CULTURA GABRIEL GARCIA MARQUEZ (1927-2014)

La herencia del majestuoso hechicero

El Premio Nobel colombiano murió este jueves, a los 87 años, en la ciudad de México. Oriundo de Aracataca, cosechó fama mundial con su novela “Cien años de soledad”, considerada la obra más representativa del denominado “realismo mágico”. Su visión de la política regional lo alejó de algunos colegas, con quienes mantuvo encendidas polémicas.

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Foto:Cedoc Perfil

Bien sabido es que la fama, ramera alevosa de todos los puertos, suele estar cimentada en múltiples malentendidos. En el caso de las letras, el fulgor que despiertan ciertos autores consigue –en vida de sus creadores– devorar la obra, dejando para el mangoneo y la parodia la figura del autor, generalmente lo menos interesante cuando se trata de literatura.

En el caso de Gabriel José de la Concordia García Márquez –en cuyo nombre se anunciaban ya la desmesura tropical de su lenguaje y los personajes sacados de un mundo maravilloso que vive en éste–, su suerte se decidió de manera temprana, cuando luego de demostrar que se trataba de un periodista de fuste y original, y habiendo publicado un puñado de relatos fecundos y un par de prometedoras novelitas –La hojarasca y El coronel no tiene quién le escriba–, publicó en Buenos Aires Cien años de soledad (1967), un éxito inmediato de librerías que lo catapultó a la fama internacional y cambió para siempre la literatura en lengua española.

Y es que, como si no se hubiera dicho lo suficiente, García Márquez fue el padre indiscutible de lo que dio en llamarse realismo mágico, que entraña, según la opinión de Alejo Carpentier, la sustancia misma de nuestras costas: “Lo real maravilloso nuestro es el que encontramos en estado bruto en todo lo latinoamericano. Aquí lo insólito es cotidiano…Sólo tenemos que alargar las manos para alcanzarlo”.

Lo esencial de la obra de García Márquez radica en el cruce donde el apetito y el ensueño de los occidentales, una vez descubierto el Nuevo Mundo, origina un continente lleno de magias y prodigios que desde tiempos de la conquista dibujarán el horizonte. Seres fantásticos hechos de carne de leyenda que le darán a esta tierra su tono único y sorprendente.

En su fascinante discurso de aceptación del Premio Nobel, Gabo, como lo llamaban sus amigos, da cuenta de un lugar –Las Indias– donde viven seres extraños cuyos mares están poblados por auténticas sirenas, selvas lúbricas y abigarradas costas tropicales que desbordan las gramáticas conocidas: lugares donde el oro es tan vasto como las estrellas. Las Indias fueron un botín para enriquecerse corrompiendo y, sin embargo, son también el lugar de una auténtica conquista: el mestizaje, que en la prosa de García Márquez alcanza su más grande esplendor. Porque es ahí donde radica la principal riqueza de su obra, en la dichosa herida con que ofrenda y transforma el castellano. Es él, con sus amores coléricos y endemoniados, con sus Delgadinas Eréndiras Desalmadas y aquellos viejos de alas enormes, quien hace de nuestra realidad un mundo henchido, posible y desbordante. García Márquez cinceló el mundo fantástico de los negros, los indios y los europeos que al mezclarse le dieron el rostro decisivo al continente latinoamericano. Fue él, con su delirio, quien nos hizo a todos un poco más reales.

En el discurso referido, escribe al respecto de nuestra vida y de su obra: “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad”.

García Márquez fue dueño de un talento incomparable que, en más de un sentido, debió ser también una maldición: Midas pereció por la incapacidad de comer los frutos de su talento… pero nunca perdió su encanto.

Ahora, en esta hora aciaga en que el rey ha muerto, quedan para nosotros las selvas y los mares, los ejércitos y las lágrimas de todas las mujeres que nacieron, murieron y vieron llover amando en Macondo



Rafael Toriz