CULTURA LA TORMENTA FINANCIERA PERFECTA

Mercado del arte local

A cuatro días de una nueva edición de ArteBA, la feria de arte contemporáneo más importante de Argentina, el mercado local parece estar en una meseta y sigue sin cobrar visibilidad  para el resto del mundo.

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Foto:Santiago Cichero

El arte es una timba, querido”. Inmediatamente después, pide absoluta reserva. Qué sentido tendría matar al mensajero, si además de tener razón, como pocos resultó honesto. En cuatro días quedará inaugurada otra edición de la feria ArteBA, la favorita del calendario local, la más cercana a esa bienal que Buenos Aires parece pretender desde siempre, pero no alcanza. La concurrencia de esos cien mil que desfilan por La Rural es felizmente llamativa. ¿Está el arte contemporáneo gozando su clímax en Argentina? ¿Y qué significa? ¿Qué pasa con el mercado del arte en este país? ¿A cuánto estamos de los 180 millones de dólares de Picasso, Christie’s, las burbujas de Nueva York y el MoMA? Lejos. Lejísimo. A planetas de distancia. A años luz. A 178 millones de dólares, seguro. Pettoruti es nuestro Picasso y tiene el récord celeste y blanco: casi 800 mil dólares por Concierto, y tampoco se vendió acá. Esa es la diferencia. Pero sería espantoso que nos pusiéramos exitistas con este tipo de cotejos. A pesar del hermetismo y la informalidad de un mercado tan complejo, se pueden entender algunas variables y se llega a comprender mejor dónde estamos parados. Primero, el mercado no es uno solo. Las subastas de arte moderno, de los grandes maestros argentinos, representan una parte, probablemente la más voluminosa en términos económicos. La otra será sin duda más numerosa en términos de transacciones; las galerías y ferias son los escenarios de operaciones donde el arte contemporáneo se transforma en líquido. La tendencia es universal; Robert Fleck dice en su ensayo El sistema del arte en el siglo XXI que, en lo que va del nuevo milenio, “surgió un circuito B de arte que nada tiene que ver con el gran capitalismo del mercado de punta”, con los remates millonarios que son noticia, y que está constituido por bienales, curadores, galeristas y artistas de una generación que se desarrolla con la circulación de catálogos virtuales y programación remota.

Argentina en el mundo. ¿Qué posición ocupa el mercado local en el globo? “Ninguna. Es muy chiquito”, dice Orly Benzacar, de la galería Ruth Benzacar, una de las casas más importantes entre las que comercializa arte contemporáneo. “Falta un poco de compromiso de cada uno de los actores que forman la escena. Faltan coleccionistas, faltan galeristas, falta confianza en el sistema”. “Nosotros todavía no somos un verdadero mercado internacional. El que quiere vender una obra a nivel internacional tiene que salir de Buenos Aires”, agrega Enrique Vaccaro, creador y director de la carrera de Valuación y Peritaje de Obras de Arte de la UMSA. Sebastián Boccazzi es el director de Subastas Roldán, quizás la empresa de remates más grande del país, que el año pasado facturó entre 10 y 15 millones de pesos. “La pintura argentina lamentablemente es pintura local, no tiene valor internacional”, dice en referencia a las obras de los maestros de la pintura, pero asegura que para los contemporáneos las posibilidades son otras. “El arte contemporáneo sí se está transformando en arte internacional. Antes era imposible viajar a Europa. Nuestros maestros, como Berni, viajaban a Europa en barco para ir a pintar. Hoy el curador de la bienal de Venecia es nigeriano y vino acá a seleccionar tres artistas argentinos. Antes no venia nadie a la Argentina. Hoy el artista contemporáneo tiene proyección internacional. Kuitca tiene proyección internacional, Adrián Villar Rojas, Matías Duville también”. Desde el comité de ArteBA, Alec Oxenford, flamante presidente, sostiene que “la escena de Buenos Aires es muy rica y así es reconocida por el resto del mundo. Es una escena más accesible para comprar arte si la comparamos con Brasil, Suiza o Estados Unidos. Hans Ulrich Obrist, el famoso curador de Serpentine, nos dijo que la calidad del arte contemporáneo argentino es muy buena, comparable a la del arte brasileño en términos de producción artística. Sin embargo, veía una diferencia del 300 al 500% en los precios, y mucho más si comparamos con Estados Unidos, Inglaterra o Suiza. Entonces, es una oportunidad muy atractiva de precio/calidad cuando la comparás con otras plazas”. Carlos Leiza, gerente de pignoraticio y ventas del Banco Ciudad opina que “salvo autores muy específicos y muy escasos, no se ve que el arte argentino esté promocionado en el exterior. Es más, ni siquiera los argentinos que viven en el exterior lo consumen”. Para el crítico argentino radicado en Londres Rodrigo Cañete, el mercado argentino directamente “no existe. Hay diez coleccionistas que compran poco (a mucho menos que 100 mil dólares). Eso no puede llamarse mercado”, dispara. “El arte contemporáneo es parte de la industria del lujo y en la industria del lujo uno no aumenta las ventas abaratando los precios, sino aumentando la calidad del producto, y así los precios”.

¿Quién pone el precio? Más allá de la ley de oferta y demanda, y a diferencia de otros mercados, en el del arte un precio elevado puede ser clave en el éxito; da prestigio, posiciona al artista y su obra y capta la atención de posibles compradores con mayor poder adquisitivo que desconfiarían de la obra más barata. Por supuesto, antes de eso está la reputación del artista, que responde al talento, al marketing, a una producción sostenida, a un desarrollo por parte de su galerista, a un flujo de ventas, a determinada presencia en ferias y bienales reconocidas, a los premios. Un precio alto sin todos esos factores no es más que un capricho que con suerte puede ser vendido a un coleccionista sin criterio que compra por otro capricho. “Hoy el mercado prefiere comprar en una subasta pública y hacer público ese valor para valorizar a su artista. Cuando se trata de ventas privadas es más difícil de verificar. Si no es pública, la gente no puede tomar una venta como referencia. Entonces, el precio del artista no puede trascender, por ende no sube su cotización”, dice Boccazzi. Para Oxenford tiene relación directa con los mercados de capitales. “Hace veinte años mucha gente de Wall Street empezó a invertir en arte en Londres y Nueva York, y llevaron los precios a los primeros récords con la dinámica que se mantiene hasta hoy. El Picasso que fue récord hace días se vendió en 1995 o 1997 a 30 millones de dólares. Es más o menos proporcional a la evolución de los activos financieros. Va a terminar pasando acá cuando los mercados de capitales se desarrollen en la Argentina, tenemos que esperar ese momento”. “Uno de los modos de valoración de las obras de arte tiene que ver con crear la ficción de que hay mucha demanda. Hace un año se filtró un documento en el que la galería White Cube de Londres hacía un inventario de cientos de obras de Damien Hirst sin vender. Sin embargo, si los precios en subasta eran altos era porque no había Hirsts en galerías. Dicho de otro modo, White Cube escondió sus obras que quedaron sin vender para dar la impresión de que había lista de espera. Exactamente lo mismo pasa en ArteBA y en cualquier galería argentina. Todos dicen que no paran de vender. Es mentira. Sería interesante ver si pagan tantos impuestos como dicen que venden. Es más, yo me atrevería a decir que el año pasado fue el peor año de ArteBA por varias razones, una de ellas la inflación en dólares y, otra, el hecho de que los compradores son principalmente institucionales (museos, fundaciones, etc.)”, argumenta Cañete, a lo que agrega que “el problema no es un problema de precio sino de cómo los galeristas y dealers llegan a ese precio. A mí me ofrecen obras de Pablo Suárez a un precio razonable (si bien alto) en dólares. Sin embargo, con el sistema del arte argentino yo no confío en que pueda recuperar la inversión. Yo compré la obra Joyería antigua de Marcelo Pombo, quien ahora está por abrir una muestra en la Fundación Fortabat. La obra la compré de su ex gallery norteamericana (en San Diego, CA) y pagué 12 mil dólares. Si hoy la quiero vender (diez años más tarde), no la puedo vender a ese precio. En términos de inversión es un fracaso, y la culpa no es del artista sino de la falta de sinergia creada entre sus ‘galeristas’, coleccionistas e instituciones culturales argentinas. Todos quieren salvarse en la primera vuelta y terminan quemando al artista. Yo ya tengo un Pombo, otro Pombo no compro”.

Compradores, coleccionistas, ferias y tendencias. “El público actual compra obra de valores intermedios. Las obras de grandes valores acá no se comercializan. Es un público de clase media alta que prefiere comprar dos o tres cuadros más baratos en lugar de uno solo más caro. Son valores de entre 4 y 10 mil dólares. Más de eso es difícil que compren. Fijate los remates del Banco Ciudad, son por 10 o 15 mil pesos”, dice Vaccaro. Para el director de Roldán, en cambio, en las subastas suele haber dos tipos de perfil: “El comprador, que adquiere lo que le gusta para colgar en su casa, y el coleccionista, que es mucho más selectivo, que busca obra mejor referenciada. Desde 2012 lo que mermó fue el comprador, y nuestras subastas se tornaron menos frecuentes pero más especializadas, en función de los coleccionistas”. Norma Quarrato, directora de la galería Palatina, cree que “antes el coleccionista tenía el verdadero perfil de coleccionista; que se asesoraba con mucho interés, más allá de evaluar el tipo de inversión en términos económicos. Hoy tiene un aspecto un poquito más especulativo. Se pone más énfasis en la parte económica. Aquel, el de antes, era el arquetipo del coleccionista. Hoy no sé si se puede hablar de un arquetipo de coleccionista; hay casos, sí, pero son escasos”, concluye, y dice que por su local suelen circular muchos extranjeros, turistas, que a veces desisten de comprar por las dificultades impositivas para llevarse la obra: “Deben pagar más de mil dólares para sacar una obra del país que les costó quizás menos de 15 mil pesos”. Andrés Duprat, director de Artes Visuales del Ministerio de Cultura, objeta esto último: “Hay una ley nacional (la 24.633) en relación con la circulación internacional de obras de arte que exime del pago de tasas aduaneras justamente a las obras de arte para promover su circulación”. Pero no hay una tendencia clara en el escueto mercado argentino. Los galeristas coinciden en que ArteBA es importante, hace ruido, convulsiona la escena y deja su estela, pero no es el reflejo de lo que sucede el resto del año en sus negocios con los compradores. Tampoco acceden a dar detalles sobre las ventas, tanto en la feria como fuera de ella. Lo que pasa en esos días en La Rural es que circula un público que jamás pisa las galerías. “La feria se transformó en un evento cultural de la ciudad. Van colegios a visitarla, va público general, va Doña Rosa y pregunta y pide tarjetas y se quiere interiorizar. Va gente que quiere comprar una obra de arte para su casa. Tenés una mezcla de feria y de evento cultural”, cuenta Luis Incera, su vicepresidente.  

Cómo desarrollar el mercado sin morir en el intento. Buenos Aires mira a San Pablo y llora. Argentina mira a México y llora. Ni hablar de Oriente, donde China logró imponerse incluso a capitales de Europa con los volúmenes de venta, superando con creces al Reino Unido, a Francia y en casos hasta a Nueva York. ¿Qué necesita el mercado autóctono para disipar la niebla que lo vuelve invisible? Si es cierto que hay talento, ¿por qué no pagan por él del otro lado de la línea ecuatorial? “Tenemos pintores que son de Primer Mundo pero con valores de Tercer Mundo. Nosotros tendríamos que tener una buena ley de mecenazgo, eso tiene que ser un cambio estructural importante. Hoy, que un artista viva de su obra es casi utópico” asegura el profesor Gustavo Gonik, de UMSA. “Yo creo que las leyes de mecenazgo son necesarias a los tiempos que corren y sería muy importante que haya una a nivel nacional. Todo lo que fortalezca la visibilidad de la producción artística fortalece el mercado. Pone más a la mano la posibilidad de ver la diversidad de oferta de nuestros artistas, genera más trabajo, más obra en espacios públicos, en museos, con presupuesto que proviene de una desgravación impositiva”, agrega la directora de Ruth Benzacar. “Yo no estoy de acuerdo con una ley de mecenazgo. Los contribuyentes no tienen por qué pagar por obra de mala calidad a galeristas poco preparados y profesionales que no están dispuestos a tomar riesgos en serio o a formarse. Además, nuestro sistema político es demasiado clientelista, amiguístico y nepotista para confiar en un sistema de evaluación de proyectos de mecenazgo serio, neutral y profesional”, contesta Cañete. Mientras, Boccazzi analiza: “Mirá Brasil: es un país muy nacionalista, miran primero para adentro y después para afuera. Invirtieron mucho por el mecenazgo, por ese nacionalismo, por la cultura, y hoy San Pablo es una plaza internacional. Nosotros tenemos cuatro veces menos habitantes, no tenemos bienal, no tenemos ley de mecenazgo; ellos lograron posicionarse por todo eso. Una ley sería un gran paso para acercarnos a eso porque el mecenazgo agranda el mercado. Hay mucha gente con mucho dinero acá que no compra obras de arte porque no sabe, o no se anima. Que haya más dinero del sector privado que pueda ser destinado a obras de arte influiría muy positivamente en la cotización de todos nuestros artistas”. Oxenford, que defiende y enumera los esfuerzos de ArteBA por traer visitas foráneas, también dice que es importante concentrarse en la difusión dirigida: “Hay muy poca información disponible de lo que pasa en Argentina para el resto del mundo, y de esa poca que hay, la mayoría no está en inglés. Y la gente que lo tiene que leer muchas veces sólo podría leerlo en inglés. Esas son barreras simples de resolver que pueden ayudar mucho. Y después, una apertura de la economía y del país siempre facilita. Si es más fácil meter y sacar dinero del país, bueno, eso ayudará”.
En febrero entró en vigencia la resolución 3.730 de AFIP, un Registro Fiscal de Operadores de Obras de Arte. En el sector la medida sigue siendo rechazada; aseguran que es agresiva y repentina, que fue elaborada sin consenso de los actores y, según coincide la mayoría de los aquí entrevistados, sin tener en cuenta las verdaderas necesidades del mercado, como brindar más facilidad para sacar obra del país (sin reducir el control sobre el acervo patrimonial).



Leandro Ceruti