CULTURA ‘EL CIUDADANO ILUSTRE’


La ficción dentro de la ficción

El lanzamiento, junto con el estreno del film, de la novela El ciudadano ilustre, de Daniel Mantovani, revela una apuesta por prolongar la historia más allá de la película.

Ficcion y ficcion. Los realizadores del film, Gastón Duprat y Mariano Cohn.
Ficcion y ficcion. Los realizadores del film, Gastón Duprat y Mariano Cohn.
Foto:Cedoc Perfil
Estrenada la semana pasada en todo el país, la última película de Gastón Duprat y Mariano Cohn, El ciudadano ilustre, protagonizada por Oscar Martínez, quien obtuvo la Copa Volpi al mejor actor en el Festival de Venecia, no sólo viene liderando la taquilla, sino la incomprensión de buena parte de la crítica. En El ciudadano ilustre, Martínez encarna a Daniel Mantovani, un cascarrabias e inconformista Premio Nobel de Literatura argentino radicado en Barcelona que, ante un vacío creativo de varios años, decide aceptar una invitación que le llega de Salas, su pueblo natal de la provincia de Buenos Aires, del que se marchó a los 20 años y al que no volvió más, pero que se transformó en el universo de sus novelas. Entre el thriller y el drama, la comedia negra y la crítica social, el grotesco y la caricatura, la película propone una especie de metáfora irónica acerca de la sociedad argentina (condensada en la mediocridad gris e hipócrita de los habitantes de Salas) a través de un viejo recurso narrativo: la ficción dentro de la ficción.

El lanzamiento, junto con el estreno del film, de la novela El ciudadano ilustre firmada por Daniel Mantovani y publicada por Penguin Random House, revela sin equívoco posible que los directores y el guionista (Andrés Duprat) apuestan a prolongar esa ficcionalización más allá de la película, lo que muy posiblemente carezca de antecedentes. El libro es un perfecto simulacro de la nueva novela del Premio Nobel de Literatura argentino –“El esperado regreso del gran autor argentino” dice la oblea de la tapa–, cuyas solapas de cubierta llevan su foto (la de Martínez), biografía, bibliografía, premios y un fragmento del texto de la Academia Sueca que se leyó en la ceremonia de entrega del Nobel. En ella, según el prólogo del film, Mantovani se mostró muy poco simpático con los reyes y el público de burgueses y pequeñoburgueses que, de todas maneras, aplaudieron su insolencia como si se tratara de una licencia poética. En cambio, los pobladores de Salas, más simples y conservadores, dejarán pronto de aplaudirlo y pasarán a hostilizarlo en una escalada cada vez más violenta.
         
La novela El ciudadano ilustre, con todos los elementos de un logrado guión de cine (prosa fluida, transparencia visual, agilidad en los diálogos, acción continua), pese a que se narra en primera persona, constituye simplemente el argumento central de la película, desde que Mantovani recibe la carta con la invitación oficial para visitar Salas hasta el sangriento final. La película juega con las fronteras borrosas y ambiguas entre ficción y realidad, ya que el autor (citando una frase de Nietzsche: “No hay hechos, sino sólo interpretaciones”) se niega a declarar si la historia se basa en “hechos reales” o es pura imaginación. En realidad, se trata de una ficción dentro de la ficción acerca de un Premio Nobel de Literatura argentino, potenciada con la publicación de la novela, prácticamente un duplicado del film (o a la inversa), y un angustioso relato que se sostiene por sí mismo.