CULTURA EL ARTE EDITORIAL DE SACARLE EL MAYOR JUGO POSIBLE AL TRABAJO NARRATIVO DE LOS ESCRITORES


Los muertos gozan de buena salud

Los casos de escritores que escriben desde la tumba están lejos de constituir una excepción; por el contrario, en fechas recientes suelen ser una forma de medida... y de negocio. Para comprender el legado de los autores, PERFIL dialogó con algunos de los protagonistas de la edición para comprender la forma en que se ejecuta una obra una vez que el autor ha desaparecido.

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

En uno de sus pequeños cuentos, que no pocas veces se le ofrecen al lector como extrañísimas parábolas, Virgilio Piñera establece un juicio final insólito y desconcertante para los encargados de hacer cosas con palabras. Permítaseme citarlo in extenso: “Todos los escritores –los grandes y los chupatintas– han sido citados a juicio en el desierto del Sahara. Por cientos de miles este ejército poderoso pisa las candentes arenas, tiende la oreja –la aguzada oreja– para escuchar la acusación. De pronto sale de una tienda un loro. Bien parado sobre sus patas infla las plumas del cuello y con voz cascada dice: ‘Estáis acusados del delito de grafomanía’”. Ante el temor generalizado, el menos cobarde de ellos se atreve a preguntar: “‘Excelencia, en nombre de mis compañeros os pregunto: ¿Podemos seguir escribiendo?’. ‘Pues claro’, casi grita el loro. Se entiende que seguirán escribiendo cuanto se les antoje”.

Recordé el cuento Grafomanía al enterarme hace dos meses de que la obra de Roberto Bolaño, luego de una fructífera y esencial relación con Anagrama en sus ediciones al español, pasaría a ser editada en su totalidad por Alfaguara –perteneciente a Random House–, y no sólo eso. Se anunciaba también la publicación de una novela, El espíritu de la ciencia ficción, y también un libro de cuentos. El hecho, que no tendría mayor importancia (“es la lógica de la industria. No hay nada personal, ni hay que hacer demasiada exageración”, declaró en su momento Ricardo Nudelman, representante de Anagrama en México), cobra relevancia porque dispara algunas preguntas con respecto a la gestación y la publicación obras póstumas, que cambian, completan o distorsionan las intenciones estéticas de sus autores. ¿Qué es lo que se publica y con qué criterios? Nadie ignora que existen autores que, aun estando vivos, tienen rato publicando textos que nacen muertos (caso evidente, Vargas Llosa). Otros, como Fogwill, otorgan una esperanza concreta a sus lectores al saber que el material que se publica de manera póstuma no sólo es acotado sino de indudable calidad, como ha señalado la crítica con respecto a sus libros póstumos: La introducción, Nuestro modo de vida y La gran ventana de los sueños.

La pregunta por el ser de la obra literaria, sobre los límites entre lo que es y no es parte de la creación del autor, es una prerrogativa que mueve a pensar cómo es que construye la literatura: otro sería Borges sin los libros dados a la imprenta por Kodama. Sin embargo, entre la obra, el agente y el editor suelen establecerse relaciones no siempre precisas que apuntalan, ya sea por criterios económicos o editoriales, una tensión permanente: una obra publicada sin el aval de quien la escribe es siempre una experiencia conflictiva, que moldea las maneras en que nos enfrentamos a su acontecimiento.

En su libro La muerte de la literatura, Alvin Kernan examina algunos de los problemas centrales de la producción literaria. Revisa con cautela, pero de manera sistemática, los derechos morales del artista, la ideología como estética y las sutiles diferencias entre plagio y poética, temas de importancia teórica fundamental que sin embargo se topan con la realidad del mercado, que regula no sólo un capital simbólico sino esencialmente la oferta y la demanda. El libro de Kernan es una brújula en el descampado de nuestro desconcierto.

Para conocer los criterios con que se edita una obra de manera póstuma, PERFIL entrevistó a diversos protagonistas editoriales que dieron distintas respuestas ante un mismo fenómeno. Ante la pregunta sobre si es potestad de un editor o un agente decidir el destino del material de un autor desaparecido, Juan Boido, director editorial de Penguin Random House, sostuvo que “la potestad es de los herederos de la obra, publicada e inédita. Son ellos quienes proponen, promueven o autorizan la publicación de materiales inéditos, básicamente porque en general son los herederos quienes lo tienen en su poder. Son muy pocos los casos en los que aparece material inesperado (cartas, conferencias, artículos antiguos dispersos), pero en general no son las editoriales las que hacen ese trabajo detectivesco de rastrearlo. En esos casos, las editoriales funcionan como nexo entre los herederos y quienes lo encuentran”. Por su parte, Ignacio Iraola, director general de editorial Planeta, respondió: “Depende de la relación previa del autor fallecido con su editor o con su agente. Hay editores que conocen en serio la obra del autor y ahí sí, la obra queda en buenas manos. Sinceramente depende de la relación y del grado de afinidad previa”. Por su parte, para Alejandro Archain, gerente general del Fondo de Cultura Económica en Argentina, “la decisión corresponde a quien el autor haya designado, o si no lo hizo en vida a sus legítimos herederos. Muchas veces al autor deja un representante o un albacea para que  se encargue de la obra. En otros casos son los familiares quienes los designan o manejan en forma directa el legado que haya quedado”.

Con respecto a la pregunta sobre si es posible reconciliar un criterio estético con uno comercial, Boido sostuvo que sí, “en general el material inédito que se publica encuentra sus lectores entre los devotos del autor”, mientras que Archain sostuvo que “el criterio es el mismo que se utiliza para el de autores vivos, que esté en sintonía con el catálogo del FCE y que su calidad y oportunidad funcionen como aval, lo que permite imbricar ambos espectros”.

Respecto de la pregunta sobre la publicación de material inédito, Iraola sostuvo que “se trata de publicar un material digno; por el hecho de publicar no vas a arriesgar el prestigio del autor si lo que te ofrecen los herederos o el agente no está a la altura del autor. Quizá por el solo hecho de vender te ofrecen cosas que el autor había desechado o no quería publicar”. En ese sentido, Iraola rescató el trabajo realizado por Alberto Díaz, uno de los mayores editores argentinos en funciones, con toda la obra inédita de Juan José Saer, quien no sólo tiene un conocimiento cabal de su obra sino también un afecto y un cuidado extremo por la obra póstuma del autor santafesino.

Respecto del criterio de un sello como Sudamericana en relación con la publicación de material inédito, Boido respondió: “En general trabajamos en conjunto con los herederos para ordenar, editar y presentar los materiales. Los criterios de edición dependen del material. No es lo mismo una conferencia que una serie de anotaciones en una libreta o una novela completa”.

Una mención aparte merece el caso de la editorial Siglo XXI, puesto que en su vena académica ha publicado en ediciones impecables libros de Michel Foucault que proponen acercamientos distintos a su obra, marcando sustanciales diferencias generacionales en cuanto a la recepción de sus textos. A la fecha, Siglo XXI lleva editados libros como ¿Qué es usted, profesor Foucault?, El poder, una bestia magnífica, La gran extranjera, La inquietud por la verdad, Obrar mal, decir la verdad y El origen de la hermenéutica de sí, un texto alternativo a sus obras capitales que no sólo nutren el cuerpo del teórico francés sino que obligan a leer la obra desde América Latina con ojos renovados. Por otra parte, Eduardo Galeano fue un escritor señero de la editorial, no sólo por las numerosas ediciones de Las venas abiertas de América Latina y por la publicación de su obra completa, sino también porque en fechas recientes editaron su libro póstumo titulado El cazador de historias.

Al respecto, PERFIL dialogó con Carlos Díaz, director de la editorial: “En el caso de autores históricos nosotros somos muy cuidadosos con ellos. Tenemos una política de valoración absoluta. Con respecto a Eduardo Galeano era algo que habíamos hablado con él. Lo que hicimos fue agregarle veinte historias que había escrito un año después de que habíamos cerrado el libro en 2014. Calibramos el material que sí valía la pena y en lugar de pensar en hacer un segundo libro hicimos un libro más robusto. Teníamos muy presente lo que pasó con Mario Benedetti en sus últimos años, cuando seguía vendiendo mucho y decidieron publicar un libro no muy bueno de haikus. Faltó un editor que le dijera ‘no lo hagamos’. En ese sentido yo, como editor, no publicaría un libro que no estuviera a la altura de su obra”. Respecto de la potestad de la obra, el editor afirma: “Se trata de una cuestión legal. Hay alguien que decide qué se hace y qué no se hace.”

En relación con Michel Foucault, que tiene una impronta distinta debido a su perfil académico, y de quien incluso publicaron su tesis paralela sobre Kant y algunos cursos inéditos en español, sostuvo: “Foucault dejó muchísimo material que permanece inédito en español; incluso en francés (publicado de manera legal). En el caso de Foucault pasaron dos cosas. Por una parte, apareció su ex pareja, que fue permitiendo que se publicaran ciertas cosas, y por otra existía material de Foucault que se había publicado y había pasado sin pena ni gloria en español, y a la luz de la nueva lectura que se vino haciendo de su obra en los últimos años detectamos que había mucho material que se había vuelto valioso, y editorialmente fue un éxito rotundo. En esto hay un punto central, que es siempre qué criterios utilizar para seleccionar el material. Un oportunista publica cualquier cosa, pero el criterio de Siglo XXI ha sido atender el del responsable de las ediciones recientes, y quien nos asesora es Edgardo Castro, un especialista que ha realizado un trabajo muy a conciencia”. Respecto de qué criterio priva, si uno comercial o la calidad, fue categórico: “En general es algo que va de la mano, si se trata de un libro de calidad va asociado con algún tipo de éxito comercial; se trata de obras bien hechas que vale la pena que sean leídas. Muchos lectores confían en la calidad del sello”.

Al final, las cosas no son del todo claras pero tampoco confusas. Todo indica que la visibilidad y el legado de un autor tienen más que ver, en su sentido esencial, con el criterio del editor, figura clave en el fenómeno literario, y adalid que ayuda a llevar esa condena que tan bien vio Piñera en su cuento y cuya moraleja termina de la siguiente manera: “El loro, volviendo a salir de la tienda, pronunció la sentencia:
‘Escribid cuanto queráis –y tose ligeramente–, pero no por ello dejaréis de estar acusados del delito de grafomanía’”.



Rafael Toriz