CULTURA XUL SOLAR

Legión de un hombre solo

Los 130 años del nacimiento de Xul Solar –escultor, escritor, místico, esotérico, inventor y, en definitiva, un renacentista del siglo XX– ofrecen la ocasión de una gran retrospectiva, en el Museo Nacional de Bellas Artes, de uno de los mayores vanguardistas del siglo pasado. Visión y perspectiva de un hombre que, además, ostenta un título único: maestro de Borges.

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El esplendor de ciertas ciudades, pero sólo el de las mitológicas, radica, más que en su arquitectura, calidad de vida o protagonismo, en los vaivenes de la historia, en el fulgor que le confieren sus artistas, otorgándoles carta de ciudadanía para erigirse como matriz y surtidora de su propia circunstancia. Por ello, si Buenos Aires fue durante la primera mitad del siglo XX una de las historias mejor contadas de una sensibilidad mitopoética extraordinaria, se debió a la calidad de sus creadores, entre los que brilló como nadie Xul Solar (1887-1963), inventor de maravillas, personaje de leyenda.

La reciente exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes en ocasión del 130º aniversario de su natalicio, titulada Xul Solar. Panactivista, curada por Cecilia Rabossi, permite calibrar el legado de uno de los protagonistas de la vanguardia del siglo XX latinoamericano, uno de los artistas más sofisticados, plurales y de categórica originalidad, creador a su vez de una biografía cuasifantástica contada por al menos dos instantes decisivos de la lengua: Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal, quien tuvo el acierto de empatarlo con otro extravagante metafísico sudamericano: “A mi entender, Xul Solar y Macedonio Fernández, unidos ambos en una misma empresa intelectual, que se cumplió en un mismo espacio (Buenos Aires) y en un mismo tiempo (el de la revolución martinfierrista) no han sido tratados aún en su aleccionadora profundidad, sino en las vistosas exterioridades que sin duda presentaban el uno y el otro y que se reducen al frívolo terreno de las anécdotas. En el caso de Xul aún se ignora que su signo (o sansigno, como decía él en su idioma neocriollo) fue el de una demiurgia constante o el de un ‘fuego creador’ que lo encendía sin tregua y a cuyo mantenimiento consagró todos los combustibles de su alma. Lanzar al mundo criaturas nuevas, ya se tratase de un idioma o un juego, era un ‘acto de amor’ que realizaba él para los hombres…”.

Fragmentario y elusivo –personaje pintado a contraluz justamente por ese género literario que consiste en el anecdotario de autor–, se reedita también la biografía de Alvaro Abos (quien, dicho sea de paso, también escribió una biografía de Macedonio) titulada Xul Solar. Pintor del misterio que explora al hombre, al artista y al personaje.
Sus aristas, como sus creaciones, se difractan conformando un diorama alucinante. Ya sea como interventor del tarot a través de la confección de una baraja inédita y bellísima o como diseñador del panajedrez –una variante enriquecida en la que no sólo se multiplican exponencialmente los movimientos de las piezas, extrañísimas, sino también entran en juego las vocales, los planetas y las consonantes para dar lugar a un entramado de constelaciones alegóricas en diálogo con los signos del Zodíaco–, como acuarelista esotérico autor de obras inconfundibles, impulsor del sistema duodecimal, e incluso como uno de los exploradores más delicados del I Ching, la suya es una obra hecha para un mundo venidero. Al igual que Fernando Pessoa, otra sensibilidad que contuvo multitudes, Solar conoció y se carteó con Aleister Crowley, quien lo tenía en alta estima, como se lee en una de sus cartas al argentino: “Su registro como el mejor visionario que jamás he examinado, todavía subsiste hoy, y me gustaría tener este grupo de visiones [los San Signos basados en el I Ching] como modelo”.
Explorador de todas las mitologías, hacedor de títeres, astrólogo, poeta, cabalista, devoto de las ciencias ocultas, urbanista fantástico y también músico, confeccionó un armonio al que denominó dulcitone, instalado en el museo dentro del apartado “Músico visual” (donde también se encuentra la carta astral que hizo del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos), dando una idea bastante precisa de su ecuménica curiosidad (las otras secciones, felizmente engarzadas, se dividen en “El mundo de las lenguas”, “Espacios habitables”, “Lo místico, lo esotérico y lo oculto”, “Grafías plastiútiles” y “Xul y sus amigos”).
Solar, personaje de fantasía, es una muestra cabal de la cultura gestada en la Babel que dio forma y contenido a lo más granado de la cultura porteña del siglo pasado.

Lingüista fantástico. Políglota destacado debido a su historia familiar y a una estadía en Europa de más de 12 años, llegó a dominar más de una veintena de idiomas, entre los que destacan el japonés, el sánscrito, el guaraní, el anglosajón y el ruso (las anécdotas respecto de su don para las lenguas son una más interesante que la otra).
Uno de sus mayores aportes al entendimiento universal fue la invención de lenguas, concretamente el neocriollo y la panlengua. Esta última debía escribirse “tal como se pronuncia, con raíces básicas, unívocas e invariables, combinables a voluntad”, donde los sonidos tendrían también un significado, como en las lenguas tonales, como sucede en el caso del chino y el zapoteco). En opinión de los especialistas, la panlengua es una proposición de un lenguaje universal superior al esperanto debido a su estructura, lógica y eufonía.
Solar pensaba, al igual que Macedonio, que el español era una lengua mal hecha, por lo tanto era preciso hacerlo mejor, aspirando a la precisión (es Bioy Casares quien cuenta que Solar recomendaba el uso de diéresis para indicar ironía; por ejemplo, en el caso de que se quisiera expresar sarcasmo: aquel muchacho es inteligënte).
Respecto del neocriollo, Jorge Schwartz escribe “el neocriollo evoluciona hacia una utopía panamericana, de confraternización entre los pueblos, a través de un lenguaje con tendencia a la aglutinación en la cual se mezclarían, predominantemente, el español y el portugués” así como términos del francés, el inglés, el alemán y el guaraní, siempre con una vocación oralizante; por lo tanto, no sería descabellado implementarla como lengua extranjera en los programas de educación básica de toda América Latina”.
Su pintura, por otra parte, es profundamente alegórica, plantada de números, símbolos religiosos, banderas, imágenes yuxtapuestas, astros, extraños edificios y aun más extraños personajes. Se trata de paisajes interiores que recuerdan sorprendentemente a las figuras, colores y visiones que se experimentan cuando se ha consumido Dimetiltriptamina, mejor conocido como DMT, la llamada partícula de Dios, un enteógeno potentísimo. Si bien hay quien los ha tildado como “paisajes místicos”, Borges sostiene que Xul se consideraba a sí mismo como un pintor realista, puesto que no hacía sino representar, con toda la nitidez y el rigor posible, las visiones entrevistas en sus meditaciones. Yo le creo.

Por fortuna, contamos con un registro impreso de tales visiones para explorarlas con detenimiento. En el año 2011 se publicó el libro Relatos de los mundos superiores, escrito originalmente en neocriollo y traducido al español por Cecilia Bendinger. Se trata de las visiones experimentadas por Solar a partir del estudio de los 64 hexagramas del I Ching, el libro de las mutaciones, y que estaría relacionado con el libro San Signos. Libro de los cielos, obra escrita por él y jamás publicada. Queda claro que el camino creativo y vital de Solar fue siempre un sendero espiritual.
Por ello, y ante tantos y fecundos ejemplos de una creatividad desbordada, uno llega a preguntarse si en el caso de Solar no estaremos en realidad frente a una especie extraterrestre, un utopista fugitivo hecho de los mejores elementos contenidos en La sinagoga de los iconoclastas de J.R. Wilcock, puesto que la suya fue una voluntad creadora de sensibilidad e inteligencia superlativas en donde el mundo de los sueños, los encantos de la magia y los frutos poderosos de las filosofías del Oriente cristalizaron por una vez en forma humana, legando imágenes que son exploraciones lúcidas del universo y la conciencia que lo observa.
Xolar –que así podríamos escribir su nombre–, a 130 años de su nacimiento, irradia su luz permanente y bienhechora desde la ciudad que supo contener, en una época de prodigios, al corazón de la mente proyectado al infinito.

Rafael Toriz