CULTURA

La celebración del juicio

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Cada crítica puede inventar un modo de leer. Es decir que, si los astros están de su lado, se trata de una invención única para cada libro en particular. Una novela es el inicio de una conversación, y cada lectura ocasiona una conversación distinta. Lo que un crítico tiene al alcance es poder abrir otra conversación. La lectura es una variante del principio de incertidumbre de Heisenberg, que simplificado puede resumirse así: el observador incide en lo observado. Esa es la tarea del crítico, y el libro permanece el mismo y otro.

Un lector debería entrar a una novela convencido de que a él le será revelado algo que ningún otro lector verá. Nadie lee como otro, así sea con una torpeza o una ingenuidad irremediables, a menudo convenientes. Cabría preguntarse si un crítico no debería explotar su ineptitud y su encandilamiento para gozar de la grandeza imperfecta de otros, para declararla ante un mundo cada vez menos propenso al asombro y a la admiración. La primera condición de un crítico –por no decir de un escritor– es estar dispuesto a hacer el ridículo.

El trabajo de un crítico es vérselas con frases, y su ocupación es crear frases cautivantes. Como si una oración ajena fuera un papel plegado que el crítico despliega para escribir su parte, su lectura de esa oración, y así con cada una que detenga el tiempo. Un buen crítico no practica el asentimiento de cabeza constante de quien quiere que el otro termine su oración lo antes posible.

Para que un crítico sea absolutamente justo –al precio de que su reseña se vuelva menos interesante–, tal vez tenga que erigirse, necesariamente, en el lector ideal de cada obra. En ocasiones, el libro le queda grande al crítico, entonces procede a empequeñecerlo con palabras inteligentes. Es cuando una inteligencia se vuelve en público rápida de reflejos, más accesible y ejecutiva –un modo fácil de lo eficaz–, y las injurias e injusticias se tornan más peligrosas, gratuitamente dañinas.

Es figura conocida la del crítico que lee a un autor con una cierta molestia, como si caminara detrás de alguien que está fumando puros. Igual que la del crítico –o editor– que se comporta ante un libro como quien enumera dolencias imaginarias ante un médico a ver si logra preocuparlo con alguna. O bien el crítico que a una novela casi perfecta la desecha porque no llega a serlo del todo (sin aclarar que es en efecto casi perfecta). O este otro: el crítico que se comporta como alguien que quiere matar a un insecto que resulta estar del otro lado del vidrio. Hay reseñas negativas de ciertos libros que por su tono impelen a salir corriendo a leerlo. Existe otra facultad, filosa pero fecunda: la de quien admira una obra y asume el derecho a decir de ella las peores cosas.

Existe la ficción de un lector que le hace creer a un autor que ha escrito un libro que no escribió. No sirve olvidar que también se puede conocer en profundidad una novela mediocre. Lo más inverosímil es que a la mayoría la halaga el elogio sin más, no importa de quién provenga, no importa la escasa autoridad de su modo. Hoy no tiene eco la primera pregunta de Musil: “¿Y a quién más elogió?”.

Se lee a distintos escritores de distinto modo. Martha Argerich dice que uno escucha de distintas maneras en distintos momentos, y que por eso “hoy te gusta esto y mañana no”, y que por esa razón es tan difícil ser jurado. Un buen crítico no puede cubrirse los dos ojos ante la tradición (que contribuye a prolongar). Pasar por el canon, o una parte de él, antes de armar el propio, la propia biblioteca, es como pasar por un período figurativo antes de dedicarse al cubismo.

Una noble misión para un crítico sería la de ofrecer la de un lector como una vida que vale la pena anhelar. La imagen de una vida de lector como modelo alternativo al cupón existencial actual que rifa exhibicionismo, codicia y deshonestidad. Proponer como al pasar, sin énfasis exagerado, no la vida fotografiable de un artista, sino la de un lector devoto, invisible. ¿Y si convirtiéramos la crítica en un proyecto sigilosamente heroico?



Matías Serra Bradford