CULTURA POR EL BOSQUE DE LOS SIGNOS

"La realidad no tiene sentido"

La reedición de dos libros capitales en el ámbito de la semiótica y el análisis del discurso –“Leyendo historietas” y “Semióticas”– invita a leer con lupa a uno de los mayores especialistas en América Latina en cómics y los entramados del humor gráfico nacional. Entrevista con Oscar Steimberg, un precursor fuera de serie.

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Resulta por lo menos llamativo: Oscar Steimberg, uno de los semiólogos e intelectuales de los medios y la comunicación más reconocidos de la Argentina, pasa sus días en una calle cuyo nombre es Pasaje del Signo. Desde un departamento atestado de libros, volúmenes ya inconseguibles y dibujos a mano alzada, Steimberg dialoga con la misma pasión con la que cuarenta años atrás comenzó a teorizar sobre los vaivenes de los discursos de la cultura popular en revistas como Literal, LENGUAjes, y en el Instituto Di Tella. Los nombres no son meros sustantivos en el mundo del sentido: Del Signo es una angosta calle de una cuadra de largo cuya tranquilidad se cuela en el ajetreo cotidiano del más urbano y familiar de los palermos. Casualidad o enlace premonitorio, Steimberg dedicó su vida al estudio de la complejidad de los signos, específicamente de aquéllos de circulación masiva. Fue uno de los primeros intelectuales en analizar las implicancias, los desvíos, las relaciones y los proyectos de la producción de la historieta, el cómic y el humor gráfico en el país, al tiempo que se volcó a una teorización compleja y arriesgada acerca de los medios periodísticos de consumo popular, logrando de esta manera un recorte inédito sobre aquellos géneros discursivos que normalmente son considerados “menores” o “bajos” por los estudios especializados acerca del arte, la cultura y la comunicación. La noticia son las reediciones actualizadas y aumentadas de Leyendo historietas, libro precursor que vio la luz en 1977, convertido en referencia ineludible para todo aquel que buscara interiorizarse acerca de la historieta argentina, y de Semióticas de los medios masivos, de 1993, bautizado ahora simplemente Semióticas. Ambos volúmenes constituyen un verdadero catálogo de estudios de mirada aún novedosa, escritos en un estilo intrincado pero ameno, académico pero humorístico, acerca de una multiplicidad de tópicos vinculados a la relación de la sociedad argentina con las producciones historietísticas y la prensa de circulación masiva.

En una época en la que se encuentran en auge las discusiones acerca del rol social que cumple la prensa, los textos de Steimberg cobran nueva vigencia al plantear un análisis de los grandes medios escritos no a través de sus opiniones o líneas editoriales sino planteando la existencia de proyectos periodísticos que suponen diferentes utopías en sus modos de proponerse ante el público: “Las utopías periodísticas han seguido vigentes desde su inicio, pero de manera parcial y mezclada. Hay en los proyectos periodísticos que se señalan en el texto una petición de principios que tiene que ver con un discurso de apertura que no puede abandonarse, que existe en la medida en que existe la sintonización de un tipo de lector con un tipo de diario. La utopía tiene sus zonas de complejidad, porque nadie puede adherirse a un modo de contar o interpretar lo que pasa de una manera permanente en el tiempo”, señala el autor. Tomando como base los proyectos editoriales de diarios precursores como La Prensa y La Nación, Steimberg delinea conceptos que se vuelven centrales para pensar la actualidad: “La Prensa, cuando salió, era total y absolutamente informativo. Casi apolítico, podríamos decir. Prometía dar la palabra a la opinión autorizada y no opinar. La Prensa dice que solamente va a informar. Eso es imposible: no se puede no tener opinión. La Nación, que sale un poco después, dice que será una tribuna de doctrina y se promete como diario político. Sin embargo, mostraba una gran apertura estética en sus suplementos literarios y artísticos. Había un cierto aburrimiento en La Prensa, que tal vez podía caer bien. El aburrimiento puede ser algo positivamente considerado por algún tipo de lector que quiere un diario que le dé la sensación de que la noticia, es decir la ‘realidad’, le va a llegar como si el diario no existiese, como si fuese transparente. En realidad, la posición política de La Prensa y de La Nación siempre fue la misma: los dos estuvieron contra Sarmiento, a favor de Mitre, los dos tuvieron la misma posición nítida en cuanto a izquierdas y derechas, ambos fueron antiperonistas. Pero había un diferencial: hacían promesas distintas. Luego sale La Razón, ya en el siglo XX, que tiene otra utopía: la de ser enteramente transparente. No promete darle la palabra a nadie: unos y otros podrán aparecer, el diario no tiene opinión ni jerarquiza las opiniones. Por supuesto que no podía ser cierto. Hasta tal punto no era cierto que estuvo a favor de los nazis. Yo hablo de utopías, no de verdades”, se explaya Steimberg, que también escribió varios libros de poemas.

A su vez, el autor no puede dejar de referirse a los grandes proyectos periodísticos de la prensa escrita actual, donde los cambios en el pacto fundacional entre medio y lector también se encuentran a la orden del día: “La utopía tiene que ser compartida. Por ejemplo, la de la posibilidad de una comunicación popular. En el caso de Clarín, eso está desde el primer momento. Se presenta como una prensa popular desde características formales que funcionaban como signo. Tener colores era de diario popular, y costaba la mitad que los otros diarios. Pero también tuvo una palabra política más explícita que los otros diarios populares. Luego, con el correr del tiempo, Clarín empezó a ser un diario que intenta asumir ciertos aspectos de la modernidad periodística. La utopía que proponía era bastante parecida a la de La Prensa: un diario que muestra la noticia. En los últimos años la opinión empieza a aparecer de todas las maneras, directas o indirectas, desde la primera página. Es un abrupto cambio que abre una nueva etapa. Clarín era un diario que quería resguardar la posibilidad de hablar exclusivamente en lenguaje neutro. Eso fue cambiando a lo largo de los años, y en el último tiempo tuvo un cambio fuerte”, analiza.

En los textos, Steimberg realiza una historización acerca de los cambios que sufrieron los suplementos culturales desde su aparición hasta los años 90, momento en el que se definieron los formatos que, aun con variaciones, se sostienen hasta la actualidad: “Cuando yo era chico, los suplementos literarios de La Prensa y de La Nación eran casi los únicos suplementos de los diarios –señala el autor–. Había la posibilidad de entregarse a la lectura de un material que no era necesario para los intercambios de la cotidianeidad, ni para la realimentación de la posición y de la palabra política. Con el correr de los años, todos los diarios se acercaron a la idea de diarios de suplementos. Hoy hay suplementos que son una hoja doblada, y el lector tiene que componer la serie. Eso hace que los suplementos culturales cambien de estatus, en la medida en que vendría a ser otro de los múltiples cambios de los órganos periodísticos. Quien tiene que organizar el diario, componerlo y ponerlo en serie es el lector, porque es como si le entregaran un material que no se ha terminado de hacer. Uno podría decir que en aquellos tiempos no había necesidad de olvidar que, después de todo, uno sigue leyendo el mismo diario. Hoy, cada uno de los suplementos ha perdido esa condición de seguridad, esa tranquilidad con que mostraba y transmitía su material. Cada diario de alguna manera sostenía que había un pacto con su público. Ahora es como si ese pacto debiera renovarse todo el tiempo”.

La mediatización de la idea de que existe un “relato” en disputa acerca de la realidad no escapa a las teorizaciones de Steimberg respecto de los diversos modos a través de los cuales se construye sentido: “La realidad no tiene sentido. Nunca lo tuvo ni lo tendrá. Tienen diferentes sentidos los relatos que se construyen acerca de ella, más o menos verdaderos no en relación con el conjunto de la realidad sino con memorias de la experiencia. Hay relatos que dan cuenta de las experiencias compartidas y hay otros que las ocultan. Pero nadie se maneja sin ellos, para ponerse de acuerdo o para discutir con los otros. Porque la realidad, ella sola, no cuenta nada, no guarda el sentido de ninguna acción. Entonces es de atender la posibilidad de que haya relatos múltiples. Creo que los debates sobre la Ley de Medios tendrían que leerse en relación con el valor de esa posibilidad, y no solamente con el tema general de la libertad de expresión”, opina Steimberg, en tanto cae la tarde en el Pasaje del Signo, cuyo misterioso nombre hace los honores no a Ferdinand de Saussure sino a Norberto Javier del Signo, un abogado cordobés que en tiempos de la Revolución de Mayo se plegó a los ejércitos independentistas que combatieron en las provincias del norte argentino.

 

Historieta: de ‘Mafalda’ a ‘Boogie el Aceitoso’

En Leyendo historietas, libro pionero en el análisis del humor gráfico en la Argentina editado por primera vez en 1977, Steimberg dedica numerosos trabajos a los principales referentes del género: allí están los textos sobre Mafalda, Patoruzú e Isidoro, Boogie el Aceitoso, Pratt, Breccia y Salgari. También aparecen numerosos desarrollos acerca de las diversas relaciones tendidas entre la historieta y diferentes aspectos sociales, políticos e históricos. Sobre la actualidad de la disciplina en nuestro país, Steimberg no duda en señalar importantes cambios: “Las historietas de diarios sufrieron cambios: decrecieron en relación con el humor gráfico de cuadro único. Incluso en revistas como Fierro, ese tipo de historieta de la microcotidianeidad tiene un lugar importante. En otro tiempo, leer una historieta en que la sucesión del relato estaba deliberadamente postergada u oscurecida era algo extraño. Cuando en los 60 o 70 Breccia dibujaba historietas basadas en cuentos de Poe, Lovecraft o Quiroga, y la página tenía un decurso circular en vez de lineal, traía en las historietas con temas de la cotidianeidad la novedad de los personajes que dudan, inseguros de su proyecto. Después, en los 80 y 90, esto pasó en historietas de superhéroes, en las que personajes que tenían una psicología sencilla se convirtieron en individuos torturados, como Superman, que llegó a tener expresiones faciales de desesperación que no se le conocían. También pasa en la vida real: los políticos, los sacerdotes, los periodistas, los ministros se convierten en personajes con una interioridad compleja. Tienen que reinventarse ante los otros. Ahora, con dibujantes como Liniers o con personajes de Rep, hay personajes que quedaron definidos en la más trágica indefinición. Aparece allí una conversación en la que cambia la perspectiva de cámara, a la manera del cine la imagen se toma desde arriba y el globo de diálogo termina por señalar una esquina. Esta cuestión de la evanescencia del sujeto, que llega a perder el cuerpo desde lo visual, es una manifestación de la condición cambiante de todo personaje en el estilo de época”, analiza.



Juan Francisco Gentile