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La escuela como el presidio

No hay nada más cierto: la escuela tiene el mismo encanto que el presidio. Eso es claro. La de literatura se llamaba Lapuista.

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No hay nada más cierto: la escuela tiene el mismo encanto que el presidio. Eso es claro. La de literatura se llamaba Lapuista. No le importaba nada de nada, por eso se movía de esa forma. Lapuista, una chispa en zigzag sobre el aula. Era enérgica y delicada, apenas gruesa. Combinaba, como jamás vi en mi vida, una fragilísima evanescencia con lo más inmediato –lo más cerril– de la materia: una especie de Sofía Loren en Amor, muerte, tarantela y vino. Había egresado del Joaquín V. González junto a una multitud de docentes optimistas. Pero ella era diferente, única. Pura perspicacia. Explicaba asuntos que no me importaban en lo más mínimo –los cantares de gesta, por ejemplo– y maduraba un crescendo dramático –tenía algo de cantante lírica– que terminaba inevitablemente en clímax. Esa mujer, hoy lo veo claro, era Shakespeare en una escuela piojosa de Villa del Parque.

Nosotros la merecíamos. Era el cuchillo que afilábamos semana a semana. No queríamos complicaciones a la hora del degüello. Por aquella época, habíamos descubierto una forma de salir a la terraza de la escuela. Ese lugar era una metafísica, el grado 0 del poder, un pedazo de periferia en el centro de la institución. Allí no llegaban las amonestaciones ni el imbécil de Müller –un preceptor autoritario de apellido alemán, pura tautología–. Eramos cuatro y no hacíamos nada malo. Escapábamos de alguna que otra clase, eso era todo. Fumábamos un poco y tomábamos sol. Y, cada tanto, mirábamos otras terrazas del barrio o largábamos escupidas al patio. Cuando ganamos confianza, llevamos una petaca de Bols. El alcohol y el esmowing resultaban indispensables para la transgresión. Jamás pensamos en Lapuista como un riesgo, nos había hechizado con su danza de madonna renacentista. Por jactancia –orgullosos de la belleza que concede la desobediencia–, buscamos que se enterara de nuestra osadía. Fue fácil, el entramado de buchones es clave en el mundo. Nos sorprendieron in fraganti un miércoles a las 10 de la mañana. Ella había sido la autora intelectual, sin duda alguna. Los cuatro implicados corrimos diferentes suertes. Nos expulsaron a dos, nuestro prontuario era casi idéntico. Ese año fue uno de los peores de mi vida.

*Escritor. Su último libro es Hospital Posadas (Eterna Cadencia, 2015).

Jorge Consiglio