CULTURA MUESTRA

La forma exacta de los objetos

En la galería Miranda Bosch, los artistas Augusto Zanela y Luis Rodríguez seleccionaron una serie de piezas que exploran distintas relaciones entre materiales, formas, puntos de vista y tránsito; todo aquello que podría llegar a entenderse como una relación espacial. Juegos sensuales con el espacio.

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Foto:Gentileza galeria Miranda Bosch

Para ver las obras de Augusto Zanela hay que buscar el punto de ventaja. Ese lugar privilegiado, el sitio preciso que necesitan nuestros ojos para acomodar todas las partes en las que se descomponen las piezas que el artista somete a una perfecta anamorfosis. Si sabemos eso, antes de entrar a la galería en la que está mostrando Mambo, su actual exhibición, ya tendremos algo de adelantados, de pequeños conquistadores de una experiencia en la que mirar es menos un proceso físico que un principio mental. Asimismo, Zanela no está solo sino que comparte espacio con Luis Rodríguez. Componen Mambo de a dos. Para rotar, girar y repetir sobre una misma idea, obsesiva, machacona y potente que tiene a la geometría y los cálculos matemáticos como motores del pensamiento.

Augusto Zanela despliega todo su saber de arquitecto en las composiciones que realiza. También le suma sus conocimientos de fotógrafo. En partes iguales, esas dos disciplinas convergen en la manera que viene construyendo sus instalaciones: hacer obra sin construir y revelar imágenes desde el pensamiento. Para ello, desarrolla un mecanismo que va desde la adopción de un sistema, la apropiación de un espacio para llegar a la obra en sí. De eso se tratan las dos obras realizadas con cinta en la planta baja y el primer piso del magnífico edificio de la Galería Miranda Bosch, y también una instalación de luz y otra de video. Para las dos primeras, Zanela “toma”, al mismo tiempo, las paredes y los ambientes de manera efectiva e inmaterial. Las esferas geodésicas abarcan columnas, paredes, puertas, y se derraman hasta en el ascensor. Zanela, que se pone los límites en los colores y materiales (usa cinta de enmascarar de fabricación industrial), se desborda en las posibilidades de ver y mirar. Porque, además, se desliza hacia la tradición del arte con el recurso de la anamorfosis desde Piero della Francesca y Holbein hasta Miguel Angel, y lo vuelve contemporáneo. En el camino y en la realización van quedando huellas de esto, como las migas de pan que marcan el sendero o, mejor para este caso, el hilo que nos permite salir del laberinto que, como sabemos, Dédalo fue su hábil constructor.

Rodríguez es un ilusionista a su modo. Las líneas que dibuja en la pared entablan un delicado diálogo de forma y de fondo. Las trampas para el ojo que nos tiende son eficaces y seductoras. Los trabajos, a su vez, refieren a dos escuelas artísticas que logra unir, pero no mezclar: el arte óptico y el arte en un sitio específico. Las tramas onduladas que dibuja a mano en la pared hablan de su doble inserción: el trabajo manual para la composición que resulta casi mecánica. A eso se le suma la extensión de este pensamiento en otros materiales: el espejo y el vidrio. Ambos proyectan la idea, como fractales en el primer caso y como formas orgánicas para el segundo. Los dos son duros y lisos, fríos y sobrios. Y en su cualidad de borrar las huellas, tal como los identificaba Walter Benjamin en Experiencia y pobreza, está su potencial de que nada se mantiene firme. 

Entre las curvas de Rodríguez y las esferas y cubos de Zanela quedamos atrapados de la misma manera que Lacan pensaba que lo hacía la anamorfosis. En el análisis del cuadro Los embajadores, de Holbein, el pensador francés precisaba: “Estamos en el cuadro literalmente llamados, y aquí representados como capturados”. Tanto en uno como en otro, la “llamada” a acomodar la vista y a ver desde un punto y no otro tiene algo de juego perverso. La paradoja de una mirada, que en el intento de aprehender el sentido es capturado por esa mirada que lo precede. Lograr la forma exacta de los objetos es, al mismo tiempo, caer en las redes del artista.



Laura Isola