crítica o, en cambio, poseer una conciencia despojada del propio acto de autorreflexión. Veo aquí un verdadero interés en el procedimiento de Manguel. Es el cuidadoso moldeado de cerámica con el que elabora sus obras, que implica el refinamiento de la relación “por ecos” de todo el tejido significativo del espíritu literario de la humanidad. Se persigue el sujeto metafórico, a través de pequeñas perlas atemporales,  sea en La Biblia o en Gilgamesh, sea en la Divina comedia de  Dante o en el Ulises de Homero, en un océano de textos en el que se pescan, algo benjaminianamente, prendas que poseen las secretas alquimias con las que se atraen, a pesar de su supuesta heterogeneidad y distancia de siglos.
Así procede Mangel, pues, con el “eco” del famoso monólogo de Hamlet sobre si son preferibles los sórdidos dardos de la fortuna o el mar de adversidades. La imperecedera frase del famoso monólogo: “¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ella, encontrar el fin?”, puede aparecer, entonces, a la par de las consideraciones de Gramsci sobre la cuestión de la alternativa intelectual: o la pasividad del sentido común o la pedagogía de la conciencia crítica. He aquí la frase de Hamlet en el cuerpo de Gramsci. Creo así ejemplificar adecuadamente sobre el método de trabajo de Manguel, laborioso, de una delicada puntillosidad. Se halla sumergido en un mar de búsquedas  en el interior del yacimiento de la cultura más encumbrada de todos  los tiempos. El resultado es una historia de la lectura amena y encantadora, sostenida en un fervor de pesquisas en torno a rarezas icónicas y textuales, munido de un grato microscopio leibnitziano. Este tipo de cruces inesperados y escuchas sutiles del “eco de los muertos” convertidos en hallazgos textuales es familiar a todo lector de Borges, de Lezama Lima o de Aby Warburg. En la Argentina, muchos otros lo practican con solvencia y adecuado dramatismo. Bienvenido, señor Manguel, a este  diálogo entre “intelectuales tradicionales” pero “interrumpidos”. Sólo que como antecesor suyo en el que cargo que en algún momento ocupará, le propongo que piense detenidamente en no permitir que se use su prestigio internacional para justificar indebidos y reprobables despidos del personal de la Biblioteca, que en estos años hizo notables progresos que se desean ocultar bajo insinceros pretextos, propios de oficiales censores, encargados de groseras tareas de limpieza.

*Director saliente de la Biblioteca Nacional.



Horacio González