CULTURA


La escritura de los muertos

PERFIL COMPLETO

Desde que a mediados del siglo pasado Maurice Blanchot emitiera su boutade, según la cual Mallarmé había escrito mucho más después de su muerte que durante su vida, el fenómeno no ha cesado de acrecentarse. La preparación de las obras completas de los autores reflejó con claridad esta tendencia, que suscitó variadas controversias respecto de lo que un autor verdaderamente suscribe. ¿Por qué los escritos íntimos, la correspondencia, anotaciones, bocetos, deberían formar parte de estas obras, cuando no estuvieron pensadas para su publicación? Sin embargo, ¿investigadores y lectores en general no tienen derecho a acceder a todos esos escritos complementarios que contribuyen a entender la génesis de una obra?

Hace tres años aparecieron en La Pléiade las novelas, los relatos y los ensayos de Kundera, quien taxativamente expresaba que el conjunto de los escritos que constituyen la obra de un autor está determinado por una decisión que le pertenece en exclusividad. Integraban esos dos volúmenes sólo los títulos elegidos por él. Personalmente creo que Kundera tiene horror de ver reeditados sus poemas de amor y de militancia escritos a sus 20 años. Este concepto es un poco inocente, si atendemos a lo que ha sucedido con las Obras completas de Borges.

Borges consideraba que para esta edición él tenía derecho incluso a modificar los textos que se habían publicado mucho tiempo atrás. “No me voy a hacer un juicio a mí mismo, ¿no?”, respondió cuando se le preguntó al respecto. En una entrevista que le realicé, consultado sobre los libros que no había incorporado, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza, contestó que definitivamente no los quería ahí, y en relación con uno de ellos dijo que “desde el título era un error”, burlándose él mismo del tamaño de la esperanza. Su viuda rehízo por completo el contenido de estas Obras completas, y estalla de furia cada vez que aparece algún libro que contiene material cedido por el autor y que ella no controla. El largo litigio que tuvo con Gallimard ilustra muy bien que ahora estas obras son de su propiedad.

Pero en verdad, ¿un autor tiene dueño? Kafka y Pessoa constituyen modelos prístinos de esta problemática. Sus espíritus visitan ahora a individuos, familias, naciones y al mundo entero.

*Ensayista.



Miguel Espejo