CULTURA MARILYNNE ROBINSON

La escritora preferida de Barack Obama

Con cuatro novelas en su haber, Robinson es considerada una de las grandes escritoras estadounidenses contemporáneas. El presidente de los EE.UU. la cita en sus discursos.

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Foto:Cedoc

La fe ciega de los estadounidenses en su propio pueblo es lo que los ha conducido históricamente a sus más grandes logros y a sus más estrepitosos fracasos. Incluso cuando la balanza de los hechos se inclina hacia la guerra y la crisis económica, los Estados Unidos saben cómo mantener una inquebrantable confianza en la humanidad. Esa es, sin dudas, una barrera que los separa de nosotros. Pero hay otras.
Estados Unidos es, por ejemplo, un país donde a veces los presidentes manifiestan abiertamente su devoción por escritores vivos, e incluso llegan a entrevistarlos en público. Así lo hizo Obama con quien es para él su escritora favorita: Marilynne  Robinson.

Robinson y Obama se encontraron por primera vez en septiembre de 2015 en la Biblioteca de Iowa y hablaron de democracia, de cristianismo, del sistema educativo, del estado de Iowa y del concepto de competitividad, entre otras cosas.“Uno de mis personajes favoritos en la ficción es un pastor llamado John Ames”, le dijo Obama entonces. “Me enamoré del personaje, me enamoré del libro, y luego tuvimos la oportunidad de encontrarnos en la Casa Blanca”. La ocasión fue la entrega de la Medalla de Honor de las Humanidades, en el año 2013. “Tus escritos me han cambiado fundamentalmente, y creo que para mejor”, le dijo el presidente aquel día.

Se refería a una obra compuesta por cuatro novelas y cuatro libros de ensayos.
Por Gilead –tal es la obra entonces citada por Obama–, Robinson ganó en 2005 el Premio Pulitzer. Es la primera de tres novelas situadas en un pueblo de Iowa y protagonizadas por pastores protestantes (las otras dos son En casa y Lila).
Gilead está escrita en primera persona. Se trata de una larga carta que el pastor John Ames, que tiene 76 años y está enfermo del corazón, dirige a su hijo de 7. Una carta que constituye su legado, donde le cuenta la historia del pueblo (Gilead), la relación con su joven mujer, y donde en primer plano está puesta la tensión entre los acontecimientos y la fe, como bien lo señaló el presidente en su entrevista de 2015. Es inevitable acercarse a esta novela pensando qué habrá interesado a Obama en su lectura.

Para empezar está Iowa. Iowa no se plegó a las leyes segregacionistas. Nunca se prohibieron los matrimonios interraciales, por ejemplo, y esto no es un tema menor en la trama. De hecho, el hijo del mejor amigo de John Ames (curiosamente bautizado John Ames) ama a una mujer negra y llega de regreso a Gilead en busca de un refugio que el pueblo no consigue darle. Obama –un intelectual, en propias palabras de Robinson– no puede haber dejado de sentirse interpelado por esta cuestión. Pero Gilead habla también de muchas otras cosas: habla de la guerra, y de la envidia, y de la transgresión. Habla de la dificultad, profundamente cristiana, de amar al prójimo como a uno mismo en un mundo de horror, con todos los dilemas morales que ponen en las vidas de las personas, no ya los gobiernos, sino los propios vecinos. Y también: de la dicha de estar vivo, del misterio, de las pequeñas cosas incomprensibles que nos hacen felices.

No hace falta tener fe en Dios para admirar la belleza de la prosa de Marilynne  Robinson. Porque se trata de una escritora que no deja nada al azar, que hila el devenir de su carta en apariencia fortuita desde la más sólida técnica pero, como todo gran escritor, hace que no se note. Y porque de vez en cuando no está mal aliarnos con nuestro lado norteamericano de las cosas y ver la vida, como lo hace ella, en todo su esplendor y en todo su misterio.



Mercedes Álvarez