CULTURA ENSAYO / 1914 (2DA PARTE)

La sed del batallón

La marcha de Radetzky transcurre casi por completo durante los diez años anteriores al verano de 1914, cuando el Imperio Austrohúngaro le declaró la guerra a Serbia.

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Foto:Cedoc

En el final de La intrusa, Cristián Nilsen le pide a su hermano que lo acompañe al despoblado. En su carro lleva el cadáver de la mujer que los perturbó. En el medio del campo, Cristián dice: “A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas. Ya no hará más perjuicios”. Los grandes escritores pueden descubrir estas frases mínimas.

Todas las novelas (todas las que sostienen una narración y muchas que la fragmentan) tienen una escena que, por densidad de sentidos o por su enigmática ausencia, recordamos para siempre. Reconozco esa escena en La marcha de Radetzky. El emperador austrohúngaro Franz Joseph visita un pueblo de la frontera con Rusia. Sobre el  cuerpo carismático de ese anciano descansaba todavía la unidad de distintas nacionalidades que mostraron la agudeza de su conflicto poco después. El no lo sabía, porque saberlo habría sido conocer el día de su propia destrucción. Franz Joseph era la clave de una cúpula que iba a caer en pedazos. Era el monarca que más largamente había reinado en Europa. Sin embargo, algo es inminente: “Sobre su cabeza la muerte volaba en círculos y reclamaba…El emperador, como un olvidado tronco de plata, estaba allí y esperaba. Sus ojos claros y duros miraban, perdidos, una perdida lejanía”.

En esa aldea fronteriza construida entre pantanos, las nacionalidades y las religiones le rindieron homenaje. Hubo desfile, misa católica y misa ortodoxa griega. Finalmente, alguien avisa que todavía faltan los judíos. El patriarca que los conduce, con la Torah en sus manos, saluda al emperador, tan ciego al destino como está ciego Franz Josef: “Que seas bendecido”, dijo el judío. “Tú no verás la destrucción del mundo”. Rezan en su lengua y, cuando los judíos ya se retiran, uno de los escoltas del emperador comenta con irónica distancia: “No entendí una palabra de lo que dijeron estos judíos”. El emperador se vuelve sobre la silla de su caballo blanco y responde: “Sólo hablaron para mí, querido Kaunitz”. Después sigue cabalgando.

Sólo habían hablado para el emperador, que pocos meses después ordenó a todos  que  se alistaran para la guerra. Ha llegado al límite inexorable de su reinado, donde podía llamar “sus pueblos” a los griegos, eslovenos, polacos, moravos, rutenos, musulmanes y judíos. Pero, después del 28 de junio de 1914, ya nadie hablará sólo para el viejo Franz Josef.  Esos pueblos dispares, de mal cosidas diferencias, todavía a fines del siglo XX no se han reconciliado. Franz Joseph reinó sobre un mosaico de nacionalidades que se aborrecen o se desprecian. Hoy las huellas póstumas de similares enfrentamientos nacionales podrían adivinarse en el conflicto entre rusos de Ucrania y ucranianos.

La marcha de Radetzky transcurre casi por completo durante los diez años anteriores al verano de 1914, cuando el Imperio Austrohúngaro le declaró la guerra a Serbia, después del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo. Carl Joseph von Trotta es un oficial de infantería, en la frontera oriental del Imperio, un caserío poblado por traficantes, espías, campesinos miserables y soldados, cuyos jefes pasan las noches en la taberna, bebiendo hasta caer dormidos o apostando y firmando pagarés para el dueño de un precario casino. Amigo de todos ellos, el conde Chojnicki, aristócrata polaco, es el único que tiene una premonición: el Imperio ya ha muerto, ya no existe, les dice. Nadie entiende sus palabras. Nadie puede pensarlas.

Joseph Roth fue un judío de Galitzia, educado en Viena, producto de esa yuxtaposición de nacionalidades, religiones, historias y conflictos. La marcha de Radetzky anuncia la guerra, no porque la represente en sus causas, sino porque evoca un mundo que ineludiblemente, sin pausa, ciegamente, se acerca a ella. El oficial Von Trotta ha recorrido los pasos de una decadencia que anuncia la decadencia del Imperio. Su abuelo salvó la vida del emperador en la batalla de Solferino; luego pidió su retiro del ejército, donde había cosechado un título de nobleza por su hazaña. Y pidió ese retiro porque su acto de valor durante la batalla fue registrado en los libros de manera inexacta: él era oficial de infantería y se lo convertía en oficial de caballería. Su nieto siguió el camino inverso: fue oficial de caballería y pidió su pase a infantería por una cuestión de honor. Quiso como destino un pueblo de Eslovenia, en el sur del Imperio, y se lo negaron. Lo enviaron a una guarnición en los pantanos del límite con Rusia.

Estólido, respetuoso, honorable, obediente y lejano, Von Trotta es convencional. Ha sido armado hasta el detalle por la educación militar. Y, sin embargo, su indiferencia lo saca de sistema. Es un oficial como tantos, pero está levemente separado del mundo al que pertenece. Un hombre estólido es protagonista solamente en la novela moderna. La marcha de Radetzky, aunque sólo fuera por ese personaje central, se incluye en el horizonte pesimista de la modernidad: no la caracteriza la crítica sino la melancolía. Además, Von Trotta, a diferencia de los personajes literarios del siglo XIX, en lugar de aprender, desaprende. A medida que sus destinos militares lo alejan de Viena, su pasividad intelectual lo aleja de cualquier resolución. Los hechos le suceden: no actúa, sino que es actuado. Se endeuda no porque sea jugador, sino porque firma los pagarés de un amigo. Frente al voluntarismo patriótico de su padre, obedece con indiferencia. Frente al cinismo esclarecido del conde Chojnicki, es un estupefacto.

No importa. Desde los primeros combates, la guerra pone a todos frente a un destino incomprendido: los oficiales ya no entienden lo que están viendo. A medida que retroceden, entre los pantanos de la frontera con Rusia, comprueban que los pozos de agua están llenos de cadáveres de civiles que fueron muertos porque algún jefe militar juzgó que eran espías del enemigo. En nombre del emperador benévolo, esas primeras semanas de la Gran Guerra son un póstumo carnaval de fracasos.

La sed agobia al batallón que comanda Von Trotta. Cuando llegan a un terraplén, los soldados se precipitan hacia donde creen que hay agua. Desde allí disparan los rifles del enemigo. El oficial Von Trotta decide, sin saberlo, su último acto y primer gesto heroico. Arrastrando dos baldes, bajo las balas, va a buscar agua para sus hombres. Nada más: en lugar de una aristocrática muerte sable en mano, es un hombre cualquiera que muere por agua, casi como un campesino.
La historia ha perdido para siempre su plan divino, ese plan que sostenía al emperador sobre los diversos pueblos que formaban su imperio. Después del 28 de junio de 1914, cuando los tiros estallaron en Sarajevo, después del ultimátum, la guerra ha comenzado en el verano tardío. En 1916, antes de que termine, el emperador estará muerto. El eje de la historia ha saltado de sus goznes.

Como en La montaña mágica , de Thomas Mann, el personaje central de La marcha de Radetzky no sabe. Otros saben o creen saber, pero ni Carl Joseph von Trotta ni Hans Castorp buscan las causas. Simplemente se entregan a lo que venga, sea lo que sea. No son novelas de aprendizaje porque no hay experiencias significativas. La historia les sucede. El oficial Von Trotta “ha perdido una patria, y también la nostalgia de patria”, incluso antes de que comenzara la guerra. La indiferencia no es aristocrática sino trágica. No anuncia algo sólo dentro de la novela, sino un estado del ánimo en el mundo.

Roth publicó La marcha de Radetzky en 1932. Con el ascenso nazi se convirtió al catolicismo y en defensor fanático del Imperio Austro-húngaro, del cual había formado parte. Creyó que, antes de la guerra, “todavía no era indiferente que alguien viviera o muriera… Todo lo que crecía se tomaba su tiempo para crecer; y todo lo que era destruido tardaba tiempo en ser olvidado”. Las líneas de soldados que caían y se reemplazaban a un ritmo infernal probaron, desde el verano de 1914, que los vivos y los muertos ya no tenían ningún tiempo.



Beatriz Sarlo