CULTURA JEAN-MARIE LE CLEZIO

"La verdad mexicana no es un lujo, es algo que necesito"

En el marco del Hay Festival Xalapa, que se llevó a cabo en Veracruz a comienzos de octubre, PERFIL entrevistó al Premio Nobel de Literatura 2008.

PERFIL COMPLETO

En el marco del Hay Festival Xalapa 2012, que se llevó a cabo en la capital del estado de Veracruz del 3 al 7 de octubre por segundo año consecutivo, se realizó la siguiente entrevista con Jean-Marie Le Clézio, Premio Nobel de Literatura 2008. Le Clézio es autor de más de cuarenta obras, entre las que destacan El atestado, El diluvio, Desierto, Tres ciudades santas, El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido y El africano.
—Antes que nada, la pregunta de rigor, ¿qué tanto cambió su vida después de recibir el Premio Nobel?
—Ahora cuento con la sonrisa de mi banquero (risas), antes no tenía la sonrisa tan marcada el tipo. Ese es el cambio mayor; y bueno, a mi siempre me ha gustado viajar y sigo viajando. Antes no viajaba en las mismas condiciones; antes viajaba de manera más económica y con menos encuentros o con encuentros menos oficiales. Ha sido un cambio abrupto pero, como todos los cambios, pasajero. Dentro de dos años, esto va a disminuir.
—Con respecto a la cuestión del viaje, y dado que desde muy joven usted decidió recorrer el mundo, ¿cuál fue su intención, su voluntad principal: conocer, escapar, abismarse? ¿Qué recuerda de aquella época? 
—Yo provengo de una familia nómada, porque soy de origen mauriciano –la isla mascareña donde vivía el extinto pájaro dodo– y los mauricianos, como usted sabe –o no sabe–, son un millón de personas viviendo en una pequeña isla: escaparse de la isla es una necesidad absoluta. Mi papá escapó y se fue a Nigeria, luego a Guyana. Mi mamá escapó y se casó con mi papá en París. Mis abuelos escaparon a su vez y así yo también escapé.
—Existe una sentencia no escrita que asegura que los mejores escritores franceses son los que han venido a dar a México. ¿Cuál ha sido su relación emocional y espiritual con el país? ¿En qué se finca su relación con respecto a la circunstancia mexicana?
—Yo tengo muchas amistades en México. He tenido dos amistades que influyeron mayormente sobre mi carácter y mis ambiciones. Uno fue el doctor Luis González y González, creador de la microhistoria. Para mí fue un hombre ejemplar, como si hubiese venido directamente del Renacimiento, exactamente con el mismo espíritu de los grandes humanistas. El venía de un pequeño pueblo que yo conocí también, el pueblo de San José de Gracia (Michoacán). Ese encuentro para mí fue mayor. El otro encuentro fue con la literatura mexicana, precisamente con Juan Rulfo, quien es para mí el mayor escritor del siglo XX. Y no sé si es por casualidad, pero ambos, Luis González y Juan Rulfo, provienen de la misma zona, que es el área Michoacán-Jalisco, del occidente de México. Y ambos vinieron de pueblos pequeños, bastante pobres, donde las relaciones familiares afectan muchísimo. Para mí eso fue la ilustración de la verdadera identidad mexicana, que es completamente distinta a la de los otros países de América latina, especialmente la de Argentina.
—¿Le interesa particularmente la literatura de América latina?
—El argentino Julio Cortázar, desde luego, quien es para mí un autor capital. Otros autores en Brasil como Graciliano Ramos y en Perú como José María Arguedas. El último, evidentemente, fue Carlos Fuentes, a quien conocí personalmente. Fuentes era un hombre muy pesimista y muy verdadero, una especie de hidalgo en la literatura iberoamericana. Creo que también expresaba el espíritu mexicano en su profundo pesar, en el pesimismo; había una gran violencia en su mirada sobre el mundo moderno, especialmente el mundo norteamericano, aunque también el mismo mundo se beneficie del apoyo de los Estados Unidos. Es una cuestión ambivalente.
—Al respecto del sesgo con que ha sido leída gran parte de su obra, digamos, en tono indigenista o de reivindicación de las causas y conflictos de los pueblos originarios o al margen de la historia, ¿se identifica con esa lectura, ve parte de sus intenciones literarias reflejadas en esa mirada?
—No, en lo absoluto. Es justo al revés. Viviendo en México o viviendo en Panamá, encontré por casualidad que los indígenas eran mis vecinos. Encontré poblaciones indígenas. Fueron ellos quienes me dieron muchísima información con increíble generosidad: fueron intercambios. Son ellos quienes vinieron hacía mí. Yo no tenía ideas preconcebidas sobre la manera en que vivían, pero una vez que los encontré, encontré un mundo totalmente distinto, colorido, diferente. Recuerdo que tenía la impresión en cierto punto de estar en el quicio de una puerta, que yo podía ver lo que había del otro lado de la puerta pero no podía entrar completamente por ser ajeno, por ser diferente; y no se trata de una demostración, ni es por ideología, sino por encuentros y desencuentros.
—¿Cree que habría un pacto posible entre literatura y antropología?
—Sí, José María Arguedas lo probó, era antropólogo, pero cometió suicidio. Eso tal vez no sea tan posible ni recomendable.
—Después del Premio Nobel, ¿sigue manteniendo un alto nivel de productividad o está muy ocupado con giras, asistiendo a festivales?
—No, no. Yo casi no asisto a festivales. Vine al Hay Festival Xalapa; ¿se dice jai o jei?
—En realidad tendría que ser Hay Festival, pero no sé por qué utilizan esa pronunciación tan extraña.
—A mí me gusta jay porque en Panamá esa palabra representa a los espíritus de la selva, así que siento afinidad. Yo escribí un libro que se llama Haï, por eso lo prefiero. Para mí se trata de un festival de magia. Y vine porque se realizaba en Xalapa; tengo muchos vínculos mentales con esta región de México.
—¿Ya conocía toda esta zona del norte de Veracruz? 
—Sí, yo había venido invitado por Jaime Augusto Shelley, un poeta que vivía aquel tiempo en Xalapa y me invitó a dar un taller de creación literaria para estudiantes hace cuarenta años. Veracruz es un centro cultural muy importante en la federación mexicana, y lo es porque ha sido un centro indígena extraordinario, con un pasado precioso. Pero también ha sido el lugar de dos revoluciones: la revolución contra Porfirio Díaz, que empezó en Orizaba: Diego Rivera contaba que en el campo veracruzano encontró a los primeros manifestantes que iban con sus machetes para hacer la revolución. La otra revolución la dio el Estridentismo, con Manuel Maples Arce y su revista Radiador, que fue publicada en Xalapa o tal vez en Puebla, no me acuerdo. Aquí empezó también la revolución del surrealismo, que fue un invento mexicano, no francés. El surrealismo es algo típico de esta parte del mundo.
—¿Ha sido feliz en México?
—Sí, absolutamente, siempre. Cuando arribo a México, tengo la impresión de que los olores, la luz, la gente, el acento mexicano, la comida, todo es una conjunción de beneficios. Son ayudas que necesito para vivir.
—Una última pregunta: ¿por qué vive en los Estados Unidos?
—Es una larga historia. Yo vivía en Michoacán en aquel tiempo y tenía a mis hijas de entre 10 y 12 años y consideré que para la seguridad de las niñas había que salir de Michoacán. En aquella época era bastante difícil Michoacán, unos quince años atrás. Ahora me parece que se ha compuesto la situación, pero entonces había mucho secuestro.
—¿Volvería a vivir en México?
—Cada momento, cada vez que regreso a México, me pregunto: ¿por qué te fuiste de este país? Es tan bonito, tan agradable, tan fuerte, tan verdadero. La verdad mexicana no es un lujo, es algo que necesito. Es un alimento.

Rafael Toriz