CULTURA

La intimidad de un viajero al desnudo

Célebre por haber ensanchado como nadie la tradición de los ingleses viajeros —y también por haber escrito una de las obras más originales de la segunda mitad del siglo XX— se publican en español la totalidad de las cartas de Bruce Chatwin (1940-1989), un testimonio que permite conocer los entretelones de un alma gitana al que sólo una muerte temprana pudo orillar de las maravillas del camino. Con su libro “En la Patagonia” construyó el tesmonio lírico más fuerte y entrañable del fin del mundo.

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Foto:Cedoc

Variadas y arteras son las formas de las que disponemos para profanar la memoria de los muertos; entre las peores y más injustas, destaca la de hurgar en sus efectos personales, es decir, en la intimidad que todo ser humano guarda para sí y acaso para un puñado de incondicionales, ante quienes uno fue, en ocasiones, uno solo y sólo el mismo.

En el caso de los escritores, esa distancia natural entre lo propio y lo ajeno suele ser muy delicada, puesto que la línea que separa lo público de lo privado y de lo íntimo resulta aparente o, en el mejor de los casos, artificial. Para los acostumbrados a desnudarse por escrito no puede quedar nada en secreto pero, ¿no merece acaso el criminal la potestad sobre su muerte? Un escritor, como cualquier hijo de vecino, también esconde sus secretos, y posee, desde mi perspectiva, el derecho a decidir qué es lo que muestra y lo que oculta de sí mismo.

La publicación del libro Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin obliga esta pregunta, puesto que la idea de semejante experimento editorial fue de su biógrafo, Nicholas Shakespeare, con el apoyo de su viuda, Elizabeth Chatwin, y por eso resulta inevitable señalar que NO se trata de un libro del golden boy, sino un montaje del biógrafo, que en efecto puede ser leído como la segunda parte de su obra titulada Bruce Chatwin, publicada en 1999.
Esta aclaración resulta indispensable porque si bien la correspondencia de autor supo ser un robusto género de la prosa en el S. XIX y XX, en el libro preparado por Shakespeare no prima la intencionalidad literaria, como en caso de la correspondencia entre Flaubert y Turgueniev, por decir algo, o en las cartas de Cortázar, por decir alguien.

Para sus lectores absolutos, toda suerte de groupies y otros metiches de hondo calado, el libro es un instante dichoso, puesto que permite conocer un flanco desconocido del autor; aquellos pasajes donde duda o es arbitrario, párrafos donde queda expuesta una vanidad reiterativa y grandilocuente, cartas donde es expuesto como un mentiroso y un ególatra, no pocas veces con ese tonito sobrado y odioso característico de los ingleses. Por ello es forzoso recordar que el autor de las cartas no pensaba publicarlas (no hay que conocer toda la literatura de Chatwin y su idea de la prosa para saber que él no habría dado a la luz la mayor parte del material). El hecho de que hasta la página 91 se trate de misivas anodinas e insustanciales –propias de un niño que relata el día a día a sus padres– mueve a pensar por la mirada hierática de Shakespeare con su objeto de estudio, lo que termina por no hacerle un favor a nadie.

Por fortuna, el tomo va de menos a más, y ya de adulto, algunas de sus cartas son verdaderos ensayos, como la que le escribe a Tom Maschler –previamente publicada en su libro Anatomy or Restleness. A través de flashazos, propios de quien piensa en voz alta y es sensible al arte de la conversación, bosqueja algunas definiciones: “los vagabundos y otros marginales no pueden considerarse nómadas, sino más bien trotamundos. El deambular nómada obedece a un propósito, y suele circunscribirse a un territorio o una extensión que se ven como propios. Los trotamundos van donde los lleva el viento. A mi me parece que los miembros de la jet set son tan trotamundos como los vagabundos. Al fin y al cabo, ambos son parásitos”.

Con un enorme capacidad para la narración, es en su talento para describir tipos humanos donde refulge su maestría: “Maurizio es un hombre de muchas caras, arqueólogo a medias, contrabandista, miembro de la Internacional Socialista y, según él, gran amante….Está comprometido con una chica de Andover, a la que llama el pájaro Wessex, lo cual no implica que no tenga otros pajarillos en todas las ciudades europeas que te puedan venir a la mente”. Y su elegante manera de cerrar las cartas con frases de inusitada poesía: “las ovejas eran del mismo tono que la hierba moribunda. Había un arco iris que iba de una esquina a otra y, debajo, el viento se levaba una bandada de grajos de un lado para otro, como si fueran diamantes negros, resplandecientes”.

Algo debe decirse, empero, a favor de la obsolescencia de la carta, y es que la instauración del tiempo al interior del tiempo que prodigaban –el hecho de escribirlas, esperarlas, recibirlas y contestarlas– nos habla en el presente de un mundo prehistórico. La carta, por naturaleza, otorgaba presencia al ausente y, para quienes no conocían al emisario, permitía un acercamiento fugitivo a una personalidad imaginada. Por ello las cartas se leen con amor o con tristeza, son un sentimiento que se atesora, se arrulla junto al pecho, escóndese bajo la almohada o se hace trizas entre lágrimas con los ojos encendidos por el fuego. Las cartas, como las fotos de los muertos, son algo definitivo, y por ello pertenecen a un mundo que ya no existe.

Alcanzada la madurez, es evidente que Chatwin es un gigante, un auténtico fenómeno, inigualable. No sólo se pasea literalmente por el mundo como por su cuarto, sino que parece saberlo todo, desde la perspectiva de un esteta consumado al que la belleza ha bendecido con sus misterios más profundos y perdurables. No es difícil comprender la fascinación que produce su personalidad en todo el mundo: apuesto, bisexual y con formación de arqueólogo, Chatwin encarna el mito de Indiana Jones, ese explorador articulado e infatigable que conoce el nombre, las historias y el encanto de todo lo visible y lo invisible. Chatwin es endemoniadamente culto, un bon vivant avant la lettre; se mueve lo mismo entre bereberes del desierto que a orillas del lago de Chapala; cena con Jacqueline Onassis y platica días y madrugadas enteras con Werner Herzog; vive la vida al límite, va a los confines del planeta y siempre vuelve cargado de tesoros, que comparte generoso.

Luego de la publicación del instantáneamente mítico En la Patagonia, su popularidad y prestigio no dejaron de crecer, como lo testimonia una de sus cartas: “He participado en Londres con Borges y Mario Vargas Llosa en un programa televisivo de entrevistas. Vargas Llosa y yo tenemos algo en común: los dos hemos escrito sobre un pueblo brasileño que se llama UAUA…Yo había pensando que se sería buena idea charlar sobre lo inhóspito que es UAUA, pero él no era de la misma opinión ¡y en cuanto lo enfocó una cámara pasó de persona alegre y amena a escritor como figura pública! Por descontado, los dos cerramos la boca sumisos cuando hizo su aparición el mago de Buenos Aires, y a partir de entonces cualquier intento de mantener una conversación quedó ahogado por un torrente de hermosos versos ingleses del siglo XVII y versos castellanos igual de hermosos”.

Al igual que Werner Herzog, Chatwin tiene un vivo interés por los animales y sus pequeños, infinitos dramas. Creo atisbar la razón: el que sale de viaje dispuesto a recorrer el mundo con su cuerpo, termina por reconocer a su animal interior, ese mono errabundo y melancólico quien, con inquietud infinita, se ha hecho a los caminos en pos de los misterios que en buena lid le pertenecen.

Por ello las cartas que revelan al mago son conflictivas, una argucia que él no habría podido tolerar. Y es que todos los viajeros auténticos son mitómanos, pero no a la manera del mentiroso que esconde o engaña: el viajante edita la realidad, embelleciéndola, porque sabe que ningún viaje está completo sin el relato para el otro. Y al otro se lo seduce.

Acaso Chatwin, moribundo, llegó al son del corazón: “la búsqueda de los nómadas es la búsqueda de Dios”.

 

Dos cartas a Susan Sontag sobre Malvinas

3 de abril de 1982
Querida Susan:
Londres es un buen sitio para estar esta semana, con el espectáculo de los comunes y los lores clamando al unísono que se envíe una ARMADA (sí, como la Armada Invencible) de cuarenta barcos para recuperar las Malvinas. A veces pienso que la gente ha perdido la cabeza. Lo más probable es que cuando lleguen los isleños se hayan largado ya al continente.
Me encantó nuestra cena de achuras y espero que se repita. Nuestro amigo Calasso te manda recuerdos: estoy intrigando para que consiga publicar El día de juicio de Satta. George Steiner la proclama una de las obras verdaderamente grandes de este siglo, etcétera.
No te olvides de avisarme si vienes a Francia o a Italia, si es que vienes. Por otro lado, me planteo muy en serio la idea de Berlín; podría ser ideal para el siguiente proyecto que tengo en mente.

13 de mayo de 1982
Y pensar que hoy cumplo cuarenta y dos años:
Querida Susan:
Puede que la temporada de cenas de Nueva York esté tocando a su fin, pero aquí, en Londres, tenemos una gran Cena con la caza de la temporada. Los ingleses, que han encontrado en un puñado de generales pseudofascistas tres al cuarto a SU ENEMIGO IDEAL. Y han probado sangre, ahora aúllan pidiendo más. Por detrás de la retórica, por detrás de la palabrería de “conseguir que el mundo sea un lugar seguro para la democracia”, se oye el gañido de la jauría. En fin, sospecho que todo va a acabar muy mal…Espera a que empiecen a salir guerrilleros como los montoneros, quizá, en Londres.
Yo he soltado un discursito para la radio australiana, he escrito un artículo por aquí, etcétera. Luego ha salido En la Patagonia en Italia y los críticos han descubierto algo que yo había olvidado: en el penúltimo párrafo un chico de las Malvinas dice: “Ya es hora de que nos ocupen los argentinos. Esta maldita consanguinidad.” Se ha interpretado como un ejemplo de que la historia imita al arte y ya puedes imaginarte el disparate que ha seguido: entrevistas en la televisión y demás, diez minutos enteros en las noticias de la noche y unas imágenes en las que no salía la gente refinada de Buenos Aires, sino unos indios del Amazonas construyendo los tejados des sus cabañas con hojas de palma.
Calasso te manda recuerdos. Los dos coincidimos en el carácter grotesco de la reacción ante tu afirmación (Sontag había afirmado en NY hablando de Polonia que “el comunismo es el fascismo con rostro humano”) que había sido muy simple y, si me perdonas, muy evidente.



Rafael Toriz