CULTURA LECTORES DE FONDO


La persistencia del hábito

Como si se tratara de un ejercicio fenomenológico o, más precisamente, de decantación, la última novela de Mike Wilson –“Leñador”– obliga a replantearse, con la constancia de un “basso ostinato”, la pregunta por el ser de la lectura, esa forma de comprender el mundo que se juega la existencia en el fulgor de la mirada.

Wilson. Su padre es norteamericano y la madre, argentina, pero vive en Chile.
Wilson. Su padre es norteamericano y la madre, argentina, pero vive en Chile.
Foto:Cedoc Perfil
Hay preguntas que nos sobrevuelan con constancia, y que, por esa misma constancia, ese sobrevuelo insistente, nunca formulamos del todo. Preguntas que nos hacemos como muletillas, y que rondan la conciencia como esas canciones pegadizas que la mente no deja de loopear en silencio, cuando no estamos pensando en nada. Cada uno tiene las suyas, y les da la importancia distraída que les permite sobrevivir sin nunca alcanzar la muerte que implica una respuesta definitiva.
¿Por qué estoy leyendo esto?
Esa es una de esas preguntas que me rondan diariamente, entre pilas de manuscritos, novedades editoriales, libros buscados y felizmente encontrados y libros sólo y más felizmente encontrados, notas, entrevistas, comentarios en Facebook y todo tipo de textos que me llegan a las manos y a los ojos sin que necesariamente los haya pedido. Pero, estoy seguro, no es una pregunta que me atañe solamente a mí.
¡¿Por qué, por qué estoy leyendo esto?! Escritores, editores, periodistas, críticos, gestores culturales, profesores de Literatura. Curiosamente, la mayoría de quienes hemos terminado por dedicar nuestra vida, de una u otra manera, a los libros, nos vemos acosados por esta pregunta. Y digo que es curioso porque si terminamos acá, haciendo este tipo de cosas, fue porque en algún momento no necesitamos hacérnosla. Leíamos porque no podíamos dejar de hacerlo. Pero sea por los vicios del amor (gustos y sobregustos), del odio (disgustos que apuntalan el amor)  o por los vicios del oficio (deadlines y otro tipo de urgencias), hemos terminado por caer en la pregunta incluso sin siquiera reconocerla. Medimos nuestras lecturas por cantidad de páginas, por la extensión de los párrafos, abriendo el libro al azar y leyendo media página, yendo al final, atrincherados detrás de los juicios y prejuicios que hemos ido acumulando como callos que las más de las veces queremos hacer pasar por cicatrices. Y mientras tanto el lector que lee porque quiere leer, ese que a duras penas, a veces, logramos volver a ser, se sigue tirando a la pileta despreocupadamente.
¿Por qué estoy leyendo esto?
Mientras leía Leñador, la novela de Mike Wilson que acaba de editar para Argentina la editorial Fiordo, esta pregunta volvió a surgirme una y otra vez. Intimidante de por sí, calificable de ladrillo, ya en la primera página la pregunta plantó bandera: un narrador en primera persona nos dice escuetamente de dónde viene y a dónde ha ido a parar, a los bosques del Yukón. Ahí se une a un campamento de leñadores, quienes le dan un hacha. Acto seguido, línea en blanco mediante, hay una entrada. Hacha, dice, y luego se pasa seis abigarradas páginas describiéndola, parte por parte, detallando su mantenimiento y la manera de utilizarla correctamente. De ahí en más, el texto va y viene entre ese lacónico narrador y la vorágine descriptiva que construye el mundo en el que vive, pieza por pieza, con voracidad aspergiana.
¿Por qué estoy leyendo “Leñador”, entonces? En este extraño libro, Mike Wilson desafía al lector en cada página, lo empuja a formular abiertamente la pregunta una y otra vez. Con obsesiva y meticulosa precisión, entre la formalidad enciclopédica y wikipedista y el lirismo soterrado que subyace en todo proyecto que se lanza hacia el infinito, Leñador es el recuento de un mundo, más que el cuento (en esta ambición, en esta desmesura, se puede tentar un rastro genealógico con  Moby Dick). Y es en ese nombrar y enumerar, en esa catalogación que amenaza con no terminarse nunca, donde la pregunta repica en el vacío y nos llena de vértigo. Porque el desafío, el cruento y feliz desafío que propone la lectura de Leñador, no es encontrar una respuesta, sino olvidarse de la pregunta. Repetirla hasta el cansancio, hasta que desaparezca, hasta que sólo quede la lectura, la experiencia inefable de leer no para saber cómo termina una historia, cómo se construye una cabaña, cómo sobreviven las ranas en los inviernos de los helados bosques canadienses. Leer por leer. Leer porque no podemos dejar de hacerlo. Es como cuando el caminante logra abstraerse de la caminata y se limita a caminar. O como el corredor de su carrera. A sentir el pulso de la sangre, el flujo de sus pasos. Página a página, con Leñador la lectura se vuelve más solamente lectura, más experiencia, y entonces se puede sentir el pulso del lenguaje. La palabra haciéndose y deshaciéndose, y nosotros con ella. En algún momento, el punto límite de nuestra resistencia cotidiana se quiebra, y entramos en otra temporalidad. El aire es más vivificante para el caminante y el corredor cuando han superado la frontera del cansancio; el lenguaje es más estimulante cuando el lector supera el límite de sus hábitos.
Leer Leñador es, entonces, un salto a lo desconocido, Bolaño mediante. Desconocernos, desaprendernos como lectores. Y eso es un gesto político por demás interesante. De quien escribe, pero también de quien lee (no hay gesto político sin eco, sin diálogo).
¿Por qué estoy leyendo esto, finalmente?
A estas alturas, cuando es cada vez más difícil desprevenirnos, se vuelven más necesarios los libros que ponen en jaque nuestras prácticas de lectura, porque nuestras prácticas de lectura son marcas inconfundibles del mundo en el que vivimos. Del mundo en el que vivimos y aceptamos, más allá de todos nuestros berrinches. Jaquear o hackear esas prácticas, olvidar las preguntas que rellenan el silencio de todos los días, es una experiencia saludable, que nos tonifica. Porque entonces hay que afinar los sentidos y las convicciones para preguntar otra vez y mejor, qué es lo que queremos y qué es lo que no queremos hacer.

Ricardo Romero