CULTURA PEREZ-REVERTE, EL HOMBRE QUE AMABA LOS BEST-SELLERS

“La literatura tiene que ser, ante todo, eficaz”

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es un cazador de historias, o al menos eso es lo que él mismo asegura: “Yo cuento historias y los viajes me sirven para inventar escenas. Buenos Aires es una ciudad fantástica para eso”. Como sea, hablamos de un auténtico fenómeno de ventas a uno y otro lado del océano Atlántico. En diálogo con PERFIL, brinda acaso algunas claves del porqué del suceso.

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Foto:Cedoc Perfil
En uno de esos coquetos saloncitos que marcan la seña de identidad del decimonónico hotel Alvear, un escritor de best-sellers recibe una visita cada 23 minutos. Es el tiempo exacto que dedica a cada uno de esos reporteros atrafagados por la presión de la vida moderna. El escritor de best-sellers concede su mejor sonrisa, esa que no necesita adulterar quien lleva vendidos quince millones de ejemplares en medio mundo. Todo está minuciosamente calculado. Mientras el fotógrafo inmortaliza al escritor de best-sellers a la puerta del salón Embajador del Alvear (el siglo XVIII pervive en Recoleta), el reportero va tomando asiento y observa los restos de jugo de naranja en una hilera de vasos. Tantos jugos a medias, tantas entrevistas. Saca la cuenta rápido. Mientras termina la sesión de fotos, el reportero imagina una escena digna de un best-seller: una editorial convoca a dos docenas de periodistas culturales para que entrevisten a un célebre escritor bajo la excusa de la presentación de su última novela, pero el móvil es otro: el escritor precisa de un ghostwriter para urdir un engorroso encargo editorial de última hora. Y qué mejor casting que aquel en el que el aspirante no sabe que lo es. Algo así ya se le debió ocurrir a Tom Clancy en vida. En fin. La sesión de fotos ha concluido. Tres minutos y cuarenta y cinco segundos. Está pactado. Y los hombres buenos cumplen sus pactos.  
Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es un cazador de historias, o al menos eso es lo que les dirá a, digamos, 13 o 14 de los 26 o 27 periodistas con los que compartirá 23 minutos (ni uno más ni uno menos) de su vida durante su enésima estancia en Buenos Aires. Es un cazador nato: “Yo cuento historias y los viajes me sirven para inventar escenas. Buenos Aires es una ciudad fantástica para eso. Yo me puedo sentar a una mesa en La Biela y estoy ya cazando situaciones, personajes, diálogos…”. Al contrario que los escritores recolectores, los cazadores furtivos están siempre al acecho. Uno puede estar una mañana de otoño tomando un café en La Biela y… ¡zas!, aparecerá meses más tarde retratado en la nueva novela de Pérez-Reverte, el escritor más leído del mundo hispano, un auténtico pop-star de la literatura, imán de multitudes en cualquier feria del libro que se precie, incluidas las de América del Sur. Los miembros de la Real Academia Española (RAE) saben bien cómo se las gasta Pérez-Reverte. En Hombres buenos (Alfaguara, 2015), su nueva novela, inmortaliza a varios de esos académicos que comparten con él –traviesa letra T– tardes y charlas  lexicográficas en la casona de la madrileña calle de Felipe IV. Una novela en la que el autor de la saga de Alatriste reivindica el valor de la amistad y la semilla de esperanza que dejaron algunos hombres decentes, bondadosos, allá por el siglo XVIII, cuando las moscas y las sotanas campaban a sus anchas por ese poblachón ensanchado y sucio que era (¿y sigue siendo?) Madrid. En esa ciudad con más tinieblas que luces, dos iluminados reciben un encargo fascinante: viajar a París y conseguir los 28 volúmenes de L’Encyclopédie, la inabarcable biblia del saber de Diderot y D’Alembert, una obra prohibida en la España de la Inquisición. El bibliotecario Hermógenes Molina y el almirante Pedro Zárate serán los encargados de llevar a cabo tan colosal tarea. Quien quiera saber si lo consiguen o no tendrá que zambullirse en las 582 páginas del libro, marca registrada de la factoría Pérez-Reverte. Un extenso relato escrito con oficio: “Estoy contando una historia del siglo XVIII, cuando el hombre bueno era inocente y la esperanza estaba virgen. No puedo manejar conceptos del siglo XXI, por eso tengo que irme a los textos originales de la época, a Jovellanos, Moratín, campa… en España, y a Voltaire, Rousseau, Diderot… en Francia. De ellos extraigo material para poder construir diálogos y expresar conceptos de mis personajes”. En el proceso de documentación (“el más agradecido de todos los que componen la escritura, es como enamorarse”), el escritor cae en la cuenta de que buena parte de esos argumentos que pone en boca de sus personajes valen para el mundo de hoy y no han envejecido: “Selecciono aquellos que valen para explicar el presente. Con esos argumentos entendemos los fanatismos, la estupidez, la incultura de nuestro mundo de hoy”. Unos fanatismos que se gestaron en siglos precedentes y que han marcado el devenir de países como España e Italia (y, por ende, Argentina), donde la influencia del clero ha sido catastrófica. “La Iglesia como jerarquía tenía muchísimo peso. En otros países, la Iglesia no pudo impedir que las ideas circularan, pero en España la jerarquía eclesiástica yuguló desde la cuna esas ideas. La influencia del altar en el trono fue tan grande que hoy todavía vivimos en esa mazmorra”. Un entramado de fuerzas oscuras que ha impedido el desarrollo cultural de un pueblo a lo largo de los siglos: “Cuando la Enciclopedia llegó a España, tuvo influencia a nivel particular, porque nadie se atrevía a transmitir ese conocimiento de forma pública. La censura del libro fue fundamental. La novela justamente explica todo eso. En el siglo XVIII es donde están empezando las dos Españas”.
Cuando uno es un escritor célebre, cuando lo agasajan durante horas y le reclaman mil y un autógrafos y dedicatorias, las entrevistas de 23 minutos “non-stop” pueden llegar a ser un auténtico engorro. Pérez-Reverte, sin embargo, se toma el lance de una manera muy profesional. No hay un gesto hosco, no hay un desaire. Si no le apetece hablar de algo (las trincheras intelectuales en la Argentina de hoy, por ejemplo), sonríe y contesta con picardía que no tiene información suficiente para pronunciarse. Y cuando la pregunta es obligada, los conceptos, las ideas,  se ciñen a un guión ya conocido. Es inevitable. Por eso, la charla tiene algo de déjà vu, como diría D’Alembert. La técnica formal de Hombres buenos –una de esas preguntas obligadas– es nueva en la obra de Pérez-Reverte, una suerte de metaliteratura aplicada a la novela de aventuras. La voz de un narrador contemporáneo (“no soy yo, no soy yo”) se cuela en la historia para mostrarle al lector los mecanismos utilizados en el armazón narrativo de Hombres buenos. El piloto automático de Pérez-Reverte descarga la respuesta consabida: “Es la primera vez que utilizo esta estructura, pero no estoy desnudando mi corazón de novelista; es un mero recurso narrativo. De hecho, todo lo que cuento es inventado. Hay pasajes pesados en la novela, y decidí adoptar esa estructura para poder introducir elipsis, mecanismos para solventar los problemas que la novela me planteaba. No porque quisiera hacer metaliteratura. Yo soy un novelista profesional y esta técnica ya la conocía. Cada novela requiere un tratamiento específico. Yo cuento historias de manera profesional y quiero ser lo más eficaz posible. Esa es la palabra fundamental: hay que ser eficaz”.
No hay duda. La palabra para definir la literatura de Pérez-Reverte es ésa: eficacia. Así ha sido desde 1986, cuando publicó su primera novela, El húsar. A lo largo de treinta años, Pérez-Reverte ha logrado algo vedado a la mayoría de los escritores: una fiel legión de lectores. Dejó atrás veinte años de periodismo de acción para inventar ficciones. Y ha sido tremendamente eficaz en el empeño. Traducidos a varios idiomas, sus libros no pretenden cambiarle la vida a nadie pero sí hacérsela más entretenida. Sabe que más allá de su extraordinario talento para narrar historias, ha tenido la increíble fortuna de hacerlo cuando todavía el placer de la lectura estaba en boga. Hoy, quien lee un libro a la semana es un bicho raro. “En general, cada vez se lee menos, es un fenómeno global. La mayor parte del tiempo lo pasamos mandando whatsapps, y el libro ha dejado de ser un objeto necesario. Yo mismo dedico ahora menos tiempo a la lectura, antes leía todas las noches y ahora se me pasa el tiempo ojeando el correo electrónico o mirando algo en internet”. Internet. El final de la perorata de Pérez-Reverte da pie a una reflexión sobre ese fenómeno que también ha llegado a toda feria del libro que se precie: los “booktubers”. “El asunto es qué escribimos, no el medio. Internet no es malo, ahí está todo el saber, pero también toda la basura. Es útil si tenemos la capacidad de discernir, pero el ser humano ha perdido la curiosidad por saber; prevalece la ignorancia. Ahora nos importa más la novia de Maradona, por ejemplo, que leer un libro”.
Hombres buenos será un best-seller. Como lo fueron casi todas sus novelas precedentes. El oficio de escritor, sin embargo, debe adaptarse a los nuevos tiempos: “Si yo fuera a empezar a escribir ahora –advierte a los jóvenes letraheridos–, lo haría como guionista de series de televisión para poder vivir de la escritura”.
El fatídico minuto 23 ha llegado. El jugo de naranja, todavía a medias. Afuera espera ya una nueva visita. Tiene cara de ghostwriter. El escritor de best-sellers se prepara para otra sesión de fotos de tres minutos y cuarenta y cinco segundos. Y concede la mejor de sus sonrisas. Como todo hombre bueno.

Cesar G. Calero