CULTURA GUILLERMO ROUX


Memorias del niño eterno

Entrevista con Guillermo Roux, uno de los pilares de la tradición plástica argentina que denota, desde una  absoluta intimidad en el living de su casa, que a los 87 años se trata de un artista en plena efervescencia creativa.

Paula, una amiga de la infancia, ve duendes. Eso entendí la última vez que vino a mi casa. Pero ahora  ella dice que no, que lo que ve son cosas tremendamente oscuras, especies de seres humanos que al  principio la asustaban. Yo no las veo porque mis niveles de percepción sensorial son menos profundos.  Pero hay gente, aclara Paula, que sí ve duendes. Y hadas. Hay gente que ve hadas. Y las hadas  pertenecen al mundo de las flores. Pero seamos honestos: estas cuestiones no me interesaban demasiado hasta hace pocas semanas, cuando visité a Guillermo Roux en su casa.

—¡Qué linda está Tinker Bell frente a esta manifestación! ¿Es un piquete? –le pregunté.

—Sí, y ya le pusiste nombre al cuadro: Campanita y el piquete. Las flores, en cambio, no fueron inventadas por Walt Disney sino por este maestro. Aunque para ser justos, hay que decir que cuando  Roux dibuja a Minnie, a Campanita o a Mickey, parte de un genio estadounidense para apropiarse de  esos personajes. Y tanto en un mundo como en otro, el resultado es un desfile de color, de belleza y de luminosidad.

Roux es un intuitivo que se siente más cómodo con la sensibilidad inocente de los niños que con el  intelectualismo agobiante de los adultos. Y como ningún otro pintor argentino, deslumbra a cualquiera  que se acerque a su obra con un dominio del pastel, de la tinta, del carbón, de la témpera y de la  acuarela que él mismo reconoce como un don. Lo explica: “El éxito no me ha conmovido porque no soy  el dueño de ese don, sino que me ha sido dado”.

Antes de que nos sentáramos a tomar champagne, y disimulando espléndidamente algunos problemas  de salud, Guillermo me había explicado que Pinocho no sólo es una película hermosa y una obra de arte de Disney, sino que tiene una hondura muy particular porque es “bíblica”. En esa fascinación por el gran inventor norteamericano hay otro punto de encuentro con Ignacio Iturria.

“¿Observaste a Minnie? ¿Viste que es medio pasmada? ¡No se da cuenta de que está frente a un florero, la boluda!”, comenta Roux frente a una de sus obras recientes más bellas y conmovedoras. La  encargada de exhibirla es, como siempre, su admirable mujer, Franca Beer, que después de las doce de la noche sigue derramando inteligencia y vitalidad. Ella es quien clasifica, ordena y mantiene toda la  producción de su marido, desde una vieja acuarela de los años 70 con ecos impresionistas hasta los estremecedores cuadernos autobiográficos donde, solo, de madrugada y con un bolígrafo en mano, el  artista desnuda el lado más íntimo de su alma.

Cuando habla, Roux hechiza a quien lo escucha, igual que cuando pinta. Habla de Patoruzú, de su  madre argentina, de su padre uruguayo y del triunfo de la naturaleza contra un hombre que la quiere conquistar en vano.

—Hace un rato dijiste que “el arte de la vejez es como el arte de la niñez pero pasado por un colador”.

—Pero el desaprender implicaría una tarea intelectual, ¿no? Aunque ha habido muchas aventuras para  lograrlo. Pensá en Gauguin, en Stevenson, en Rimbaud o en Alejandro Dumas. Es gente que buscó el estado primigenio y que se dio cuenta de que había llegado a una madurez que finalmente vez las manos de su madre. No sé qué dicen los médicos, si es un instante o un devenir de instantes. Pero  dejás de ser poeta el día en que no te sorprendés.

—¿Y el arte conceptual?

—Es una forma de expresión que corresponde a un momento de un capitalismo avanzado y de una  sociedad que no engendra. Quizás esté equivocado, pero pienso que los países centrales exportan sus  formas culturales, y allí la cultura es una forma política muy importante. En cambio, en los países  periféricos los gobernantes le temen a la cultura, en general porque está en manos de gente de  izquierda. Creo que todo esto empezó cuando Estados Unidos le sacó el cetro a París. Y el arte conceptual es una manifestación de eso. Y aunque no lo dejo de mirar, ya soy demasiado viejo para que me interese.

—¿Qué te sigue interesando?

—Ver a un artista, que no es lo mismo que ver a un pintor.

—¿Quién te emociona particularmente hoy?

—Ahora es más complicado, porque las cosas pasan demasiado por el intelecto y por la teorización.  Hoy se utiliza un humor un poco pop, un poco crítico, un poco analítico, un poco moralizador y un poco forzado.

—Entonces, ¿cuál es la pregunta clave para vos?

—La rendición de cuentas, qué hice con mi vida. Y mal, bien o con dificultades, hice lo que quise.




Pablo Cohen