CULTURA LETRAS QUE SE EXPORTAN

Materia prima

Entre el negocio y la literatura, los libros argentinos traducidos y publicados en el exterior son un fenómeno ineluctable. Claves y análisis para el debate.

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El mecanismo por el que un libro se vende al mundo en otras lenguas es complejo y forma parte del universo editorial internacional. El derecho de autor para la traducción resulta un valor consensuado por varios factores del país: ventas, repercusión crítica, número de lectores, cantidad de librerías, valoración del sistema educativo, cantidad de obras traducidas a lenguas con prestigio editorial y otros tantos que, en breve, incluirán la venta de libros digitales y la cantidad de pantallas con conexión a internet. En ese marco, hasta el año 2009, Argentina exportaba libros en otros idiomas por el gusto literario de traductores, algunas trascendencias críticas, ranking de ventas y la influencia de agentes literarios. Lo fortuito y azaroso del fenómeno se hizo evidente con Jorge Luis Borges. Desde que recibiera el premio Formentor junto a Samuel Beckett (1961), el estudio de su obra lo convirtió en un escritor universal, al punto que es el mayor promotor de la literatura argentina en el exterior, y no se tiene noción real de a cuántos idiomas fue traducido de manera parcial o total, especulándose con que pueden ser más de cien. A él lo siguen Julio Cortázar y, en los últimos quince años, escritores como Federico Andahazi (traducido a 37 idiomas), Guillermo Martínez (Crímenes imperceptibles acumula, al menos, 35 traducciones) y Claudia Piñeiro. Otros escritores, cuyos estilos resultan más complejos o menos “comerciales”, también son traducidos. Los libros de Oliverio Coelho migraron a cuatro idiomas y, recientemente, Peripecias del no, de Luis Chitarroni, se publicó en inglés (ver recuadro), que es la lengua franca mundial y cuyo mercado de publicaciones domina el planeta. Para el lector interesado en profundizar sobre el fenómeno, dispone de La extraducción en la Argentina. Venta de derechos de autor para otras lenguas, un estado de la cuestión (2002-2009), investigación de Gabriela Adamo (ver su columna sobre el tema), Valeria Añón y Laura Wulichzer, en el sitio web de la Fundación Typa (Teoría y Práctica de las Artes): http://www.typa.org.ar. De allí podemos obtener otros rasgos: la lengua castellana es más compradora de derechos de traducción de la inglesa que vendedora a la misma, el medio editorial argentino no tuvo una política de venta de derechos de traducción y ha perdido prestigio a manos de las crisis económicas sufridas. Tampoco existen agentes literarios establecidos en el país con proyección a mercados internacionales.
Desde 2009, el ProSur (Programa de Subsidios para la Traducción de Obras Agentinas) depende del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Es necesario aclarar que lo que subsidia es la traducción de novela, cuento, poesía, antología y ensayo, de autores argentinos éditos, con hasta 3.200 dólares por cada libro. Un sistema sencillo, en el que interviene un jurado al que llegan las solicitudes de distintas editoriales del mundo. Según la embajadora Magdalena Faillace, responsable del programa: “Las cifras consolidadas al día de hoy, a menos de cuatro años de iniciado el programa, indican que existen 549 obras traducidas y en proceso de traducción, en cuarenta países a 32 idiomas. Los países con mayor cantidad de subsidios son: Italia, 94; Alemania, 75; Francia, 48; Brasil, 34; EE.UU., 32; Bulgaria, 22; Reino Unido, 20. Uniendo EE.UU. y Reino Unido, son 52. Pero hay que tener en cuenta que el inglés es la lengua franca, y allí la penetración por literatura de otros idiomas es del 2,5%. Con 52 títulos argentinos traducidos en esos dos países, estamos perforando ese porcentaje, de una manera como no lo han logrado otros países”. Las traducciones subvencionadas se dividen así: Borges, 20; Cortázar, 19; Piñeiro, 14; Aira y Piglia, 11 cada uno (las listas completas pueden consultarse en http://programa-sur.mrecic.gov.ar/). Lo llamativo: El matadero y La cautiva fueron traducidos al francés y al italiano, así como Facundo, al hebreo. También Adán Buenosayres, de Marechal, como libros de poemas de Alejandra Pizarnik. El progama tiene carácter de política de Estado y promete mantener su continuidad sin importar los cambios de timón en el frente político interno.
La repercusión de un escritor en el exterior lo introduce en una dimensión que le aporta experiencias de toda índole. De cómo se venden sus libros para la traducción, qué hace la editorial o agente, señala Federico Andahazi: “Afortunadamente, para los escritores existe la institución del agente literario, que nos permite dedicarnos a lo único que nos interesa: escribir. Ignoro cómo son las negociaciones de la venta de los derechos para la traducción. Mi relación con los editores es puramente literaria. A veces te encontrás con historias conmovedoras: mi editor en República Checa hipotecó su modesto departamento de Brno para poder comprar los derechos de El anatomista. “La editorial” como tal, es una entelequia; muchas veces suponemos que la editorial es una enorme multinacional y cuando viajamos nos encontramos con que, en muchos casos, son pequeñas empresas familiares que hacen enormes esfuerzos para comprar los derechos y pagar los viajes de promoción del autor. ¿De qué hablan en la Feria de Frankfurt los agentes y los editores? Prefiero no saberlo. Es el momento en el que la obra se convierte en una mercancía y se regatea el precio de aquello que escribiste durante años como en un mercado persa”. Para Claudia Piñeiro: “Hay otras formas en que se venden los derechos. A veces es por el Programa Sur que alguien pide el subsidio para traducirlo, pero es raro que se enteren de tu libro si no es por una recomendación. Ahí no solamente aparece la figura del agente, sino que también aparecen los scouts (lectores que trabajan para editoriales u otros agentes), y otra figura interesante que son los lectores que proponen títulos con el fin de traducirlos. Tuya se tradujo de esa manera: alguien la leyó acá, se la ofreció a un scout que la propuso a una editorial sin agente de por medio. Me he encontrado con traductores que me han dicho: ‘Tu libro lo publicó tal editorial pero yo lo leí y se lo ofrecí’. El editor que viene y pide el subsidio es porque alguien le llevó el libro”.
Estar en otra lengua también implica viajar, promocionar la obra, tener contacto con lectores y sus culturas. Para Andahazi, las giras son agotadoras: “Desde que salió mi última novela, a comienzos de año, hasta la fecha vivo más tiempo en aviones y hoteles que en mi casa. Estoy rebotando desde la Patagonia hasta América del Norte sin parar. Nueva York, Miami, Ciudad de México, Lima, Medellín, Xalapa, Porto Alegre, a lo que se suman las ferias y festivales locales: Mar del Plata, Rosario, Neuquén, Mendoza, Puerto Madryn, etc. Y luego llegan las traducciones: Rusia, países nórdicos, Europa central. La semana pasada, una editorial de la India compró los derechos para el idioma malayalam; en fin, las giras suelen ser eternas. El autor se ve obligado a desarrollar un oficio nuevo, distinto de la literatura: hablar de la obra. Escribir es una tarea diferente, casi opuesta a la de hablar. Durante las giras, además de la agenda de prensa, desayunás con periodistas, almorzás con periodistas, cenás con periodistas...”. Para Piñeiro: “Voy a ferias o festivales, pero lo raro es ir a un evento en otro idioma y que no estés traducido al mismo. Eso les pasó a varios autores en Frankfurt 2010, sin traducción al alemán no tuvieron entrevistas, nadie les preguntaba nada, porque no habían leído su obra. Entonces, se convierte en una pérdida de tiempo, porque uno no es la cara que ahí aparece sino los libros que escribe. Ahora, en Europa te preguntan por el país. En Alemania, les sigue interesando la época de la dictadura, el tema de los desaparecidos. En Latinoamérica no te preguntan porque tuvimos una historia más o menos parecida. Mientras en Europa te siguen viendo como un bicho raro, de un país exótico. Te preguntan por la actualidad, por la Presidenta y la situación política”.
Luego aparece el extrañamiento ante el propio texto en otro idioma. Dice Piñeiro: “Lo más raro es verte traducido a un idioma donde no tenés anclaje. En alemán puedo reconocer los nombres de los personajes, pero en ruso, o en hebreo, donde leés de atrás para adelante, no podés reconocer tu libro”. Y para Andahazi: “Las ediciones japonesas y chinas suelen ser las más inquietantes. Uno se pregunta si los ideogramas expresarán exactamente el sentido del texto. Idea absurda, claro; quién puede garantizarle a un autor que el lector leerá exactamente lo escrito. Además, toda lectura, aunque sea en el mismo idioma en que ha sido escrita la obra, también es una traducción”



Omar Genovese