CULTURA TULIO HALPERIN DONGHI

Juicios y sentencias del amo de la historia

Autor de una obra fecunda que propone claves para interpretar la realidad nacional, se reedita un tomo esencial del mayor de los historiadores argentinos. “Revolución y guerra” pone en perspectiva el presente desde la óptica del pasado, sabiendo que un pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla.

PERFIL COMPLETO

Foto:Mariano Solier

El nombre de Tulio Halperin Donghi (Buenos Aires, 1926) es insoslayable a la hora de hablar de historia argentina. Su obra es una estación obligatoria y una deuda de riqueza para todo historiador argentino. Doctorado en Historia y Derecho en la Universidad de Buenos Aires, luego de ejercer la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras (entre 1955 y 1966) y en la Universidad Nacional del Litoral, de la que fue decano, fue profesor en Oxford y desde 1972 enseña en la Universidad de California, Berkeley, donde reside. Invitado por las universidades más importantes del mundo a dictar conferencias y seminarios, Halperin Donghi ha construido una obra historiográfica profusa, vigorosa, erudita, rigurosa, dentro de la cual se destacan títulos como La Argentina y la tormenta del mundo, Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, El revisionismo histórico argentino como visión decadentista de la historia nacional o su primer libro, El pensamiento de Esteban Echeverría.

La reciente de reedición de su libro ya clásico Revolución y guerra. Formación de una elite dirigente en la Argentina criolla (Siglo XXI) aborda la trama de la crisis del imperio español desde múltiples ópticas hacia el ascenso de un orden nuevo en el plano político y mercantil en las regiones dominadas por la Corona. Halperin Donghi repasa con minuciosidad el accionar de una elite creada por el movimiento independentista y las relaciones que ésta mantuvo con sectores económicos y sociales del Río de la Plata. Para esta nueva edición revisada, el historiador escribió un prefacio que ilumina las circunstancias en las que concibió la obra.

Fernando Devoto ha dicho que Revolución y guerra es la obra más madura de la historiografía argentina del siglo XX; Hilda Sabato señala que la combinación de erudición e imaginación de Halperin Donghi compone un cuadro de la Argentina decimonónica que se torna central en la historia argentina. PERFIL dialogó con el historiador sobre las características y los detalles de la obra.

—A más de cuarenta años de la publicación en 1972 de “Revolución y guerra”, ¿cuáles eran los pormenores de la prehistoria del libro y los supuestos?
—Lo anticipé en el prólogo, cuando señalaba que el problema había sido ya planteado por los dos padres fundadores de nuestra historiografía, Bartolomé Mitre, sobre todo en Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, y Vicente Fidel López en su Historia de la República Argentina, como el “surgimiento de una nueva nacionalidad dentro de los límites del territorio que le estaba misteriosamente predestinado”. Con lo cual, al precio de ampliar aun más un área temática de por sí muy vasta, incorporaba un rico material inventariado y desbrozado que fijaba con mayor precisión el universo de datos con el que contaríamos.

—Ese material lleva la huella de quienes lo produjeron, que son parte interesada en ese proceso, y es sabido que los problemas que provienen de situaciones como ésa, que son por otra parte inevitables, han venido ocupando y preocupando a los historiadores por siglos. ¿Cómo ha encarado usted los problemas que ello plantea?
—Son éstos sólo una parte muy limitada de los que plantea toda acción humana, y tanto frente a ellos como a los restantes me interesa más entender esa acción y al actor de ésta que concederles o no mi aprobación, y en esto no me prohíbo coincidir según los casos con una u otra de las facciones historiográficas en perpetua pugna. Pero lamento no poder evitar que haya muchas otras cosas que me interesan mucho más que esas disputas.

—¿Cómo cuáles?
—Hay una que me intriga bastante, y es la actitud que desde el comienzo de la conquista y la colonización de las tierras rioplatenses –como por otra parte del resto de la América hispana– mantienen los colonos y sus descendientes y herederos respecto de quienes intentan gobernarlos desde el otro hemisferio, en los que verán siempre interlocutores externos, cuyo derecho a tomar la iniciativa no disputan aunque no se prohíben reaccionar a ésta con notable contundencia. Creo que ese legado de los siglos me ayuda a entender mejor que en las décadas de 1820 y 1830 Facundo Quiroga prefiera mantener sobre esas líneas una relación con quienes ejercen el poder en su provincia riojana, confortado en la seguridad de que éstos se apresurarán a abandonarlo apenas él lo indique, y que en la Argentina y también en el resto de Hispanoamérica esa misma actitud se mantenga hasta el presente.

—¿A qué lo atribuye?
—Confieso que no sé a qué atribuirlo; en el punto de partida la reacción es perfectamente comprensible, en el primer medio siglo desde el que me permito llamar el descubrimiento del Nuevo Mundo, pero su perduración cuando nada sugería que las consecuencias de un desafío más abierto hubiesen sido igualmente temibles (las rebeliones andinas del siglo XVIII tardío probaron ser más peligrosas para la autoridad metropolitana que para sus súbditos ultramarinos, con los que aquélla tuvo que terminar componiendo mucho más de lo que sin duda se había propuesto) debiera sin duda plantear un problema. Pero el hecho es que no lo plantea, y en cuanto a esto me resulta representativa la noción de art de faire, propuesta en el tardío siglo XX por el erudito jesuita Michel de Certeau en sus exploraciones sobre la historia de la Compañía de Jesús en la etapa previa a su disolución, en que se refería a modos de hacer las cosas que no se fundaban en las posiciones doctrinarias que sus miembros profesaban, en torno a las cuales no faltaron discrepancias, y que practicaban ciegamente. Pero lo que me llevó a prestar atención a la noción propuesta por Certeau fue mi experiencia de 1953 cuando armé la tesis que me dirigió Fernand Braudel, quien me indicó que tenía que encontrar una manera de dividirla en tres partes, y descubrí hasta qué punto él encontraba irritante, porque incomprensible, mi insistencia en preguntar por qué, y debo decir que hace poco pude comprobar que, luego de más de medio siglo y de no sé cuántos más quiebres epistemológicos, las tesis de la Ecole siguen divididas en tres partes. Quizá el secreto de esta pervivencia lo devele lo que se está descubriendo acerca del funcionamiento cerebral, pero confieso para mi vergüenza que no estoy demasiado ansioso por saberlo.

—¿Qué ha preferido indagar, en cambio?
—Quizá demasiadas cosas; no le voy a recitar el índice de materias de Revolución y guerra, y sí aludir, en cambio, por ejemplo, a las preguntas que surgen de comparar los estilos de las empresas coloniales de Inglaterra, Castilla y Portugal, que han dado su fruto en estas Américas que hoy compartimos. Y de nuevo aquí nos encontramos con la dificultad que plantea dar cuenta de procesos que no podemos evitar ver a la vez como estructurados a partir de relaciones entre causa y efecto y como integrantes de un todo en que, para decirlo con Kant, cada una de las partes es a la vez causa y efecto de las restantes.

—¿Puede aclarar cómo sería eso?
—Quizá fuera una imprudencia intentarlo; una vez le oí decir a Juan Carlos Garavaglia que escribir historia es como andar en bicicleta en cuanto a que apenas uno se pregunta cómo puede avanzar en un mundo de tres dimensiones sostenido en ese ridículo aparato bidimensional lo primero que descubre es que ya no puede.

—¿Podría decirme qué sacó en limpio de sus investigaciones?
—De nuevo (y por razones obvias) nada que estuviera ya presente en Revolución y guerra, y sería poco honrado no señalarlo a la nueva promoción de lectores a quienes está destinada la Edición Definitiva. Pero sí la constatación de que, a falta de sólidas credenciales que aseguren la confiabilidad de la imagen que me he hecho de ellas, ésta tiene una interna coherencia que hace que la encuentre totalmente persuasiva, a la vez que totalmente relevante a este mundo del tercer milenio en que me sorprendo viviendo. Pienso aquí en dos colegas: Raúl Prebisch, a quien conocí en su gloriosa ancianidad y que, salvo una catástrofe cósmica, está destinado a dejar una huella perdurable en el paso de la humanidad sobre la Tierra, y Fernando Henrique Cardoso, quien ha hecho ya lo necesario para dejar una aun más honda. Pero pienso también en que no podría encontrarles equivalente en la América anglosajona, y no es porque falten en ella inteligencias igualmente agudas y voluntades igualmente decididas; es más bien como si en este escenario se representaran ya las escenas de una vida futura sobre un guión que nos es aún desconocido.

Pero con esta última consideración temo haber dejado ya del todo atrás la problemática de Revolución y guerra; en este punto me viene a la mente algo que aprendí de un colega de Berkeley acerca de los testimonios historiográficos que nos han llegado de los tiempos más remotos del pasado chino: eran éstos apuestas acerca del futuro que se contraponían con otras entre las cuales quedaba a ese futuro ejercer el arbitraje; y a veces me pregunto si, lo advirtamos o no, no es más que eso lo que podemos y debemos seguir haciendo.



Luis Diego Fernández