CULTURA JACK VARNASKY (1936-2009)

Las palabras y las cosas

En 1962 Jack Varnasky emigró a París. Venía de Buenos Aires, aunque había nacido en General Roca en 1936. Comenzó a trabajar en sus “esculturas móviles”, una cruza entre objetos como libros, mapas y retratos con pequeños motores en su interior, en 1965. La Fundación Proa presenta una selección de esculturas animadas, dibujos y collages de este creador original, que incorporó el movimiento como dimensión constitutiva de sus obras.

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Foto:Fundacion Proa

En 1951, Julio Cortázar se instala definitivamente en París y en esa suerte de exilio perfecciona su “artefacto novelístico vanguardista”, tal como define Graciela Speranza a la busca surrealista del autor de Rayuela. Y es con esta novela que lleva adelante ese ejercicio del libro que tiene vida propia, tal como se puede interpretar las instrucciones que da en el Tablero de direcciones. Esa utopía del libro que se puede armar y desarmar y que hace del lector de mediados del siglo XX un sujeto activo, en contraposición con el holgazán que debía estar sentado en su sillón del siglo XIX. Según Speranza: “Promenade, azar objetivo, belleza convulsiva, máquina célibe, laberinto batailleano: Rayuela, la obra narrativa más ambiciosa del surrealismo latinoamericano, amplió definitivamente los límites del género con un relato espacial que transformó las fronteras en pasajes, reavivó la conexión del arte con la intensidad del presente…”
En 1962 Jack Varnasky también se fue a vivir a París. Venía de Buenos Aires, aunque había nacido en General Roca en 1936, pero desde su adolescencia estaba en esta ciudad. En 1965 comenzó a trabajar en sus “esculturas móviles”, una cruza entre objetos como libros, mapas y retratos con pequeños motores incrustados en el interior que los mueven: Fluctuat nec Mergitur, Patagón, Los remadores inmóviles, Los pensamientos de Pascal, Laberinto y Kafka a la ventana forman parte de Jack Varnasky. Obras 1983-2005, en la librería de Proa, lugar privilegiado para mostrar esa exquisita y sugerente exhibición. Por otra parte, Varnasky no sólo fue a París, sino que logró componer una metafísica de lo cotidiano, “tratar la inmovilidad con el movimiento, la quietud con la inquietud, la ausencia con la presencia, lo blando con lo duro, el silencio con el ruido” , la manera que definió gran parte de su quehacer. Entonces, la conexión con Cortázar, imaginaria y ciertamente caprichosa, viene por partida doble. Por un lado, esa experiencia surrealista los involucra con sus efectos liberadores y lo cotidiano adquiere un sentido existencial. La teoría de la maldad de los objetos inanimados que tanto le gustaba a Cortázar se radicaliza en Varnasky. De hecho, podemos proponer que el autor de Livremonde (1992), el libro gigante que diseñó con fragmentos de la historia de humanidad para la Exposición Universal de Sevilla, lleva al plano de la forma lo que en Cortázar es contenido. Varnasky opera el pasaje moviendo, realmente, las letras, las ciudades y los rostros. En ninguno de los casos, siguiendo al artista por la senda de pensamiento del novelista, sus obras podrían ser híbridos culturales, sino una tensión entre espacios, tradiciones y materiales diferentes. De la cita a París por la inscripción de su escudo Fluctuat nec Mergitur (Es batida por las olas, más no hundida) hasta Patagonia; de Pascal a Kafka y a Borges, Varnasky traza el camino zigzagueante que no se aferra a lugares preestablecidos ni a estrategias exitosas de artista latinoamericano. Se corresponde, entonces, su interés por Kaf-ka no sólo en estos artefactos, deudores de Odradek, el monstruo de Preocupaciones de un padre de familia, sino como epílogo del siglo XX. El que, en muchos sentidos, ese escritor había inaugurado con su pregnante versión. Como un entomólogo de las palabras y las cosas, Varnasky vivisecciona los libros para incrustarles un mecanismo artificial y revivirlos al arte. Es el doctor Frankenstein de un humanismo que está en su etapa final y Varnasky parece que lo había intuido



Laura Isola