CULTURA BLANCO Y NEGRO DE CARLOS CRUZ-DIEZ

La eternidad del instante

A manera de muestra retrospectiva, se presenta por primera vez en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (Macba) la obra del magnífico fotógrafo venezolano Carlos Cruz-Diez, lo que permite calibrar el grueso de un “work in progress” que ha sabido ganarse un sólido prestigio en el arte popular contemporáneo a nivel regional.

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Foto:MACBA

La exhibición de fotografías en blanco y negro de Carlos Cruz-Diez es un hecho provocativo. No sólo por el valor de archivo de esas imágenes que el artista venezolano comenzó a sacar en los años 40, cuando era muy joven. Por un lado, esa serie de más de cincuenta fotografías que van desde escenas tradicionales venezolanas de fiestas populares hasta los viajes, a Europa y Nueva York, es un registro de la cultura. Una mirada que se detiene y crea el studium, ese valor racional y hasta universal que tiene una fotografía, según Roland Barthes: “Que no quiere decir, o por lo menos no inmediatamente, ‘el estudio’, sino la aplicación a una cosa, el gusto por alguien, una suerte de dedicación general, ciertamente afanosa, pero sin agudeza especial”. Por otro lado, un catálogo de una búsqueda artística en el interior de su propia biografía. Significativamente, no hay rastros en ellas que presagien al artista que se hizo conocido por su filiación con el arte cinético y sus estudios sobre el color. La única asociación posible, en esa figura de autor, en esa marca que va a formar una “obra”, es la ausencia. De color, en este caso. Cruz-Diez fotografió durante varias décadas en blanco y negro las imágenes que luego él mismo reveló. Asimismo, este representante del arte óptico en el que se iba a transformar a partir de los años 60, cuando se instala definitivamente en París, logra activar el punctum. Justamente porque es lo que se escapa a la conciencia soberana que gobierna a lo controlado del primero, el punctum es la flecha que se dispara de la imagen y combina la instancia creadora con la contemplación: “Es pinchazo, agujerito, pequeña mancha; es ese azar que en la fotografía me ‘despunta’ (pero que también me lastima, me punza)”. ¿Y qué sería en este caso lo que se escapa y nos (lo) hiere? En las dos series, la venezolana y la de los viajes a Europa y Estados Unidos, como las dos líneas de vida que cruzan su figura de artista. La Parranda de San Pedro, con esos hombres vestidos de mujeres que cada 29 de junio salen a las calles a cantar para mantener la promesa que María Ignacia, una esclava, le hizo al santo que salvó la vida de su hija. Y cantan: “Buenas tardes, doy señores,/ buenas tardes, vengo a dar./ La Parranda de San Pedro,/ que les vengo aquí a cantar./ Baila, baila, María Ignacia/ como tú sabes bailar./ Baila, baila, María Ignacia/ como tú sabes bailar”. También, en los disfraces de la Burriquita, otros señores disfrazados de burras que bailan en las calles para celebrar la Navidad y en los de los diablos de Yaré que pelean con Dios en la fiesta de Corpus Christi.

Pero las fotos de Cruz-Diez se alejan sabiamente de lo antropológico o de la curiosidad. Por el contrario, son una mirada silenciosa y expectante que participa de la celebración y, como pensaba Kafka, “fotografiamos cosas para alejarlas de nuestra mente”. Porque en la otra se termina de moldear esa impronta del artista latinoamericano de mediados del siglo XX que hace del viaje parte de su formación. Mucho más abstractas, Cruz-Diez saca edificios, monumentos y algunas personas. Que son los artistas con los que se encuentra: Jean Tinguely, Jesús Soto, Alexander Calder, entre otros. Hasta que se encuentra con Le Palais idéal du facteur Cheval (“El palacio ideal del cartero Cheval”), esa construcción que le llevó 33 años al cartero Ferdinand Cheval (1836-1924).

La piedra inicial fue la que pateó en uno de sus recorridos laborales, y luego fue juntando las demás. Ese es el palacio donde habita la imaginación de la infancia. Al que los surrealistas fueron una y otra vez a tocarle la puerta para poder entrar.



Laura Isola