CULTURA ENTREVISTA A BERNARD LAHIRE

Las posibilidades perdidas

Editado recientemente, “En defensa de la sociología. Contra el mito de que los sociólogos son unos charlatanes, justifican a los delincuentes y distorsionan la realidad” –el último libro de Lahire– es una pregunta por el lugar de la sociología en la sociedad contemporánea, donde los antiguos referentes han quedado degradados.

Bernard Lahire. El autor francés estuvo en Buenos Aires, invitado por la editorial Siglo XXI y el Instituto Franco Argentino.
Bernard Lahire. El autor francés estuvo en Buenos Aires, invitado por la editorial Siglo XXI y el Instituto Franco Argentino. Foto:Nestor Grassi
Usualmente, luego de un crimen que por algún motivo ha trascendido y que, en algún punto, altera el orden social, sobreviene algo terrible, que acaso lo altera todavía más: el espectáculo –o la espectacularización, como diría Debord– de ese mismo crimen. El procedimiento es siempre el mismo: los medios enuncian la existencia de una “conmoción” que en gran medida ellos mismos generan en el propio acto de enunciarla, y hacen proliferar falsas dicotomías, quaestio retóricas, digamos, que demarcan, convenientemente, el límite de lo decible: garantismo versus “mano dura”. Por un lado, están quienes enfatizan en la voluntad individual de la persona que delinquió; por otro, quienes hacen hincapié en las variables sociales que generaron las condiciones de posibilidad de un acto delictivo. A estos últimos, en muchos casos sociólogos, se los suele acusar de excusar los actos violentos: de convertir al victimario en víctima y a la sociedad toda en victimario.

Pues bien: contra esa doxa, cada vez más común –y más concretamente contra quien la encarna, desde lo mediático, en Francia: el ex director de Charlie Hebdo, Philippe Val–, el sociólogo francés Bernard Lahire acaba de publicar un libro: En defensa de la sociología, se llama –edita Siglo XXI–, y tiene un subtítulo que ahorra bastante la descripción: Contra el mito de que los sociólogos son unos charlatanes, justifican a los delincuentes y distorsionan la realidad, tesis que sólo puede ser sostenida, dice en las primeras páginas, por quienes “confunden derecho y ciencia”, ya que los sociólogos no emiten juicios de valor, no excusan: sólo buscan hacer entender “y entender no desresponsabiliza”.
Sin embargo, y dejando de lado la cuestión de si puede existir investigación científica desinteresada, no atravesada por la política –en sentido amplio–, cabe preguntarse si cuando se sale de la lógica académica y se interviene en el debate público no cambia eso que los pragmatistas llaman “acto de habla”, ¿o es que aún así persiste esa actitud aséptica de, simplemente, “hacer entender”?

En diálogo con PERFIL, el sociólogo, que recientemente ha venido a la Argentina para dar unas charlas y presentar el libro –ahora estamos en el hall del hotel Lyon–, explica que lo que importa “es en nombre de qué se interviene en el debate público. Si se interviene en nombre de las investigaciones que uno hace, el objetivo sería recordar sólo hechos o realidades que están negadas o enmascaradas por el debate público”.

Ahora bien, una de esas realidades “enmascaradas” es la cuestión del determinismo. Los medios, para Bernard, ocultan que todo acto humano está regido por disposiciones y hábitos –sigue, en este sentido, a Bourdieu– y por factores contextuales. Pero ¿qué rol juega la libertad individual en un enfoque como éste?
—En la explicación científica, ninguno. Si de entrada se plantea que hay una libertad individual, ya no hay más ciencia. En ese caso la gente hace lo que hace porque decidió hacerlo. Con eso nos detenemos. En realidad, la sociología o las ciencias sociales en general hablan de las decisiones: cómo yo decido algo, por ejemplo, un atentado, y lo que hace es preguntarse qué es lo que ha permitido esta situación, es decir, se hace la génesis del acto.

Para Bernard, no es preciso hablar de “voluntad individual”, porque ésta tiene “condiciones sociales de producción”, y considera peligrosas esas filosofías que focalizan en ella: se corre el riesgo, por ejemplo, de la meritocracia, del si se quiere se puede. Por eso resulta curioso que en el libro retome –aunque reformulado sutilmente– a Sartre: “Somos lo que podemos hacer con lo que el mundo ha hecho de nosotros”, dice en un pasaje, aunque ahora afirma que “eso es una provocación, porque justamente Sartre es el filósofo que está enamorado de la libertad, y que dice que cuando uno quiere puede”.

Ahora bien, si las filosofías que se centran en la libertad del individuo conllevan sus peligros, ¿qué peligros conlleva, por el contrario, postular un sujeto cuyo destino no está en sus manos? ¿Qué se le dice, por ejemplo –Bernard, por cierto, toca en varios pasajes el tema del fracaso escolar–, a un alumno al que le va mal? ¿Que no importa cuánto se esfuerce, que le seguirá yendo mal?

—Eso es otra cosa. En un proceso de aprendizaje uno alienta a la persona. Vos le podés decir “no te desalientes”, “podés hacerlo”, “lo podés lograr...”.
Pero ahí sería un aliento que vos le das a la persona, y eso forma parte del aprendizaje. Pero no vas a lograr que salga del fracaso escolar, o de la pobreza, alguien que tiene condiciones tan adversas. Justamente por eso hay un lugar para la política escolar. Hay que pensar que donde hay alumnos con dificultades escolares tiene que haber grupos muy pequeños. Lo que se cambia son las condiciones de aprendizaje. Cuando se ve que hay alumnos que necesitan el apoyo de un docente, si están perdidos en un grupo de treinta o cuarenta alumnos es muy difícil, y ahí son posibilidades perdidas.