CULTURA LIBROS

María Moreno, con la necesidad genuina de los salvajes

Ya se distribuye "Black out", la autobiografía de la periodista y escritora. En el libro rememora los años de alcohol, periodismo, y de sus compañeros de ruta.

María Moreno, escritora.
María Moreno, escritora. Foto:Cedoc

Con la necesidad genuina de los salvajes. María se desploma sobre el lecho caldoso del río. Suspendida la felicidad entre paréntesis, se deja llevar, corriente abajo, como un tronco. Activa cada tanto las aspas para elevar el cuerpo, cogotear para rescatar aire en dosis. No pide ayuda, no la necesita. Está bien así, fundidas las lágrimas en el cuerpo líquido que la contiene. Hace la plancha, uf, ahora sí está serena, la osamenta en el nirvana, etcétera. Contempla las estrellas que la noche ofrece. De cada lado del río se esparce un denso tejido vegetal hecho de juncos, sauces, sarandíes, ceibos. Entonces las luces vivas de las casas quedan atrapadas detrás de ese cerco que las vuelve intermitentes y delgadas, apenas si llegan al río convertidas en reflejo. Los muelles de las casas, algunos de ellos despedazados por el agua o por la desidia, se suceden conforme el descenso. Las pocas lanchas que por allí pasan –por la hora, es tarde pliegan a su paso la placa mansa fabricando jorobas líquidas que rompen en la orilla. Es uno de los pocos sonidos que se acercan. El motor de las lanchas, el bicherío del entorno y el aleteo tartamudo de María; que está mamada. Después de una botella de ginebra, más vino, y sumale sedantes. Por eso el amigo, alertado, se estira hasta el muelle de la casa para pedirle que regrese; pero ya no la divisa. Ya no le pide, le exige a gritos que vuelva. Nada. Ella no responde. Se queda así, planchada, dejándose llevar por la curva dinámica, la contención vital de la placenta primaria. El río que todo lo traga y reconvierte: la mierda, el semen, los rulos, los muertos, y también la angustia.

Aquella noche en la casa del Tigre que comparte junto a Gumier Maier, María despide al padre, muerto horas antes. Había llegado desde la ciudad, una vez finalizada la ceremonia, el protocolo funerario, molido el espinazo por el hallazgo de la fatalidad. Como Michaux, ella rema. Ahí, en ese edén elástico, agreste, en la opresión del humedal que es refugio de tantos, sobre todo de los que escapan de sus propias sombras. Ella rema. En el río que todo lo traga y reconvierte. Tigre: territorio mítico.

En Black out (Random House), la autobiografía –o algo así– de María Moreno que esta semana se distribuye en nuestro país, la presencia del Tigre es capital. “El Tigre para mí son las ideas literarias, el proyecto de Sarmiento de imponerle góndolas como en Venecia, el suicidio de Lugones, el mito del trabajo manual en Quiroga. Pero también los cuerpos de los desaparecidos… ¡¿Dónde están mis compañeros?!”. El padre que Moreno enluta con lágrimas, fármacos y alcohol, es descripto en el libro como un fotógrafo filonazi, con perfil de emperador romano, entregado a la bebida, capaz de bajarse una botella de ginebra con el almuerzo: “No separaba la sed de las ganas de aturdirse. En todo caso, mi padre bebía para liquidarse, como yo. Primero para darse ánimo pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable. Hasta el sopor y el sueño o el coma intermitente antes del horror de despertarse en la feroz lucidez del día. Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre.”

Pero María Moreno (o María Cristina Forero, su verdadero nombre) no es su padre. No es un hombre. Zanjado el rumbo del placer adiestrado, la mujer queda excluida del ideal publicitario del alcohol. “Hay un tabú del borracho, y más con la mujer. Yo en un bar llamo la atención. El mozo que me mira y me dice: ¿otro?”. El libro supura el sufrimiento de quien justamente se niega al nuevo imperativo de la felicidad plástica que arrincona a encaminarse dentro de un punto medio de consumos, la regulación perversa de los goces: bebe, pero con moderación.

—Pareciera en principio que el gran personaje de este libro es el alcohol. Pero me atrevo a pensar que es la soledad.
—Sí, por eso digo que al colectivo LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero), abría que agregarle la A. El alcohol es legal, pero sólo si lo consumís sin mamarte.

—¿Por qué no hay referencias a tu hijo en el libro?
—Tampoco hay referencias a mi ex marido, a mis amigos extra-bar y a las mujeres. En el libro la estructura es la de la banda, no la de la familia. Quería que el libro fuera el pasaje de la familia originaria a la comunidad del bar. Me trazo una genealogía etílica que no va para abajo, va para atrás. 

El alcohol no hace ruido. Impera en su esencia la calma de los sádicos, la astucia del cazador agazapado, los pies de paloma que decía Nietzsche. El alcohol que se imprime imperceptible en la ración diaria de familia, trabajo, niños, convenciones; que se degrada en el instante de la conversión, que al tiempo ya deja de controlarse, Hyde y Jeckyll, lo sabemos de memoria. Dice Moreno: “Hay una historia política del alcohol, va cambiando según exigencias del sistema. Cuando se necesita que el obrero produzca, se lo admite “cocado”, el alcohol no es un tabú. Cuando ellos empezaron a ir al bar para organizarse además de beber, ahí comienza a ser un problema. Las feministas inglesas del siglo XIX comienzan a tomar los bares”. Alfonsina en el Café Tortoni, Norah Lange en el Auer’s Keller. La escuela está ahí, en la barra, en los bares. Deberle más a los oídos que a la educación formal.

Yo me acerco a los bares como una groupie venenosa. En el momento que yo comienzo a frecuentar a mis amigos, no escribía en medios. En ese ejercicio de fan me paso de la ginebra al whisky, un ritual para ser aceptada por la muchachada.

(¡¿Dónde están mis compañeros?!)

Ella lo explica: Black out es un libro transicional. Camina desde el abandono gomoso de la casa familiar al encuentro con la pandilla que se alimenta en bacanales de licor y parla. Para ello recurre a textos cortos, apuntes de libreta casi, donde es difícil hallar anclaje temporal alguno, menos un recorrido cronológico de los hechos. La memoria etílica: fragmentaria y difusa. Moreno escribe: “Si el olvidar es siempre una selección y edición de los recuerdos que oscilan entre los felices y los soportables, para el alcohólico gran parte de ellos pertenecen a la selección y memoria de los demás. Y existen pocas damas y caballeros dispuestos a olvidarlo todo por cortesía hacia él”.

—¿Cómo procediste a ejecutar la memoria en el libro?
—El alcohol corta la cronología, por la amnesia y la repetición. Yo separé el libro en tres partes que se repiten, cada una responde a un orden diferente: La pasarela del alcohol, al del retrato; Del otro lado de la puerta vaivén, al del microensayo; Ronda, al del territorio. 

Miguel Briante, Norberto Soares, Charlie Feiling y Claudio Uriarte son los cuatro personajes retratados en el libro, cuatro colegas de jarana emparentados también por el periodismo y la escritura plebeya, que componen por el ganapán. Los cuatro reunidos edifican un retrato generacional que encuentra puntos de conexión con el diario de Piglia: personajes que ya no están, que supieron exudar una ética y una épica intelectual. A diferencia de los compañeros de Piglia, Moreno y los suyos no están ligados a la izquierda militante (acaso Uriarte). Son piezas de la factoría Timerman, escritores incorporados al ejercicio periodístico y cotidiano.

—¿Por qué la elección de esos cuatros para confeccionar un cuadro de época?
—En principio porque eran amigos. Pero no los retrato con textos adulatorios. Yo no trabajo con los yo ideales, quiero creer. Que es un poco lo que ocurrió cuando murieron. Los machos amigos dando rienda a las loas, una cosa un tanto mitológica, y no en atenta a las obras. Yo trato de buscar la posición estética de cada uno.

—Con Briante compartiste escenario durante la dictadura, en secciones de revistas donde plantaron auténticos laboratorios de escritura. Si la belleza, como dice Paul Valéry, viene de la dificultad, acá la necesidad parió un estilo.
—Está bueno eso. Durante la dictadura Jorge Di Paola Levin (Dipi), Miguel Briante, yo, escribíamos en revistas, en las secciones de Cultura. Fermín Chávez hacía la sección Aniversarios en Radiolandia. Me acuerdo de que me hice experta en nobleza europea, una especialista en Carolina de Mónaco, y hacía crónicas de divas y divos del espectáculo junto a Renata Schussheim. Nos quisieron meter presas porque nos detuvieron en una camioneta de producción con un montón de chanchitos dopados con Lexotanil. Veníamos de hacer una nota con Lorena Paola. Nuestra excusa era inverosímil: parecía un “minuto” de algún militante clandestino. La censura que siempre fue realista no vigilaba en las zonas de cultura y artes y espectáculos y permitía que los textos periodísticos fueran laboratorios de escritura. En el horror existía ese espacio de resistencia. En esa época muchos no podíamos escribir otra cosa. Como si viviéramos un duelo simultáneo y congelado por los asesinados y desaparecidos. Es una hipótesis.

(¡¿Dónde están mis compañeros?!)

—Desde aquellos primeros años como colaboradora de “La Opinión” en el 73 hasta ahora, mamaste en cantidad transformaciones tecnológicas que modificaron la manera de hacer periodismo. ¿Cómo lo llevaste?
—Yo empecé con la máquina de escribir cuando había que darle con todo, casi que la boxeaba. Con dos dedos, taca taca. Y cuando pasé a la compu me costó mucho adecuarme a la suavidad que exige el teclado, a ese silencio. Y fui adaptándome a las innovaciones cuando no me quedaba más remedio, cuando me decían “no traigas más disquete”. Sin embargo, guardar algunos me vino bien luego de que cryptowall 3.0 me encriptara todos mis archivos de veinte años. Pero tenía todavía los paleolíticos disquetes y cuadernos de almacenero. Me adapté a todo. Internet me parece genial, me resuelve mi horrorosa ortografía, pude recuperar online libros robados, descubrir artículos académicos, descargar obras completas y todas esas “enormes minucias” con que trabaja un cronista de vida cotidiana. David Viñas decía que escribir en computadora era como bañarse con medias, pero él tenía secretarios como el coronel Mansilla.

—En algún pasaje del libro, justamente, toreás a Viñas confeccionando incluso una teoría de la literatura argentina con el alcohol. Cito: “Si David Viñas dijo que la literatura nacional empieza con una violación, habría que corregirlo un poco diciendo que empieza con un mamarán. En la misma mesa donde se tortura al unitario, se juega a las cartas y se llenan las achuras, los mazorqueros se colocan. ¿Sería posible ‘El matadero’ si fuera un relato en seco?”
—Es que previamente a la violación están mamados. Que en la mesa de la tortura antes hubo el porrón de ginebra. La historia de la literatura argentina puede leerse como una tensión en torno al alcohol. En Fierro, Facundo, Moreira puede decirse que el que bebe es el Otro.

—¿Dónde están tus compañeros?
—Ya no están, ya no tengo con quién beber. Se acabó la fiesta. Por eso Black out es un libro de duelo, pero no melancólico, porque yo no los extraño, los recuerdo. Tal vez sea el libro de mi vejez.

—Cómo te sentís con la exposición que supondrá la lectura del libro?
—No veo los efectos todavía. Es uno de mis libros más artificiales aunque haya algo de exposición personal, una suerte de autobiografía a través de la biografía de otros. Corro el riesgo de que se lo lea como una confesión, legado de mi experiencia de vida. Por eso mismo lo hice con un estilo muy trabajado, hiperescrito, a la manera de un conjunto de microensayos. Pero me siento expuesta a que se lo lea literalmente. Como aquella señora que se le acercó a Daniel Defoe y le dijo: “¡Ay, señor, cómo habrá sufrido usted en esa isla!”… Y yo pienso un poco eso, o que centren todo en mi experiencia del alcohol. O que lo lean en clave Bukowski femenina. Es que hay una voracidad del lector por comer carne de artista. Por eso las biografías de escritores funcionan. Hay un mercado de la intensidad. De vivir lo “fuerte” por delegación. El otro día le comentaba a Claudia Piñeiro justamente esto, que temía que se leyera el libro sólo como mi experiencia heavy con el alcohol, y ella me respondió (encantadora): no te preocupes, porque se te ve bien. Por eso también pensé en no morirme rápido, después de la salida del libro, si no se va a leer mi muerte como escarmiento.

 
Escribir hasta que duela
Por Fernando Noy (*)

Cómo expresar sobre María Moreno algo que no haya vivido en el perpetuo resplandor de sus palabras. Charlas al borde del tiempo rescatado entre naufragios y revelaciones, escribiendo profusamente con su mirada implacable sobre infinidad de temas de los que ha sido crítica e incansable observadora, como también protagonista.

Compañera e inspiradora de una caravana de nombres imposibles de enumerar por completo en la camaradería iniciática que perdura hasta la fecha: Briante, Feiling, García, Piglia, Lamborghini, Fogwill, Lemebel, Cabezón Cámara, Julián López, Lohana Berkins, Naty Menstrual, Marta Dillon y ahora como verán el etcétera se vuelve un recurso necesario pero no excluyente, en ese poder de nombrar fundacional e incuestionable de Nuestra gran María Moreno.

Ella, con su propio Nombre-Título resumido en la antípoda y andrógina metáfora complementaria que remite tanto a La Madre Coraje primigenia, como al fascinante Eros cotidiano en su morena piel de brillante opacidad sobre la que también podríamos tatuar títulos de sus libros, crónicas, reseñas e infinidad de entregas que se sucedieron en el soporte de papeles siempre atesorados por sus lectores ávidos; conformando un propio, insólito por veraz y al mismo tiempo insobornable enjambre de acólitos seguidores. Desde El affaire Skeffington –reeditado por Mansalva– nos descubrimos, asumiendo como propio el nombre finalmente para nada ficticio de Dolly, la poeta protagonista, transcurriendo años sáficos y locos de una París a la que Buenos Aires ya nada podría envidiarle.

Por sobre todo, ahora, la tan esperada aparición de su inminente libro autobiográfico, seguramente Tomo Uno. Faro y espejo de varias décadas transcurridas en las que María Moreno fue partícipe y rehén por sobre todo, capaz de transmitirlas con su alta esgrima verbal eficaz e incomparable. Vivencias tan reales como incluso sólo aparentemente ficticias de quien ha demostrado vivir y soñar también para escribirlo, abriendo el vasto baúl de su memória como un tesoro asaz invalorable, finalmente ofrecido, palabra tras palabra, no solamente para aquellos que tanto lo esperábamos.. “Escribiré hasta siempre”, me comentó alguna vez. Por suerte ese don continúa prodigándola no como mera u osada propuesta, sino para ofrecer y así permitirnos vivir tantos tiempos pasados o futuros que nadie como María Moreno logra revelarnos.

(*) Poeta.



Alejandro Bellotti